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AMAPOLAS PARA QUE ME QUIERAS

Entre atardeceres de verdes, ocres, dorados y malvas que salpican las colinas, de  belleza primigenia, una joven pasaba veloz por la vida, casi sin mirar. No le hacía falta. Eran los mismos pétalos de rosa que contaba el viejo los que le hacían soñar. Eran atardeceres constantes que nunca le abandonarían, en los que el sol declinaba y las tardes se presentaban con un esplendor insultante. Tenía un destino mágico en algún lugar de la imaginación. Lo sabía. Y aguardaría.

Una nueva poseía sobre el amor de Virginia “Metalerita”, desde Sudamérica. Porque, ¿qué sería de nosotros sin el amor?, ora dulce, ora amargo. Ya lo dijo Tennyson, “es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca”.

Con música, “… lo eres todo para mí. Mi principio y mi fin. Mi norte y mi guía, mi perdición, mi acierto y mi suerte, mi equivocación, eres mi muerte y mi resurrección,
eres mi aliento y mi agonía, de noche y de día,
te lo pido por favor, que me des tu compañía
de noche y de día… lo eres todo”.

 

En la madrugada que me inventaste,

y que rompiste con una rima,

-y dos versos-

ando callejeando en los filos de tus memorias,

en tus arquitecturas excéntricas

en tus luces y misericordias.

No tengo una ciudad civilizada que ofrecerte,

ni una regresión a tus infancias,

ni siquiera un jardín de amapolas.

Solo te pretendo a vos,

sin caretas que te liberen

Y como te quiero así, tanto,

hasta me iría a un campo de piedras y asfalto,

a una estación deshabitada y triste,

a una mansión con chimeneas y espíritus.

Carezco de catedrales en las que confesarte,

de religiones absurdas con las que redimirte,

no tengo una tarifa exacta para darte,

ni un precio irrevocable.

Y como te quiero así, tanto,

cuando nadie me ve te extraño

y te lloro.

Cuando nadie me ve me retuerzo con pudor,

y padezco la indiferencia de las amapolas

que te regalé un día,

esperando que me quieras.

 

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Que el futuro nos pille siendo niños

El viejo de la imprenta me explicó en una ocasión una curiosa historia de alguien que hacía 20 años que tenía quince años. Vendía bombillas. Parecía que cada vez que probaba una bombilla se iluminara la vida.

– ¿Tú crees que vendía bombillas? – preguntó, retórico el viejo-. En realidad lo que la gente iba a buscar eran ideas, ilusiones, -aclaró enfatizando sus palabras con un repiqueteo de su bastón sobre el desigual suelo de la imprenta-.

El viejo sabía como aquel eterno niño vendedor de bombillas que no todos soirven para darse cuenta de lo que tienen entre manos. Aquella tienda se convirtió en la escuela a la que nunca fuimos, a la que nunca iremos. Y la ciudad recibió el nombre de “la villa que nunca duerme”.

En los momentos más difíciles, cuando ni siquiera quedaban quinqués ni lámparas de aceite, ni siquiera velas ni linternas, encendían una bombilla y todo parecía más fácil, como un niño.

Es una verdadera pena que no recordemos cómo empezamos a andar. La sensación de los primeros pasos, tras el gateo, como tanteando el mundo por el que luego deambularemos años y años. Mezcla de preocupación y diversión. Nos desplazábamos por abismos que sólo existían en nuestra cabeza. Buscando lugares seguros, asideros sin precipicios, y la mirada de la madre, que nos animaba a soltarnos, a arriesgar. Y lo hacíamos, como diciendo “aquí estoy yo y me voy a comer el mundo”. Más tarde, te conformas con que el mundo no te coma a ti. Echas la vista atrás y llamas al niño que siempre está ahí, siempre estará ahí…

Que el futuro nos pille siendo niños, un bello relato de la periodista de Badalona Mercè Roura. Con música, desde El Café Romantic…

 

Cuando era niña las horas eran eternas. Sesenta minutos sentada ojeando un libro, fijándome en las comisuras de sus páginas, pasando los ojos por sus dibujos, siguiendo con las pupilas las letras… eludiendo pensamientos… eran una vida. Mis ojos lo escrutaban todo. Las formas caprichosas de las baldosas en el patio, la incandescencia de las bombillas, el reverso de las hojas de los árboles, los dibujos que formaban las nubes… todos los tenues quejidos que de noche se oían en casa. Lo pequeño era grande, enorme… digno de ser analizado hasta saciar la curiosidad. Y lo mejor, siempre parecía nuevo, sorprendente.

Cuando era niña notaba el calor del abrigo y el frío del helado. Los percibía intensamente con toda mi escasa materia, me calaban por dentro, me reseguían las esquinas… cada pequeña sensación era un tesoro, una experiencia capaz de transformar mi esencia, de mutarme, de hacerme más alta, más lista… más curiosa. Y siempre tenía espacio en mi dermis para una sensación más, un pedazo de vida nuevo… un camino distinto. Todo era gigante pero cabía en una caja diminuta.

