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EL LEGADO

Ayer durante la cena me hablaba el viejo de la imprenta de la existencia de un Reloj del Apocalipsis o Reloj del Juicio Final. Por lo visto, tras la II Guerra Mundial, y asustados por el alarmante auge del armamento nuclear, la junta directiva del Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago – siempre la Universidad de Chicago-, creó este reloj simbólico para representar el riesgo permanente de desaparición de la raza humana.

El viejo me contó que, según estos científicos, los humanos estamos siempre a minutos de la media noche, hora que utilizan para representar el apocalipsis. En 1947, año de nacimiento del reloj, colocaron sus manecillas en las 23:53 horas, es decir a siete minutos para el final.

Sin embargo, calculé mentalmente y caí en la cuenta de algo que me pareció injusto: mientras en Chicago, el fin llegaría a las 23:53 h. del 19 de agosto, aquí lo haría a las 06:53h., en Tokio, a las 13:53h. y en la Polinesia francesa ya sería incluso 21 de agosto.

No calculé la hora en Londres. Primero, porque no me importaba demasiado, aunque esa no es una razón de peso. Y, segundo, porque los británicos siempre van a la suya en cuestión de horarios, sentidos, direcciones…, lo cual detesto. Y aún detestó más su arrogancia de que son ellos los que poseen la verdad de lo correcto y nosotros, los equivocados.

En definitiva, el fin alcanzaría a unos cenando, a otros despertándonos, a otros comiendo y a los de más allá, poniéndose el pijama porque alguien, caprichoso, quiso que el ser humano nunca vaya a la misma hora.

El viejo, que a medida que pasan los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses y los años ganan en curiosidad – quizás sea por eso que se mantiene viejo-, me explicó que, en cada número del Boletín de la dichosa Universidad de Chicago, y en función de los acontecimientos, las manecillas se actualizan, pudiendo atrasarse o avanzar hacia el fatídico final, como si el hombre tuviese una suerte de poder universal para decidir sobre su destino. ¡ Ilusos !, pensé. El viejo me dio la razón.

En un primer momento, el movimiento del reloj dependía del riesgo nuclear, pero con el tiempo se empezaron a tener en cuenta otras circunstancias como los avances tecnológicos, el cambio climático, los movimientos geopolíticos, etc.

– Dicen – detalló mi querido viejo- que el momento en el que hemos estado más cerca del Juicio Final fue en 1953, cuando EEUU y la Unión Soviética empezaron a realizar pruebas con su armamento nuclear. Nos quedamos a 2 minutos. Por el contrario, la vez que más lejos hemos estado fue precisamente cuando esas mismas potencias, en 1991, firmaron los tratados de desarme que daban por finalizada la Guerra Fría. Estuvimos a 17 minutos.

– Y, ¿ cuándo se actualizó por última vez ?

– El 11 de enero de 2012, que nos dejó a 5 minutos del fin de la Humanidad.

Entonces, ambos reflexionamos en voz alta: si los científicos atómicos de la Universidad de Chicago hubieran leído los periódicos de los últimos días, semanas, meses… hubieran tenido que sacar números especiales de su Boletín cada día, adelantando y retrasando varios minutos las agujas reloj acercándolo al fatídico momento.

Ayer, sin ir más lejos, porque si lo hacíamos el reloj podría volverse loco, conocíamos que Egipto, por enésima vez, está al borde de la guerra civil – si es que no lo está ya, al menos en la hora de la Polinesia francesa-; que nos acechan los “lobos solitarios”, los yihadistas que combatieron en Siria y que han regresado sin otra ambición que matar porque si no, son como chimeneas en verano; que un soldado americano se puede pasar la vida en prisión por revelar secretos – un nuevo ejemplo de la estúpida democracia estadounidense-; que el nieto del Rey de España, Pablo -no citamos aquí su apellido porque la criatura no tiene la culpa de tener el padre que tiene- aún está enfadado porque su primo, el indomable Froilán – ¡ vaya familia !- le intentó ensartar con un pincho moruno, y que, trescientos años después, España y Gran Bretaña aún andan a la greña por un peñasco – con nuestras disculpas y respetos a los gribaltareños-.

Y, por si fuera poco, políticos, obispos y arzobispos no dejan de hablar de la vida de los demás, de cómo deben llevarla, de cómo deben vivirla, como si la suya fuera la única vida posible.

