RSS

Archivo de la etiqueta: poesía

NECESITO UN BESO

Decía el señor De Musset, “El beso es el contacto de dos epidermis y la fusión de dos fantasías”.

El viejo de la imprenta ha partido, nuevamente. Es de culo inquieto. Anda trabajando en un sueño. Lo hace desde que se preguntó – y de eso hace ya muchísimos años- adónde van los besos que no damos, que guardamos. La pregunta que encierra ese sueño le ha llevado a Luarca. Dicen los luarqueses que es el pueblo más bonito de España. No sé si es el más bonito de todo el país, pero realmente sí que es hermoso. No me importaría vivir allí el resto de mis vidas. Por cierto, tengo siete vidas y aún me faltan tres y media por gastar.

Luarca, cuna de Severo Ochoa, Fernán Coronas, Nené Losada, Margarita Salas y Miguel -del mismo apellido que el nombre de la villa-, es un pueblecito enamorado del mar, el río y la montaña, situado a 92 kilómetros de la nada y del todo. Luarca no es sólo esa hilera de casas, ninguna reñida con la otra, y perfectamente alineadas frente al Cantábrico, el mar que todo lo puede. Es, también, sus quince parroquias establecidas entre dos ríos que lo delimitan por la costa, como trazados con tiralíneas, y que penetran hasta dos lugares de montañas que en su origen fueron sólo colinas y donde habitan los vaqueiros de alzada, grupo humano -según dicen- depositarios de una cultura y folklore ancestrales.

El viejo me ha escrito a propósito de Luarca y de Cambaral. Al abrir la carta, manuscrita por supuesto, me pregunté qué había de los besos.

“Mi querido y joven amigo;

Me encanta este lugar nacido de la contracción de una expresión y en el que el alcalde aún promulga sus bandos, a la antigua usanza. Este año, sin ir más lejos, dictó el correspondiente bando para la instalación de las oportunas casetas de baño en las playas de Luarca, la primera, la segunda y la tercera. Hasta en eso son extremadamente pulcros los luarqueses, que hacen las cosas como se hacían en provincias, bien y sin prisas.

¡ Fíjate !, todas las casetas de baño son desmontables y su ubicación se circunscribe sólo al verano, porque las casetas de baño sólo son y han de ser para el verano. Sus dimensiones máximas son las máximas que deben permitir las casetas de baño, incluidos aleros u otros elementos sobresalientes. Un par de centímetros más allá, ya no son casetas de baño. La altura también es proporcional al resto de dimensiones, de modo que ningún vecino riña por llegar al cielo, puesto que el cielo parece estar aquí, sin necesidad de despegar del suelo. Su tipología armoniza con el entorno, de manera que siempre sean casetas de baño, y es condición “sine qua non” sus colores tradicionales, como mínimo en el frente. Cada uno y una ha de cuidar de su caseta de baño pues, de lo contrario, no es digno de su caseta.

Te preguntarás qué hay de los besos. Si es así, y sé que es así, reclamo tu atención sobre Cambaral. Dice la leyenda convertida en historia, o quizás sea la historia que ya es leyenda, que desde Argel y Tingitania subió hasta estos bellos parajes de agua y peñascos una flota de piratas berberiscos que atemorizaron a los lugareños, desde Avilés hasta Navía. Los enormes barcos de la flota del Rey (de turno) de España nada podían hacer frente a los navíos berberiscos, más pequeños, ágiles y ligeros.

Mandaba la flota un moro llamado Cambaral, famoso por su extrema crueldad y su extremo ingenio, según me cuenta – como si estuviera aquí, desde el cielo- el muy irónico, culto y singular señor Arrieta Gallastegui – Miguel -, pluma de equilibrada y risueña prosa, gastrónomo raro que disfrutaba más con el sabor de las palabras que con los tientos del tenedor, y hombre de mucha inteligencia y bonhomía. Te recomiendo encarecidamente su muy popular Recetario de cocina tradicional asturiana.

¿ Cómo hacer frente a Cambaral y su flotilla ?, que hizo que pareciese el más grande despliegue marino conocido en la correspondiente historia naval. Esa era la pregunta que el Señor de Luarca se hacía día tras día, siempre atusándose los pelos de su cabeza y de su barba, siempre desordenados ante tanta tropelía bereber.