Cuando era niña me bastaba con levantar la vista y buscar a mi madre y saber que era mi casa. Un par de besos eran una escuela, un palacio, un planeta. Mi cabeza sobrevolaba montañas y desiertos desde un sofá, mi pensamiento era de chicle, mis manos tenían magia para cambiar el mundo. Cuando era niña era de goma y de sueño, de pedazo de selva y de barco en el mar. Vivía en un castillo y era capaz de zamparme cualquier cosa que pudiera imaginar… y lo imaginaba todo y todo me cabía entre las manos.

Cuando eres niño todo es nuevo, eterno, intenso. Todo supone un pequeño reto, todo es asumible… todo se puede recortar y pegar. Y los esfuerzos tienen grandes recompensas…

Y maduramos o eso creemos. Aunque a veces, lo que hacemos es crecer por fuera; ponernos corbata o tacón alto, dejar el castillo, seguir un camino predeterminado. Nos ponemos rígidos como un palo y forzamos la sonrisa… porque no entendemos nada. El ejercicio de ser adultos debería suponer poder guardar esa capacidad de verlo todo cada día como si tu mirada fuera virgen… pero almacenar una conciencia sabia. Descubrir que no somos el ombligo del mundo y volver a mirar el reverso de las hojas…recuperar el juego.

Saber que no todo va ser como deseamos… pero que quizá pueda ser mejor. Recordar que no todo se ve y se toca, que no todo se alcanza con la mano pero que está a tiro de pensamiento. Y que cuando toca lluvia, hay que mojarse.

Que el próximo minuto nos encuentre un poco vírgenes… que el futuro nos pille siendo niños.

 

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El aplauso

Dime, y escucharé. Llama, y te abriré. Llora, y apagaré tu llanto. Camina, a mi lado.

– Observa, ¿qué ves en la caja?

-¡Nada!

-¡No!, está todo lo que puedas imaginar.

A poco que lo imaginemos, donde no vemos nada está todo. Catalina Cerdó (na Ventafocs, de Muro, Baleares) ha visto allí donde, en apariencia, no había nada. Y de su caja ha extraído un aplauso. Con la colaboración del Café Romantic, con música porque nos gustáis vosotros y vosotras.

Un aplauso para el que camina, 
aún descalzo. 
Para el que ríe,
sin razones.
Para el que mira, 
con vista cansada.
Para el que cura, 
con dolor. 
Para el que ama, 
sin fin.
Un aplauso para el que vive
pese a todo. 

Aún descalzo, 
sin razones, 
con vista cansada, 
con dolor,
sin fin, 
vivo, 
pese a todo.
 

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VISUAL / LA AMISTAD DE KHALIL

Un visual de letrismo con música inspirado por Cristina Jiménez-Buil (Madrid). Adele – Set Fire To The Rain (clica aquí para sentir la música y clica sobre el visual para ampliarlo

 

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Al amigo que nunca conocí (Barcelona-Madrid-Barcelona)

Tengo un amiga que una día encontró en un cajón una carta de su primo, y que siempre echaría de menos, carta que ha inspirado algunos de los relatos de este blog, y de mi última vida.

Y en esa carta le dijo todo lo que no le había dicho. “Estas son las cosas que nunca te dije. Siempre te he querido. Mi amistad sigue viva aún cuando te has ido, aún cuando no has venido. Cometería los mismos errores, es decir, salvo uno, nunca te diré adiós”. 

Los gatos tienen siete vidas y yo ya estoy en la sexta… Y esa amiga tiene un primo en Florida (EEUU) de quien aún espera una carta. 

Sirva esta introducción para presentar un original relato de Basilio Molinero, de Madrid. Son unas breves e intensas palabras dedicadas a un amigo con el que nunca compartió un café y al que nunca abrazó y que siempre será su amigo.

Relato con música. I’m Yours (Live On Earth Single Video) 

Te cruzaste en mi camino, caprichos del destino, cargado de palabras y mejores intenciones. Un café nunca compartimos y ni un solo abrazo nos dimos, pero tan solo una cosa te digo, la distancia jamás será capaz de alejar lo que quiso el destino.

Eres ya parte de mi vida y de mis buenos amigos; te he colocado en un lugar mi especial de mi cofre secreto, llamémosle alma, donde tan solo caben buenas palabras, experiencias de la vida, buenos recuerdos, lágrimas de pena y alegría, y sin duda amigos, personas que llegan a ti.

Siempre tuyo, tuyo siempre. A un amigo. 

Tío Basi.

 

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Me siento bien

Por Alicia Belzuz, Sant Cugat del Vallès (Barcelona)

Clica sobre la imagen para escuchar la música del relato

Hoy tengo unos síntomas extraños: estoy impaciente, veo el cielo muy azul -pero muy azul-, me siento bien, no tengo apetito, pienso qué me voy a poner a partir del cinco de septiembre, si quizá debo renovar mi armario, puedo pasar sin dormir… ¿alguién reconoce los síntomas?. Todo esto es muy extraño… ¿ qué son 18 años?.

 

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