No queremos ser pájaros de mal agüero ni tampoco pretendemos dar la razón a los mayas, pero anoche nos pareció oír los cuartos – toc, toc, toc, toc…- que anuncian un nuevo fin. Sin embargo, hicimos una llamada a los científicos de la Universidad de Chicago, a eso de las 23:53h, para comunicarles que Alemania ha creado un “tercer sexo”, que han descubierto un astro extrasolar del tamaño de la tierra y cuyo año solo dura ocho horas y media, y que el Gobierno de España – ¡ canallas !- se gastará más de 214.000 euros para restaurar la fachada del Valle de los Caídos -sus caídos-, según un contrato que adjudicó el pasado 18 de julio, día del Alzamiento de los bastardos franquistas… Con noticias como éstas, era necesario retocar la hora del reloj, les dijimos a los científicos estadounidenses.

El Café Romantic presenta un breve relato de Luisjo Goméz, de Barcelona, extraído de su libro “El legado del Valle”, escrito a cuatro manos con Jordi Badía. La obra relata las investigaciones de Arnau Miró en torno a la muerte del único familiar vivo que le quedaba, su tía María. La mujer ha muerto en extrañas circunstancias en su casa de la Vall de Boí (Lleida) donde guardaba un objeto que podría cambiar la historia de Occidente para siempre. Las ansias por destruir este misterioso objeto, han provocado centenares de muertes a lo largo del último milenio, siempre con la pretensión de conseguir que la humanidad no llegue a conocer nunca lo que ellos llaman “Legado”.

Imagen con música: U2 – With Or Without You

“Me senté sobre los restos de muralla que, callada, parecía evocar grandiosas epopeyas. Por vez primera sentí cómo entre las juntas de sus piedras rebosaban aún sangre y leyenda: el eco de una lejana historia olvidada en el tiempo que llamaba con insistencia mi atención, para regresar de un silencio secular… Tanta sangre, tanta sangre…Demasiada religión en el mundo para que los hombre se maten entre sí; no la suficiente para que se amen…”

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LA MALDITA LÍNEA (dos que antes fue uno)

– ¿ Dónde estamos? – le pregunté al viejo de la imprenta luego de una larga caminata por el puerto de mi paciencia. A veces navego a la deriva por ese puerto pero, por fortuna, el límite de mi paciencia está lejano y no lo he alcanzado nunca, ni espero hacerlo. Dicen que la paciencia es una virtud, que las cosas buenas les pasan a los que esperan. Por supuesto, también dicen que aquel que duda está perdido. Llegados a aquel punto, yo esperaba del viejo una buena historia que narrar. Y, por supuesto, poniendo a prueba una vez más mi paciencia, no me defraudó.

El viejo me había conducido hasta un pueblo que el destino quiso situar en la frontera entre dos regiones, dos naciones, dos maneras de ver la vida, dos maneras de pensar, dos maneras de sonreír, dos maneras de llorar, dos maneras de hablar… incluso dos maneras de cocina y dos maneras de enterrar a sus muertos.

– ¡ He aquí el porqué de las cosas ! – dijo sobre aquella incomprensible dualidad, al tiempo que señalaba con el dedo una línea de pintura blanca que ni siquiera el paso del tiempo había conseguido borrar.

Nos sentamos en lo alto de una elevación natural del terreno. A mí no me pareció más que una cima, pero para los de la parte derecha del pueblo era una colina y para los de la izquierda -según la división mental que tracé-, era una montaña. En todo caso, y lejos de las disputas vecinales, se divisaba el pueblo, o los pueblos (para no herir susceptibilidades).

– ¿ Qué debió ocurrir en aquel lugar?, que un día fue un pueblo y, ahora, eran dos – me pregunté, naturalmente con cara de interrogante que el viejo advirtió. Si no hubiera puesto esa cara, a buen seguro, mi querido viejo me hubiese tachado de tonto por no hacerlo. Pero he aprendido a preguntar, aún pareciendo un tonto unos minutos, que no preguntar y ser tonto por siempre.

Su historia no se hizo esperar, colmando mi impaciencia.

– Dicen que un día, hace mucho tiempo, tanto que sólo los más viejos del lugar lo recuerdan, llegó al pueblo un hombre de traje gris y encorbatado sin más equipaje que una maleta y un par de mudas. Dicho hombre, de cuyo nombre no se acuerdan, ni tampoco quieren acordarse, acudió al hostal del pueblo cuando era un sólo pueblo, pidió una habitación cuando el hostal era un sólo hostal, comió un plato cuando sólo se servía un plato y, sin hablar con nadie, se dirigió a un extremo del pueblo, seguido entre cuchicheos por todo el asombrado pueblo, cuando era un sólo pueblo y su asombro era único.