Hastiado dicho Señor del acecho moro, decidió acometer a Cambaral y sus berberiscos con sus mismas armas, de modo que embarcó a sus más aguerridos guerreros en sencillas barcas de pesca, convenientemente disimuladas entre sus aparejos y artes, y se hicieron a la mar, a pocas millas de Luarca, donde aguadaron al moro como pacíficos pescadores.

Y en eso que aparecieron los temibles y temidos berberiscos que vieron en los disimulados hombres del faenar una presa fácil. Craso error el de Cambaral y los suyos, que se vieron desbordados por los disfrazados y aguerridos pescadores. Dice el señor Gallestegui que el combate fue largo y cruento y concluyó como concluyen estas cosas, con un ganador y un vencido.

Cambaral fue hecho prisionero, cargado de cadenas y conducido a la fortaleza de la Atalaya, donde fue recluido sin ni siquiera curarle las heridas.

Y en eso, la hija del Señor, ahora repeinado y festejando el triunfo con los suyos, pidió… ¡no!, rogó a su padre permiso para curar las heridas de Cambaral. Dicen que dicha joven era bella doncella de espíritu generoso y gran corazón.

Sea como fuere, la muchacha obtuvo el permiso y se dirigió a las mazmorras, sin inquietud ni temor. Había allí poca luz, pero, según parece, no hacía falta más, pues fue verse, o quizás sólo intuirse entre las sombras, para que surgiera entre ambos el amor, el amor más puro, sin rencores ni rencillas políticas, territoriales, étnicas, religiosas.

Quizá fuera por las heridas, o quizá a pesar de las mismas, lo cierto es que las atenciones de la muchacha hicieron sentir al moro Cambaral todo lo que sus violentas andanzas habían ocultado: era huérfano de corazón y que podía hallar descanso y sosiego a tanta tropelía en el amor que se le ofrecía.

Por su parte, pues de lo contrario nunca hubiera progresado esta historia, la hija del Señor, que nunca había sentido las punzadas del amor noble, curó las heridas casi con veneración, pero también con una congoja que la atenazaba, pues conociendo bien a su padre, sabía cuál iba a ser el destino de Cambaral y, por ende, más que probablemente, el suyo.

En la penumbra, y entre señales de heridas ya cerradas, otras entreabiertas y algunas aún por abrir, se declararon su amor mutuo. También se hicieron promesas grandilocuentes con las que los noveles amantes adornaban la adversidad del destino aún por venir pero, no por ello, desconocido.

En eso que Cambaral curó sus heridas, las físicas por supuesto, y desplegó nuevamente su ingenio y audacia con el fin de planificar la fuga de ambos. Narra al respecto el señor Gallastegui: “Fue una huida alocada, sin posibilidades de éxito, prácticamente, pero los ojos de los amantes no venían sino el momento en el que su amor podría al fin desplegarse, herirse con sus besos, consumarse en su pasión. No veían otra cosa que esa determinación cuando bajaban hacia el puerto desde la fortaleza, escondiéndose en las esquinas, corriendo atropelladamente y buscando, ya en los muelles, el barco de Cambaral, que, rápido y ágil como era, hacia ella misma les dirigiría”.

Sin embargo, – ¡ maldita sea con los peros !-, el Señor de Luarca, que había sido avisado de la fuga, ya esperaba con sus tropas a los amantes en el puerto. Dicen que allí acabaron sus sueños. Yo, particularmente, soy de la opinión que allí, en ese instante eterno, comenzaron sus sueños.

Cambaral abrazó a la hija del Señor ante sus propias narices. Los amantes se miraron, como si estuvieran diciéndose cosas que no se pueden decir, se besaron, como si fuera el último beso. Al respecto, el señor Gallestegui opina dos cosas: amor que nace a oscuras, oscuro muere, y ya nunca los labios volverán a soñar).

Y en eso que el Señor de Luarca, loco de ira, incapaz de soportar aquel beso que para él era blasfemia, de un solo tajo, cortó ambas cabezas, las cuales fueron a refugiarse, en su beso final, a las frías aguas del puerto, justo donde años después se levantaría el llamado Puente del Beso. ¡ Ay !, mi querido y joven amigo; miro el fondo del puerto de Luarca, y algo me dice que debo seguir trabajando en el sueño: ¿ adónde van los besos que no damos, que guardamos ?.