¿Quién era el hombre del traje gris y corbata?, se preguntaron los lugareños, cuando el lugar era sólo uno. Y, ¿ por qué había ido allí?, cuando allí aún era un tranquilo y pacífico singular…(Cabe detallar que aquellos lugareños apenas sí habían visto hasta entonces una corbata, prenda que asociaban con un lugar llamado ciudad donde, según tenían entendido, se dedicaban a la política y otras pamplinas similares)

Sin abrir la boca, la única que tenía, el hombre del traje gris y encorbatado se encontró con dos hombres con aspecto de trabajadores de un organismo al que llamaban ministerio y que iban dotados de una máquina de pintura, como aquellas que se emplean para marcar las líneas horizontales de las carreteras.

El hombre del traje gris y corbata, en nombre de las órdenes que había recibido de aquel lugar llamado ciudad, hizo unas comprobaciones métricas, analizó un plano, oteó el horizonte y ordenó a los dos operarios que iniciasen la marca de la línea…

Se pasaron toda la tarde trazando esa línea. Al final del día, aún en crepúsculo, observaron satisfechos el trabajo realizado. La línea había partido en el pueblo en dos. Era visible. Siempre lo sería. Partidos quedaron el ayuntamiento, la escuela, la iglesia, el cementerio, la calle mayor, el parque central, el campo de fútbol, la balsa que luego fue piscina, la pista de la petanca y hasta el banco de toda la vida donde dos simpáticos y corrosivos viejos, como aquellos de nuestros añorados Teleñecos, siempre se sentaban para mofarse de ellos mismos y de todos los demás…

– Y, ahora, mi querido y joven amigo, deberías preguntarme qué ocurrió a partir de entonces, – formuló el viejo mientras yo, para mis adentros, imaginaba ya el rocambolesco escenario que aquella (in)significante línea de pintura blanca había dibujado. ¿ Qué ocurrió, querido viejo?, pregunté, para su satisfacción, y también la mía.

– ¡ Pues que ya nada fue igual en el pueblo que antes fue un sólo pueblo… !, – anunció con voz pausada, cada vez más apagada, como si también a él le hubieran partido en dos.

El descontento, como el desconcierto, adensaron. Algunos querían cruzar la línea, a la que muchos llamaron abismo y unos cuantos, el llano.

Algunos – prosiguió el viejo- quisieron cruzar esa línea a la que muchos llamaron abismo y unos cuantos, el llano. Pero, ¿ por qué querrían cruzar esa línea?, nos preguntamos el viejo y yo con la mirada, en un mundo donde casi nada sucedía por casualidades angelicales.

El entusiasmo una vez se trazó la línea no dio paso a una reflexión crítica sobre la peligrosa, por absurda, situación en la que se adentraban. “Démosle un voto de confianza”, se decían con rostros entre la esperanza y la palidez. “Sólo quiero llevar mi vida y ser feliz con mi familia”, respondían los que no quisieron traspasar nunca la línea y les importaba un carajo si estaba o no allí.

En la plaza que un día, en época de los tatarabuelos fue la de la iglesia y en época de los bisabuelos la mayor, unos se encontraban porque se citaban y otros no se citaban porque ya se encontraban. Era, popularmente, la plaza de la Liberación porque un día los jóvenes de ambos lados de la línea, en un acuerdo sin precedentes y, posiblemente, sin consiguientes, leyeron en Internet que todos los pueblos debían tener su plaza de la liberación. No obstante, para unos era la plaza de la Independencia, aunque en el callejero figuraba como la plaça del sis d’octubre. Para los otros, era la plaza de la Autonomía. Allí, todos mantenían acaloradas discusiones sobre el modelo de estado a construir; mejor dicho, a reconstruir. Era su forma de matar las horas ya muertas, pocas, pues necesitaban todas las horas de la jornada para ganarse el pan. Eran sólo destellos de filosofía política, barata, pero filosofía al fin y al cabo; política, al fin y al cabo. Los recelos eran inevitables. Las religiones, por fortuna, las llevaban en el corazón. Los de este lado de la línea se quejaban con la garganta. Los del otro lado, con el diafragma. Había quien, en el desespero, pataleaba de forma cómica para vencer el estrés de la situación. « ¿Y ahora a quién le suplicó?», se quejaba el párroco.

“,Y aún, hoy en día, es difícil entrever quién tiene el poder en sus manos”, le dijo un viejo al otro, sentados en el mismo banco de siempre, que ahora eran dos.

– ¿Recuerdas?… Vivimos en una esfera de extremos y rarezas. De hecho, ni siquiera es realmente una esfera, sino un planeta salvaje, jaspeado de volcanes activos, sacudido por terremotos mortales e inundado por diluvios desastrosos. Pero, ¿sabes cuál de estas catástrofes ha sido la más devastadora?… la línea.