Tuyo, siempre, el viejo de la imprenta “. El Café Romantic presenta hoy un precioso poema sobre el beso y sus cosas de David Escudero Vigara, de Madrid, revelado en nuestra barra por nuestra querida Mila Miguélez, de A Coruña.

Imagen con música: Kiss me – The Cramberries 

 

Necesito un beso
De alguien que me quiera
Necesito un beso
De alguien que me entienda
Preferiblemente
Con la boca dulce
Con los labios tiernos
Que sus ojos brillen
Que ilumine el cielo
Que atraiga a las musas
Que despierte el coraje
Y me devuelva la vida
Necesito un beso
Para seguir soñando
Que después de todo
Aún sigo enamorado.

– David Escudero Vigara –

Anuncios
 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

PERO SIGUES ADELANTE

“Querido viejo;

Me siento como Hans Thomas, el muchacho noruego que emprende un incierto viaje junto a su padre, tú, un marino en tierra aficionado a la vida y a la filosofía, de bolsillo, la popular, la más sabia. Pretendemos cruzar el mundo a pie o en coche, o tan sólo con nuestra imaginación, que, como muy bien sabes, nos lleva a todas partes con tan solo desearlo.

En el camino nos detendremos en un pueblecito, que ni siquiera aparece en los mapas, donde un enigmático enano nos regalará un enorme libro que cuenta la historia de un poeta vivo ya muerto y cuya poderosa obra continúa, contra viento y marea, como el marino que naufragó hace 150 años y llegó a una isla desierta, que tampoco aparecía en mapa alguno, y a la que el destino parece haber vinculado…

Y allí sigue nuestro querido marino, emitiendo alaridos por los techos del mundo entre estrofas soñadas y por soñar porque sabe que, en sueños, es libre el hombre. Dice el gran libro del misterioso enano que el marino vive intensamente, sin mediocridad alguna, pues sabe que el futuro está en él y lo encara con orgullo, sin miedo.Y no, no es cierto que viva en silencio, el peor de los errores del hombre. Sabe que la mayoría vive en silencio, un silencio espantoso. Y resuelto, ha decidido no resignarse. Tampoco huir.

Será cierto, querido viejo, que la sociedad de hoy somos nosotros, seres vivos aspirantes a poetas que, ciegos, no aprendemos de quienes nos pueden enseñar, desechando las experiencias de quienes nos precedieron, nuestros poetas muertos que, como el marino, aún siguen viviendo. ¿Es cierto que ellos nos pueden ayudar a caminar por la vida ?

¿Remamos a favor o en contra de nosotros mismos ? Intuyo que lo hacemos en contra, transformando la vida en un infierno. ¿Es cierto que también podemos disfrutar del pánico que nos provoca tener la vida por delante ?

Mientras te escribo estas líneas, observo que las corrientes pasan y el agua cambia, pero el río sigue siendo el río. Lucho con denuedo por no dejarme arrastrar por las circunstancias. Pero, ¿ qué hacer con ellas ?

Quizás es lo que hecmos todos: nos lanzamos y esperamos poder volar, porque si no es así, caemos como piedras. Y durante la caída nos preguntamos, ¿se puede saber por qué he saltado?… Pero aquí estoy, cayendo, y sólo hay una persona que puede hacerme creer que vuelo… y eres tú, soy yo.

Afectuosamente, tuyo, siempre

PD:  Cuando encuentres al querido señor Gaarder (Jostein) pregúntale si es cierto que si no sabemos en todo momento a dónde vamos, puede resultar útil saber
de dónde venimos para ser más que un mono desnudo.

En su búsqueda incansable y maravillosa de nuevas voces, el Café Romantic ha hallado a Menchu Regueiro, de A Coruña, que, en 99 palabras, nos dice que es preferible seguir caminando que detenerse y ponerse a temblar. Música de Pablo Alborán (clicando en la imagen).

Hay momentos que sentimos que todo aquello que anhelamos se va desvaneciendo poco a poco, que el pasado vuelve a nuestra memoria de forma casi inexplicable, recordándonos que el tiempo pasa y nada cambia.

Entonces, y sólo entonces, nos damos cuenta que esos recuerdos, esos que nos quedan, son lo mejor que hemos tenido, pero sigues adelante…

Y llega un momento en el que la ilusión desaparece, tus sueños dejan también de serlo y todo pierde sentido. Y sigues… a pesar de que sólo tú sabes que una parte importante de ti, ya se ha quedado en el camino…

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , ,

ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO… (EL ÁRBOL DE LA FIEBRE)

La emocionada carta apenas sí delata su posición exacta. De eso hace ya unos días. Lleva fecha de julio de 1721. ¿ Ha enloquecido ? ¡Pobre viejo ! Me cuenta que se halla en un lugar donde habita lo último de lo que la vida nos puede sustraer. ¿Dónde te encuentras ? ¿ Y que eso último que se resiste a la sustracción de la vida ?

Descifro que se halla en un lugar en el que viven negros que se saben negros porque han conocido al único blanco que les ha visitado cuasi desde 1880. Dicen los textos que el último blanco que habitó aquella tierra fue Livingstone, o alguno de sus misioneros. Sin duda, se trata de una isla de entre una docena de islas sin salida al mar que trato de ubicar en el Valle del Rift, esa monumental fractura geológica que no sólo se extiende de Yibuti a Mozambique sino que, ambicioso, sin más permiso que el propio, tomó el mar Rojo y el río Jordán.

Lo imagino rodeado de elefantes, rinocerontes, jirafas, cebras, primates y antílopes en una tierra en la que dicen que no hay nada pero está todo, que aún se mueve con leña de carbón y que aún lucha contra el limo depositado en lechos de ríos y corrientes. Por las coordenadas lingüísticas que disemina por su carta lo sitúo en el sureste africano, posiblemente entre el lago Niassa y el Gran Río Limpopo, apenas unos pocos miles de kilómetros que se pueden recorrer en treinta segundos, si uno quiere.

Parafrasea a nuestro querido James (William), de quien hemos heredado el libre albedrío, para decirme que el humanista – y él lo es- es perfactamente consistente al mover cielo y tierra para ganar un prosélito, si su naturaleza es lo suficientemente entusiasta para intentarlo. Es condición sine qua non.

Pero, – y me pregunto yo-,  ¿ cómo se puede puede ser entusiasta de una visión de las cosas que uno sabe que ha hecho en parte él mismo, y que podrían alterarse dentro de un momento? ¿ Cómo puede haber alguna devoción heroica al ideal de la verdad en condiciones tan mezquinas? El viejo es la pregunta y la respuesta.

” Mi querido y joven amigo; Imagino que, en estos precisos instantes, te estarás haciendo algunas preguntas. Es precioso aún hacerse preguntas, cuando todo se diluye a nuestro alrededor. Yo, aún tengo muchas preguntas y tan pocas respuestas frente a esa modernidad líquida que vislumbró nuestro querido Bauman y que corre el riesgo de convertirse -si no es que ya lo ha hecho-, en un torrente que todo lo arrastra y en el que apenas sí queda nada sólido a lo que agarrarse. ¡ Ay !, mi querido amigo, ya no somos sólidos. Ni siquiera líquidas. Somos gaseosos, materia cada vez más etérea.

Sin embargo, aún tenemos a lo que aferrarnos en ese caótico tránsito hacia un destino claro que aún no tenemos. Aún nos queda el señor Ledger, y el señor Kipling, de cuya mano he encontrado lo que buscaba y que sólo el entusiasta humanista podía hallar: el árbol de la fiebre.

Pensarás que he enloquecido, pero hoy, por estos días, me encuentro en el camino de los incas, es 1721 y estoy con el gran Charles Ledger en el preciso momento en que, por encargo de la condesa de Chinchón, entrega a los holandeses las semillas perfectas para su más gran empresa: “la conquista de los gustos”.

Y te preguntarás que es aquello último que se resiste a la sustracción de la vida. Ledger, al despedirse, me ha revelado lo que precisamente fue así, lo que precisamente así será y que nunca nos sustraerán: la capacidad de soñar, y de lograr. Y así, arrastrado por esta dulce fiebre, aquí me encuentro, a cobijo de una enorme acacia, tan grande como tú yo, unos veinte metros de altura, y cuyo corteza acaricio, suave, amarilla, polvo. De vez en cuando, las fuertes espinas blancas de los nodos pinchan para recordarme quién soy, de dónde vengo, adónde voy…, en mi traviesa intención de hallar su milagro. ¿ Sabías que es uno de los pocos árboles en que la fotosíntesis tiene lugar en la corteza ?