Y hasta la Fiesta Mayor quedó partida en dos.

Este relato nace de la mente de algunos clientes del Café en un día en que nos pusimos a imaginar como sería la vida de un pueblo que el azar ha situado justo en la línea fronteriza entre dos países, dos naciones, dos gobiernos… en disputa. Con el deseo de cada uno, desde su libertad, pertenezca al pueblo que le vio nacer, crecer o al que desee pertenecer sin líneas que limiten su lengua, sus hábitos, sus costumbres, sus creencias…En el Café Romantic soñamos con  lugares sin fronteras donde dar largos paseos acompañados por el rumor de las olas y la brisa marina, como en una playa infinita. Lugares donde durante esos largos paseos sea posible vivir algún espejismo en sus llanuras de arena, sin líneas. Lugares perfectos donde pasear, olvidarse del mundo, soñar y conocer gentes sin que importe si son blancas, negras, judías o musulmanas. Nos basta con saber que son seres humanos. Imagen con música, ” I Have a Dream”.

 

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Geometría no euclidiana en Bilbao

Decidimos no planear con antelación nuestra visita, aún a riesgo de la frustración, y no compramos las entradas “on line” para evitar colas. ¿ Qué fue del arte de hacer cola para entrar en el cine, en el estadio, acaso en un museo? Somos del mismo parecer: la vida es aburguesamiento en forma de molicie, que afecta al pensamiento, la charla pausada, la paciencia y el movimiento hasta el punto de aniquilar ese deseo irrefrenable de descubrir cosas, la pasión.

Partimos deliberadamente en coche desde Vitoria. Esta vez el paisaje variaría respecto de nuestra llegada al norte. Ya no eran absolutamente verdes los colores predominantes. En una suerte pictórica de la mano de Dios, se mezclaban con ocres y marrones de vestidas montañas, camino del “umbral vasco” donde los Pirineos descienden para formar sin riña otra cordillera, la cantábrica, en la que las planicies están algo inclinadas. Bajábamos cuando subíamos, y viceversa, como caminar cuesta abajo por la cuesta de la vida

Esta vez el paisaje variará, ya no serán totalmente verdes los colores predominantes, estos se mezclarán con ocres y marrones de las montañas, piensa que estás viajando hacia el llamado umbral vasco, adonde los Pirineos descienden a formar la Cordillera Cantábrica, por lo cual las “planicies estarán algo inclinadas” pero siempre cubiertas por sembrados.

Apenas hablábamos. Apenas sí unas exclamaciones e interjecciones de asombro. Mirábamos el horizonte y todo lo que nos envolvía sin que nuestros ojos viesen. El corazón parecía sentir sin palpitar. ¡Suspiros cortos!, momentos que sugerían una conciencia de eternidad en cada cuesta. La fantasía había derramado su fuego espiritual sobre la naturaleza exterior agrandando las cosas pequeñas, aquellas a las que apenas prestamos importancia y que hacen de nosotros seres, sino imprescindibles, sí importantes.

De repente, entre dos cadenas montañosas que parecen pugnar por el título de reina protectora del lugar se mostró la ciudad que fundó “El Intruso”, otrora comercial, mercantil, industrial, ahora reinventada.

Frente a nosotros, allí donde la ría deja de ser río, se alzaba caprichoso y singular un edificio que se manifiestar como un barco que rinde homenaje a la ciudad portuaria que siempre y que siempre será. Sus paneles brillantes de titanio sugerían escamas de pez, recordándonos, tal vez, influencias de formas orgánicas inertes pero vivas, armónicas pero disonantes, desordenadamente ordenadas, desorganizadamente estructuradas y ordenadas, como la vida misma.

Nuestras inquietas cabezas jugaron a las imágenes mentales: fragmentación no lineal en una suerte de manipulación de ideas aparentemente estructuradas cuyos postulados y propiedades difieren en algunos puntos de aquellos que Euclides estableció en sus Elementos. Formas no rectilíneas que distorsionaban y dislocaban algunos de los principios elementales de la arquitectura de la arquitectura y de la vida, como di nos quisiera decir que en el mundo en el que vivimos está gobernado por algún ente, alguna ley trascendental, como la mano de Dios, que gobierna el destino de los hombres y las decisiones que creemos tomar libremente tan solo son hechos predestinados.

Dicen, sin embargo que, a vista de pájaro, aquel caos controlado de titanio y piedra caliza, en que cubiertas y fachadas juegan amistosamente entre sí, posee la forma de una flor. Tal vez, nos dijimos, el arquitecto de las tendencias orgánicas nos quiso decir con ello que no hay más que una vida; acaso no hay Dios, ni reglas, ni juicios más que los que nosotros aceptemos y creemos para nosotros mismos, y cuando se acaba, se acaba, y dormimos por toda la eternidad.

Nos movimos de un lado para otro buscando ángulos, perspectivas quizás imposibles; acaso tretas de lo que estábamos viendo no existía pero lo veíamos, y  descubrimos, pues de ello se trataba cuando partimos de Vitoria, que el edificio domina las vistas de la zona donde debe dominarlas pero desde el río se reivindica modesto, como nosotros, como las gentes, inmortalmente mortales. Fuimos felices mientras estuvimos allí.

Era jueves, laborable, pero había cola para entrar al singular y caprichoso edificio. No importaba. Un eterno momento pausado para hablar de todo y de nada nos acompañó en el tránsito administrativo de una ensoñación a otra. Le preguntamos a un guía qué podíamos ver. Sonrío. Tenía el aspecto de un joven delideradamente envejecido para la ocasión y nos respondió, filosofando, muy propio en el controlado caos del escenario:

– Suele decirse que la gente ve lo que quiere ver. Hay personas que pueden dar un paso atrás y descubrir que les faltaba ver las cosas con más perspectiva. Otras personas se dan cuenta de que la vida les está pasando factura. Otras pueden ver lo que estaba ahí desde el principio… Y luego estan esas personas, aquellas que huyen lo más lejos posible para no tener que verse a sí mismos.

En cuanto a nosotros, puedo decir que lo vimos todo más claro.

Empujados, casi arrastrados, por insospechadas manos, quizás las de aquel insólito guía, acabamos en la sala de la exposición “El arte en guerra”, donde artistas como Picasso  o Dubuffet y los surrealistsa de la época nos ilustraban sobre la crudeza de un tiempo no tan lejano y de las miserias de la humanidad.

Nos hablaban de un tiempo en que, atrincherados en su estudio, creaban para resistir, indicándonos nuestra parte más oscura, nuestras miserias. Eran voces que hablaban cuando ellos no tenían libertad para hacerlo. Emociones largo tiempo prisioneras y ahora liberadas.

Vimos tras un “dictador” a un ser acomplejado, reprimido, inseguro y desequilibrado y frente a él, aquellos que hicieron del arte un arma de guerra contra el enemigo; encerrados en su estudio, en un sótano, también en un campo de concentración, su obra dio sentido a sus vidas, y a las nuestras.

El alsaciano Joseph Steib tomó vida en su óleo. Nos habló de que, por buenas que sean las ideas, por acertadas que sean las intenciones, si los actos conllevan agresividad, rigidez y estrechez de miras, el resultado será siempre catastrófico.

Al salir de la ensoñación, aquel guía jovemente envejecido nos despidió con una sonrisa, la misma sonrisa del artista liberado, agridulce, mezcla de optimismo y melancolía:

“caballeros la responsabilidad es suya. La libertad no puede ser concebida sino conquistada”.

Un cuento de Jordi Planes y Goyo Martínez a propósito de un viaje que el excelente coach y escritor de Vilassar de Mar llevó a cabo al País Vasco para presentar sus últimos libros y durante el cual tuvo la feliz idea de visitar el Museo Guggenheim de Bilbao, donde se expone “El arte en guerra. Francia, 1938-1947, de Picasso a Dubuffet”, una muestra que reúne más de 500 obras de un centenar de artistas, incluyendo documentos, fotografías y películas inéditas, que evidencian la forma en la que estos creadores resistieron y reaccionaron, “haciendo la guerra a la guerra” con formas y materiales casuales impuestos por la penuria, incluso en los lugares más hostiles a toda expresión de libertad. Y para la ocasión, una excelente composición musical de la banda sonora de La Lista de Schindler.

El conquistador

 

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¡ SOY MUJER !

Seguiamos en los bosques, viviendo sin prisas, intensamente, sorbiendo todo su jugo a la vida. El viejo de la imprenta evocó a una mujer. Que yo sepa conoció a un millar de mujeres y amó a una y, por eso mismo, – decía-, sabía más de mujeres que el que ha conocido a mil.

– Dime, querido viejo, ¿qué es la mujer?

Con arte declamatorio y gesto rebelado, defendió su teoría:

– La humanidad posee dos alas: una es la mujer, la otra el hombre. Hasta que las dos alas no estén igualmente desarrolladas, la humanidad no podrá volar.

Acto seguido, se encogió y se encerró en sí mismo; no quería volar. Yo me senté a su lado, a esperar el desarrollo del ala.