¡ Un momento !, creo haber divisado al señor Kipling. ¡ Es él !. Ojalá estuvieras aquí, conmigo, en este estado de inflorescencias esféricas de color crema perfumado y cuya vida tiene algo que ver con los elefantes, las capas freáticas, la falla Albertina y una suerte de senescencia síncrona.

Somos -me dice el señor Kipling- de una materia quebrada en su génesis y que se expande como procesos tectónicos en bordes divergentes que, finalmente, colisionan. Habitamos en largas zanjas con laderas de gran pendiente para fragmentarnos de nuevo y crear otras grietas de las que emergemos verticales, generando grandes escalones donde pretendemos establecernos como sólidos bloques que parten la corriente del agua, a la cual también pertenecemos, y que intentan combatir al graben de la vida para evitar que se hunda poco a poco por efecto de las fuerzas internas.

El señor Kipling me ha entregado un mensaje. Reza, lacónico, “precisamente fue así… ¿ Cómo empezó el miedo ? “. Le veo alejarse mientras averigua cómo el dromedario obtuvo su joroba, quién pintó las manchas al leopardo, por qué el rinoceronte tiene arrugas en la piel, cuál fue el principio del armadillo y por qué el gato va a su aire. Me grita que piensa llegar hasta el mar para averiguar por qué la ballena tiene la garganta pequeña  y los cangrejos juegan con la marea y, más allá, le preguntará al canguro por su cantinela.

¡ Sigo sus pasos ! Me ha prometido un encuentro con nuestro querido Gaarder (Jostein). Tengo cincuenta preguntas para él… Ya te contaré”

El Café Romantic presenta un breve relato del poeta José Pejó Vernis, que lo dice todo, absolutamente todo, de la maravillosa aventura del ser humano que despliega todas las gestiones imaginables e inimaginables para el logro de las cosas. 

 

 

Remuevo cielo y tierra, descubrir
la arena, el agua el barro, el humo, el fuego,
conspirar con la tinta en el papel
y sembrar, más allá del cuerpo en vilo,
el fruto irreprimible de mi imaginación,
es lo mío, lo que hago,

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

SE HACE SABER, DONDE EL VERBO ES HABER

– Ganamos y perdemos; subimos y bajamos; nacemos y morimos… Si la historia es tan simple, ¿por qué nos preocupamos tanto?, le pregunté a mi amigo, el viejo de la imprenta, quien se había abandonado a los placeres más sencillos de la vida. Se celebraba y se cantaba a sí mismo en una tarde de verano tan ociosa como necesaria y útil bajo un árbol, a refugio de un sol desafiante, mientras contemplaba la naturaleza tal como Dios – o vaya usted a saber quién- la había planteado, sin endiabladas aplicaciones informáticas.

– Como decía el capitán, ¡ la vida es lo poco que nos sobra de la muerte! – proclamó, mientras masticaba una hoja de menta, quizás para tener un aliento más fresco.

A veces pienso que tomo al viejo demasiado en serio. O será que me tomo a mí mismo excesivamente en serio.

– ¡Es lo segundo! – dijo él, leyéndome de nuevo el pensamiento. Imposible tener secretos con él.

– ¿Crees que me conoces? – le pregunté, desafiándolo.

– Cuando conozco a alguien no me importa si es blanco o negro, alto o bajo, feo o guapo, judío o musulmán… Me basta con saber que es un ser humano.

– Y yo, según tu viejo juicio, ¿qué soy?

– ¡Un milagro!, como toda pulgada cúbica en el espacio.

– ¿ Y qué debo hacer?

– ¡No abandonar!

– ¿El qué?

– Las ansias.

Dicho así sonaba ambiguo. Pero él sabía que yo pensaba que lo que había dicho me parecía confuso. Y me abrió puertas y disipó silencios e inceridumbres, más allá de la nada.

– Las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

– ¿Cómo?

– ¡Mira!

– ¿Hacia adónde?

– Tan lejos como puedas.

– ¿ Y qué hay allí?

– Un espacio ilimitado.

– ¿Algún límite habrá?

– ¡Ay!, mi querido y joven amigo. No hay principios ni fines. No hay, nunca lo hubo, nunca lo habrá, otro principio que el de ahora, ni más juventud o vejez que las de ahora, Y nunca habrá otra perfección que la de ahora, ni más cielo o infierno que éstos de ahora.