Ha habido grandes hombres en la historia que han emocionado, pero también  mujeres, como María Zambrano, Chavela Vargas, Nina Simone… y otras muchas que han tenido el valor de decir ‘estoy emocionada y voy a contarlo, aunque sea mujer. No va a pararme nadie’. Y no se han callado y han dado un paso adelante. Han sido mujeres de bandera que han ayudado a las que han ido detrás a abrirse  camino.

Clara Campoamor, política española, defensora de los derechos de la mujer y principal impulsora del sufragio femenino en España, logrado en 1931, y ejercido por primera vez por las mujeres en las elecciones de 1933, fue una de esas mujeres. 

Al defender sus ideas ante un auditorio insultantemente masculino, Campoamor proclamó aún a riesgo de la humillación y el rechazo social y político de la época:

“Defendí en Cortes Constituyentes los derechos femeninos. Deber indeclinable de mujer que no puede traicionar a su sexo, si, como yo, se juzga capaz de actuación, a virtud de un sentimiento sencillo y de una idea clara que rechazan por igual: la hipótesis de constituir un ente excepcional, fenomenal; merecedor, por excepción entre las otras, de inmiscuirse en funciones privativas del varón, y el salvoconducto de la hetaira griega, a quien se perdonara cultura e intervención a cambio de mezclar el comercio del sexo con el espíritu (…) A mi pudiéronme cargarse todos los pecados políticos imaginarios de la mujer, y pasárseme todas las cuentas del menudo rencor. Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideológicamente me interesa, y al que aún aislada sirvo”.

Y es que la mujer sostiene la mitad del cielo, pero sin ella el cielo entero se vendría abajo.

Mila Miguélez, desde Galicia, grita que es mujer y lo ha narrado con extraordinaria sencillez. Hoy, con la música de John Lennon, “Woman”

 

Soy mujer. Serena, loca, tranquila. Apasionada, niña, valiente, querida. Soñadora, cobarde, símbolo, sabia. Muñeca, inspiración, creadora, tierna. Lo soy todo y no soy nada. Pero entre tanto desdén, entre tanta encrucijada, Soy Mujer.

 

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¡Adiós, muralla!

Hubo un tiempo en que el viejo de la imprenta no estuvo. Decidió emprender un viaje a ninguna parte y lo hizo sólo. Lo necesitaba. Yo, naturalmente, lo respeté. Me sentí vacío. Me sentí descalzo, sin vestido de esperanza, sin sandalias de aventura, solamente una túnica de soledad. Y en las costuras, un billete a un futuro incierto y una maleta vacía. Pero cuando la desazón más profunda adensaba y me desbordaba aparecía él. Siempre estaba, de una manera u otra, aún cuando yo no lo viese. Y me escribió. Era el mejor regalo que podía recibir; ilusionado como un niño cuando abre sus regalos de Reyes.

“Llevo una hora y media sentado en nuestro lugar preferido simplemente imaginándote, preguntándome qué estarás pensando ahora mismo, lo que debes estar sintiendo; tus preguntas de siempre, ¿adónde ir? ¿retroceder, parar y temblar o hacer el camino?. Si estás pensando en mí, detente, envía una mirada  hacia el cielo y concéntrate en lo que te está pasando, no en lo que dejas atrás. Estoy en tu pasado, tu presente y tu futuro, no necesitas buscarme, estoy aquí ahora mismo. Si sientes miedo por lo que va a pasar a continuación, no lo tengas, olvida el miedo y la vergüenza. Visita otros lugares. Sé valiente y acepta los desafíos, fortalecen la mente y el corazón y te preparan para la felicidad. No pierdas el tiempo con recuerdos. Concéntrate profundamente en tu próxima acción, disfruta el presente cada momento porque puede que vuelvas a tener uno igual y, si alguna vez alzas la vista y te sientes perdido, sólo tómate un respiro y empieza otra vez. Regresa sobre tus pasos y ve al lugar más puro de tu corazón, donde reside la esperanza, encontrarás tu camino otra vez.

Tu viejo, que te quiere”.

El Presidente Kennedy apuntó en Washington en junio de 1963: “Ningún reto se halla más allá de la capacidad creadora de la especie humana”. Recientemente, Amin Maalouf avanzó: “situaciones sin precedentes requieren soluciones sin precedentes”. Y la presidenta de Brasil Dilma Rousseff sentenció no hace mucho: “para convertir nuestros sueños en realidad debemos superar las líneas de lo posible”.

Un relato inspirado por Cristina Penalva, de Alcalá de Henares, y con apuntes de La Dama se Esconde Ruiz Mora (Murcia) y El Café Romantic (Barcelona).

Música (en la imagen): Coles corner,  Richard Hawley

 

¿ Nos vemos mañana en la muralla a las doce de la noche… ? ¿Nos encontraremos en el camino?. En la muralla estoy sentada, con el cielo como techo. Siento que vuelve el pasado, acude el futuro y se encuentran en el presente. ¿ En verdad la sociedad está enferma o somos todos y cada uno de nosotros los que estamos desorientados y damos palos de ciego de forma totalmente incoherente?…

He tomado la decisión de decidir. La mayor decisión. Permitidme que corrija a Aristóteles. Debemos inventar el futuro; hay que buscar permanentemente nuevos caminos, para transformar los “imposibles” de hoy en “posibles” mañana. Ningún reto se halla más allá de la capacidad creadora de la especie humana.

El futuro es el único sitio al que puedes ir y lo imposible sólo tarda un poco más. ¡Adiós, muralla!.

 

 

 

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Sapere Aude

Un niño de seis años escribió una vez:

¿ A ellos les gusta morir?. A nosotros, no. Y si a ellos no les gusta, a nosotros, tampoco. Y, entonces, ¿ por qué lo hacen?. Por ninguna razón. Y entonces, ¿ por qué no lo hacemos nosotros? Porque no somos malos. Y si ellos dijesen nosotros tampoco somos malos, ¿les gustaría? ¿A que no les gustaría? Pues, no nos lo hagáis, ¡vale! Parad de hacernos daño”.

Al leerlo, Roberto tomó una servilleta de papel y anotó:

Dame tu voz, escucharé

Dame tu dolor, gritaré

Dame tu mano, te guiaré

Dame tu sueño, soñaré

Siento. Vida. Felicidad. Amaré…

Estas palabras fueron escritas en pleno apogeo de la canalla actividad de los terroristas de ETA pero también pueden ser, son y deben ser un canto a la paz desde los ojos, las manos y el alma de la inocencia, la mejor, que proporciona un niño, un grito contra cualquier clase de terrorismo y violencia, física, verbal o psicológica, en cualquier parte del mundo.

A punto de cumplirse el 12º aniversario del asesinato del profesor Ernest Lluch a manos de los salvajes de ETA, el Café Romantic quiere recuperar este breve relato del libro “Pido la Palabra: crónica íntima de las víctimas del terrorismo” (Lectio/Cossetània, 2008), en homenaje a todos aquellos que se dedican a luchar por la paz, con cualquier gesto, con cualquier palabra o incluso con su silencio, y en especial Robert Manrique, amigo y alma máter en España de la defensa de las víctimas de una de las peores lacras de la humanidad, el terrorismo.

Con música, “En los mapas del cielo el sol siempre es amarillo
y la lluvia o las nubes no pueden velar tanto brillo.
ni los árboles nunca podrán ocultar el camino
de su luz hacia el bosque profundo de nuestro destino…”

Junio de 1999…

Lluch se abigarró entre el público, como un ciudadano más. Roberto lo invitó a subir al entarimado, pero (el profesor) rehusó cualquier tipo de protagonismo. Era el momento de las víctimas y su discreta presencia, el mejor homenaje que podía tributarles. Roberto leyó a Lluch. Sabía que era inteligente y erudito. Abierto y enciclopedista. Pero lo que desconocía era su generosa generosidad y su humana humanidad. Le habían hablado de su valentía intelectual. Del hombre de las luces que incitaba, cuando no provocaba, a pensar, a hablar, a comprometerse con los problemas de nuestro tiempo. También sabía de su fidelidad a una máxima kantiana que le había guiado en la vida, sapere aude.

La razón de las gentes de bien -pensó Roberto. Lluch perseguía el mismo sueño que él. Un país, un mundo abierto y dialogante, donde lo humano no fuera ajeno. Era el vigía del diálogo que nunca dormía soñando la paz.

Al concluir el homenaje, Roberto se acercó al profesor y le tendió la mano. El emocional saludo almacenó todo el dolor y toda la solidaridad que cabía en la tierra. Sin mediar palabra, de inmediato comprendió lo extraordinario del ser.

– Què us cal? (¿ Qué os hace falta?) -preguntó, sin más, Lluch a Roberto. No hicieron falta presentaciones grandilocuentes. Una vez más, Lluch se dejó llevar por su interés desinteresado, por su curiosidad, por su compromiso con lo humano.

– Su apoyo. Sólo su apoyo -le contestó Roberto.

– Tenéis no sólo mi apoyo. Tenéis mi afecto, mi corazón…- le respondió, seguro, el profesor.

 

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Hay corazones en prisión

A pesar de todo, pese a ese mundo que nos atropella y nos condena hasta el hastío, la vida no deja de sorprenderme gratamente, como un crepúsculo de Turner, donde se ha excluido lo sórdido y lo feo.

Es el sistema penitenciario, y lo digo con conocimiento de causa, el gran despreciado de las políticas públicas y el gran olvidado de la sociedad. Damos la espalda a las prisiones, pensando que nunca nos puede pasar a nosotros, como en muchas otras situaciones que nos rodean, hasta permitir que las cárceles sean sólo contenedores de desechos humanos a los que acabar de aniquilar.

Allá por el siglo XVIII, el italiano Cesare de Beccaria, gran precursor de los sistemas penitenciarios más humanos, proclamó la necesidad de que la humanidad y la compasión penetrasen las puertas de hierro. Y hoy, tres siglos después, es a la inversa; la humanidad salta los muros para darnos una lección de vida y decirnos que, quizás, entre rejas hay más bondad de la que se pueda imaginar.

Un grupo de reclusos de la prisión de Quatre Camins, en la Roca del Vallés (Barcelona), se ha constituido en un colectivo que promueve y apoya causas humanitarias y sociales. Y lo hacen desde el más absoluto desinterés, sabiendo que con ello no ganarán ningún beneficio penitenciario aunque sí un cielo que un día perdieron por sus fechorías.

Pese a su cautiverio, justo a los ojos de la ley, quizás injusto a los ojos del alma, siguen siendo persona pese a que, mayoritariamente, los vemos como animales. Y, mira por donde, tienen corazón y también alma, y lo saben porque les duele.

En primavera, estos presos, anónimos todos ellos, impulsaron una campaña de donación de sangre que fue un éxito. En junio, promovieron una campaña de recogida de firmas para salvar el Ártico. Hoy, sin ir más lejos, han contribuido a otra iniciativa de recogida de tapones de plástico para pagar el tratamiento que precisa Enrique.

Enrique, de 8 años, no es un niño como otro cualquier que pueda celebrar goles, darse un chapuzón en una piscina o en la playa, jugar con la Nintendo, pasear por la montaña o, ni siquiera, hacer los deberes. Sufre una grave encefalopatía a la que se suma la epilepsia y un severo retraso. Y Enrique tiene un precio: 10.000 euros, que son los que cuesta el tratamiento para intentar su curación.

Pese a todo, Enrique, según definición de su madre, Merche Vázquez, es un luchador, y lucha desde los nueve meses. Hace unos días, acudió con su madre a la prisión para dar las gracias a esos reclusos que se han sumado a la causa para recoger tapones y con ellos “fabricar” el dinero que necesita sino para curarse, sí para mejorar.

Ese día, explicó su madre, se encontraba bien. Sólo había sufrido dos crisis. Hay jornadas en las que puede llegar a padecer hasta dieciocho. Y Merche lo quiere tal y como es.

Con la ayuda de dos educadores del centro penitenciario, Amparo y Javier, comenzaron a colgar carteles de apoyo a la causa de Enrique por toda la prisión y esos mismos presos a los que muchas veces damos la espalda han logrado recoger montañas de tapones de plástico. Y no sólo eso; han recaudado 265 euros para que el niño se pueda curar, Fernando, un interno que hace de jardinero, le entregó un ramo de flores y recibió además una saca de cartas de reclusos en las que le expresaban sus mejores deseos.

“El coraje de tu madre demuestra como te quiere. No sabes el tesoro que tienes. Quiérela siempre como ella te quiere a ti”, decía una de las cartas. Merche Vázquez no pudo reprimir unas lágrimas, lágrima que emanan de su propia vida, una vida que duele al punto de las lágrimas.

Hoy, en Vilanova del Vallés (Barcelona), promovido por la Fundación Don Caballo, donde Enrique lleva a cabo terapia con caballos una vez por semana, se celebra un festival que lleva por nombre “Taps de l’esperança” (tapones de la esperanza), con el fin de recaudar aún más tapones que se conviertan en euros para darle al nño la oportunidad de ser niño mediante un costoso tratamiento que sus padres han encontrado en París y para el que precisan 50 toneladas de tapones ( de los que ya llevan recogidas 20) para sumar esos 10.000 euros, el precio de la vida de Enrique.

El Café Romantic se suma a la iniciativa por Enrique y aplaude el gesto de los presos de Quatre Camins, esos mismos a los que, muchas veces, ninguneamos.

Enviarles vuestro apoyo: solidaridadconenrique@gmail.com

Cartel con música: “Alegría”.

 

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