¡Gracias, querido viejo!. Ahora lo veo, ahora lo sé: la vida son las vacaciones de la muerte. Pienso convertir cada día en el más importante de mi vida. Cada día, naceré nuevamente y averiguaré para qué.

Hay quienes siguen pensando, gracias a Dios, -o vaya usted a saber quién-, que, pese a todo, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo. Es un secreto a voces que os quiero contar: no leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana; y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería… son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos. Y una de esas personas, gracias a la vida, es José Pejó Vernís, un moderno poeta con el sabor de los antiguos poetas, desde Alcalá de Henares. Música para la ocasión, “Everybody Hurts”, de REM.

Se hace saber,

Donde el verbo es haber.

Hay piedras de alfayate en las fachadas,
cortes de duro paño, al fin, sillares,
que trajean las calles de Nahar.
El sol, como alma rubia, centellea
sobre losas graníticas, al paso
que recauda el impuesto de la luz.
Parece, el estudiante, que discute
con el viejo ciprés; después, lo deja
a solas, meditando, meditando.
No lejos de allí, campa El Adefesio,
a las faldas de La Estación de Renfe:
Pintor Lucas Padilla, exactamente.
Es un lugar sin número, un enigma,
una ecuación que nunca se ha resuelto,
que no tiene principio ni final,
un ojal del tamaño irreductible
de un agujero blanco, es una sede
germinal: la cultura, es el teatro,
donde el verbo es haber.

Se hace saber.

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Algún día…

El sol declinaba y la tarde se presentaba con un esplendor insultante. El paisaje hechizaba y perturbaba sin remedio. Al lugar no le había hecho falta entrar en la modernidad. ¿ Para qué? Sabiamos que, al menos, existían sueños que resisten el embate de la realidad. El lugar ya formaba parte de nuestra memoria sentimental. Le llamábamos el lugar sublime. Nos encantaba ese adjetivo de filiación romántica. Paisaje y paisanaje se fundían en una amable simbiosis. La sensación era indefinida, vaga, hermosísima: accidentes incomensurables, lapiaces, simas, dolinas, piedras como hechas de encargo.

Al regreso de su viaje a ninguna parte, el viejo de la imprenta acarició con la mirada y con la mayor fruición de la que era capaz sus cansados ojos el escenario.

– Dime, querido viejo, ¿hallaste tu destino?

El viejo barrió con la mirada el paisaje, un paisaje que valía la pena ser salvado y donde la gente parece que vivía en el fondo de un cuadro del que se había excluído lo sórdido y lo feo. Verdes, ocres, dorados y malvas salpicaban las colinas.

– Mi querido y joven amigo, todos tenemos un destino mágico, incluso místico, en algún lugar de la imaginación.

Gracias, viejo. Aquellos atardeceres serían una constante que ya nunca nos abandonaría.

Desde un lugar de la imaginación, Luz Luz Mar Mar, de Marbella, nos habla de cosas a las que muchas veces no prestamos atención pero que son realmente lo que importan, al fin del día, al final de la vida. Y quizá sea sólo el parpadeo de una luz… Música (en la imagen) de Lana del Rey; born to die

Descubriré las estrellas

no sólo por su belleza,

me dan mucho más de lo que alumbran…

Tienen en su Luz…

los códigos de nuestras vidas,

el secreto del porqué …

algún día, descubriré las estrellas”.

Mar Mar.

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

He dormido bien…

Un día, el viejo de la imprenta me llevó a su colegio de toda la vida, un antiguo templo del saber. Del edificio existente, prácticamente en ruinas, apenas se podía aprovechar nada, salvo recuerdos y vistas. Algunos de esos recuerdos aún colgaban de paredes como únicos testigos de que, otrora, allí convivieron unos seres cuyas ansias de vivir no cabían en aquel lugar.

El viejo tomó en sus manos una fotografía mientras una araña sorprendida por nuestra presencia corría a esconderse entre trastos viejos. La imagen inmortalizaba a unos jóvenes que parecían todos forjados por el mismo patrón: impolutos, pulcros, con chaqueta negra en la que destacaba una regia insignia, camisa blanca y corbata y pantalones cortos, también negros. Algunos sonreían, se les veía cuanto menos contentos. Otros rasgaban mirada y labios; se les intuía desafiantes, o disgustados, quizá por el momento, por el lugar.

El viejo liberó la fotografía de las infinitas capas de polvo que desdibujaban la imagen y habló, esta vez con arte declamatorio y gesto vibratorio:

– ¡Toma las rosas mientras puedas, veloz el tiempo vuela; y esta misma flor que hoy admiras, mañana estará muriendo!

El momento sugirió que volvía el pasado, acudía el futuro y se encontraban en aquel presente. Como siempre, el viejo leyó mi pensamiento y mi expresión.

– Mi querido e ingenuo amigo, todos somos comida para gusanos! Lo creas o no,  un día todos y cada uno de nosotros dejará de respirar, se enfriará y morirá!

Miré fijamente la foto. Aquellos muchachos no parecían muy diferentes a mí, en la adolescencia. Semejantes cortes de cabello, llenos de hormonas, invencibles…

– ¿Esperarás hasta que sea demasiado tarde para hacer de tu vida lo que eres capaz, lo que sueñas…? – reclamó el viejo.

Entre aquellos muchachos de la fotografía estaba él, el viejo. Y pude escuchar sus susurros: ¡aprovecha el día, haz algo extraordinario con tu vida, cada día!.

¡Gracias querido viejo!

Rafael Rodríguez Torres, de Barcelona, nos trae un breve relato sobre una de esas instantáneas de cada día, algo que puede parecer baladí pero que, al final, al hacer recuento del día, o incluso de la propia vida, resulta extraordinario.

Música; dream a little dream (clica en la imagen)

 

He dormido bien. Un sueño dulce. Es curioso, mi sueño me ha hecho ver lo que todos mis sentidos me están negando. ¡Puto sentido común!, siempre en lucha con ese corazón de atleta, – aunque he de confesar que es curiosa la contradicción de mi cuerpo, ya que es lo único de atleta que tengo, por más que me esfuerce en reforzar otras partes-.

He salido con mi Thai a pasear y nos hemos vuelto a encontrar, cada uno con su perro, una sonrisa leve y un movimiento de cabeza evitando cruzar las miradas. Con que poquita cosa se alegra el día uno.

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

AMAPOLAS PARA QUE ME QUIERAS

Entre atardeceres de verdes, ocres, dorados y malvas que salpican las colinas, de  belleza primigenia, una joven pasaba veloz por la vida, casi sin mirar. No le hacía falta. Eran los mismos pétalos de rosa que contaba el viejo los que le hacían soñar. Eran atardeceres constantes que nunca le abandonarían, en los que el sol declinaba y las tardes se presentaban con un esplendor insultante. Tenía un destino mágico en algún lugar de la imaginación. Lo sabía. Y aguardaría.

Una nueva poseía sobre el amor de Virginia “Metalerita”, desde Sudamérica. Porque, ¿qué sería de nosotros sin el amor?, ora dulce, ora amargo. Ya lo dijo Tennyson, “es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca”.

Con música, “… lo eres todo para mí. Mi principio y mi fin. Mi norte y mi guía, mi perdición, mi acierto y mi suerte, mi equivocación, eres mi muerte y mi resurrección,
eres mi aliento y mi agonía, de noche y de día,
te lo pido por favor, que me des tu compañía
de noche y de día… lo eres todo”.

 

En la madrugada que me inventaste,

y que rompiste con una rima,

-y dos versos-

ando callejeando en los filos de tus memorias,

en tus arquitecturas excéntricas

en tus luces y misericordias.

No tengo una ciudad civilizada que ofrecerte,

ni una regresión a tus infancias,

ni siquiera un jardín de amapolas.

Solo te pretendo a vos,

sin caretas que te liberen

Y como te quiero así, tanto,

hasta me iría a un campo de piedras y asfalto,

a una estación deshabitada y triste,

a una mansión con chimeneas y espíritus.

Carezco de catedrales en las que confesarte,

de religiones absurdas con las que redimirte,

no tengo una tarifa exacta para darte,

ni un precio irrevocable.

Y como te quiero así, tanto,

cuando nadie me ve te extraño

y te lloro.

Cuando nadie me ve me retuerzo con pudor,

y padezco la indiferencia de las amapolas

que te regalé un día,

esperando que me quieras.

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

 
A %d blogueros les gusta esto: