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¡Adiós, muralla!

Hubo un tiempo en que el viejo de la imprenta no estuvo. Decidió emprender un viaje a ninguna parte y lo hizo sólo. Lo necesitaba. Yo, naturalmente, lo respeté. Me sentí vacío. Me sentí descalzo, sin vestido de esperanza, sin sandalias de aventura, solamente una túnica de soledad. Y en las costuras, un billete a un futuro incierto y una maleta vacía. Pero cuando la desazón más profunda adensaba y me desbordaba aparecía él. Siempre estaba, de una manera u otra, aún cuando yo no lo viese. Y me escribió. Era el mejor regalo que podía recibir; ilusionado como un niño cuando abre sus regalos de Reyes.

“Llevo una hora y media sentado en nuestro lugar preferido simplemente imaginándote, preguntándome qué estarás pensando ahora mismo, lo que debes estar sintiendo; tus preguntas de siempre, ¿adónde ir? ¿retroceder, parar y temblar o hacer el camino?. Si estás pensando en mí, detente, envía una mirada  hacia el cielo y concéntrate en lo que te está pasando, no en lo que dejas atrás. Estoy en tu pasado, tu presente y tu futuro, no necesitas buscarme, estoy aquí ahora mismo. Si sientes miedo por lo que va a pasar a continuación, no lo tengas, olvida el miedo y la vergüenza. Visita otros lugares. Sé valiente y acepta los desafíos, fortalecen la mente y el corazón y te preparan para la felicidad. No pierdas el tiempo con recuerdos. Concéntrate profundamente en tu próxima acción, disfruta el presente cada momento porque puede que vuelvas a tener uno igual y, si alguna vez alzas la vista y te sientes perdido, sólo tómate un respiro y empieza otra vez. Regresa sobre tus pasos y ve al lugar más puro de tu corazón, donde reside la esperanza, encontrarás tu camino otra vez.

Tu viejo, que te quiere”.

El Presidente Kennedy apuntó en Washington en junio de 1963: “Ningún reto se halla más allá de la capacidad creadora de la especie humana”. Recientemente, Amin Maalouf avanzó: “situaciones sin precedentes requieren soluciones sin precedentes”. Y la presidenta de Brasil Dilma Rousseff sentenció no hace mucho: “para convertir nuestros sueños en realidad debemos superar las líneas de lo posible”.

Un relato inspirado por Cristina Penalva, de Alcalá de Henares, y con apuntes de La Dama se Esconde Ruiz Mora (Murcia) y El Café Romantic (Barcelona).

Música (en la imagen): Coles corner,  Richard Hawley

 

¿ Nos vemos mañana en la muralla a las doce de la noche… ? ¿Nos encontraremos en el camino?. En la muralla estoy sentada, con el cielo como techo. Siento que vuelve el pasado, acude el futuro y se encuentran en el presente. ¿ En verdad la sociedad está enferma o somos todos y cada uno de nosotros los que estamos desorientados y damos palos de ciego de forma totalmente incoherente?…

He tomado la decisión de decidir. La mayor decisión. Permitidme que corrija a Aristóteles. Debemos inventar el futuro; hay que buscar permanentemente nuevos caminos, para transformar los “imposibles” de hoy en “posibles” mañana. Ningún reto se halla más allá de la capacidad creadora de la especie humana.

El futuro es el único sitio al que puedes ir y lo imposible sólo tarda un poco más. ¡Adiós, muralla!.

 

 

 

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LO QUE LA LUNA ESCONDE

Viendo mi abatimiento, en cierta ocasión, el viejo de la imprenta me explicó que había conocido a una mujer que, en plena guerra, decidió abrir una floristería. Una sandez, pensé yo para mis adentros. Como siempre, el viejo de la imprenta me leyó el gesto y el pensamiento y me amonestó.

Aquella mujer, que para algunos podía pasar por loca, abrió aquella floristería porque el mundo necesitaba en ese momento, más que nunca, flores.

Ahora, en que el dolor, la angustia, la incertidumbre, la zozobra nos acosan, el mundo necesita bella historias. Historias de amor, de superación, de batallas contra las vanidades.

Hasta ahora, – lo confieso-, nunca me había planteado con la suficiente profusión el asunto. ¿Qué poder ejerce la luna sobre nosotros? ¿Qué tiene que ver la luna con nuestro corazón, nuestro destino?

Mi admirado García Lorca escribió:
 

“cuando sale la luna
se pierden las campanas
y aparecen las sendas
impenetrables.
Cuando sale la luna,
el mar cubre la tierra
y el corazón se siente
isla en el infinito.
Nadie come naranjas
bajo la luna llena.
Es preciso comer
fruta verde y helada.
Cuando sale la luna
de cien rostros iguales,
la moneda de plata
solloza en el bolsillo”

 

El escritor Jordi Planes Rovira nos trae una de esas bellas y necesarias historias de amor, superación y coraje: “Lo que la luna esconde”, primera novela de Jordi Planes – publicada por Quarentena Ediciones y que he tenido el inmenso honor, placer y orgullo de editar-, y en la que aborda de manera magistral quiénes somos, qué queremos, qué amamos, qué nos conviene y qué debemos rechazar, en un mundo de vanidades y traiciones.

Pronto, muy pronto, en todas las librerías, “Lo que la luna esconde”.

Y yo que pensaba que lo sabía todo y ahora sé que apenas sé nada. Dicho y escrito desde el corazón, porque no sabemos -ni queremos- decirlo y escribirlo de otra manera.

 

 
 

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Que el futuro nos pille siendo niños

El viejo de la imprenta me explicó en una ocasión una curiosa historia de alguien que hacía 20 años que tenía quince años. Vendía bombillas. Parecía que cada vez que probaba una bombilla se iluminara la vida.

– ¿Tú crees que vendía bombillas? – preguntó, retórico el viejo-. En realidad lo que la gente iba a buscar eran ideas, ilusiones, -aclaró enfatizando sus palabras con un repiqueteo de su bastón sobre el desigual suelo de la imprenta-.

El viejo sabía como aquel eterno niño vendedor de bombillas que no todos soirven para darse cuenta de lo que tienen entre manos. Aquella tienda se convirtió en la escuela a la que nunca fuimos, a la que nunca iremos. Y la ciudad recibió el nombre de “la villa que nunca duerme”.

En los momentos más difíciles, cuando ni siquiera quedaban quinqués ni lámparas de aceite, ni siquiera velas ni linternas, encendían una bombilla y todo parecía más fácil, como un niño.

Es una verdadera pena que no recordemos cómo empezamos a andar. La sensación de los primeros pasos, tras el gateo, como tanteando el mundo por el que luego deambularemos años y años. Mezcla de preocupación y diversión. Nos desplazábamos por abismos que sólo existían en nuestra cabeza. Buscando lugares seguros, asideros sin precipicios, y la mirada de la madre, que nos animaba a soltarnos, a arriesgar. Y lo hacíamos, como diciendo “aquí estoy yo y me voy a comer el mundo”. Más tarde, te conformas con que el mundo no te coma a ti. Echas la vista atrás y llamas al niño que siempre está ahí, siempre estará ahí…

Que el futuro nos pille siendo niños, un bello relato de la periodista de Badalona Mercè Roura. Con música, desde El Café Romantic…

 

Cuando era niña las horas eran eternas. Sesenta minutos sentada ojeando un libro, fijándome en las comisuras de sus páginas, pasando los ojos por sus dibujos, siguiendo con las pupilas las letras… eludiendo pensamientos… eran una vida. Mis ojos lo escrutaban todo. Las formas caprichosas de las baldosas en el patio, la incandescencia de las bombillas, el reverso de las hojas de los árboles, los dibujos que formaban las nubes… todos los tenues quejidos que de noche se oían en casa. Lo pequeño era grande, enorme… digno de ser analizado hasta saciar la curiosidad. Y lo mejor, siempre parecía nuevo, sorprendente.

Cuando era niña notaba el calor del abrigo y el frío del helado. Los percibía intensamente con toda mi escasa materia, me calaban por dentro, me reseguían las esquinas… cada pequeña sensación era un tesoro, una experiencia capaz de transformar mi esencia, de mutarme, de hacerme más alta, más lista… más curiosa. Y siempre tenía espacio en mi dermis para una sensación más, un pedazo de vida nuevo… un camino distinto. Todo era gigante pero cabía en una caja diminuta.

Cuando era niña me bastaba con levantar la vista y buscar a mi madre y saber que era mi casa. Un par de besos eran una escuela, un palacio, un planeta. Mi cabeza sobrevolaba montañas y desiertos desde un sofá, mi pensamiento era de chicle, mis manos tenían magia para cambiar el mundo. Cuando era niña era de goma y de sueño, de pedazo de selva y de barco en el mar. Vivía en un castillo y era capaz de zamparme cualquier cosa que pudiera imaginar… y lo imaginaba todo y todo me cabía entre las manos.

Cuando eres niño todo es nuevo, eterno, intenso. Todo supone un pequeño reto, todo es asumible… todo se puede recortar y pegar. Y los esfuerzos tienen grandes recompensas…

Y maduramos o eso creemos. Aunque a veces, lo que hacemos es crecer por fuera; ponernos corbata o tacón alto, dejar el castillo, seguir un camino predeterminado. Nos ponemos rígidos como un palo y forzamos la sonrisa… porque no entendemos nada. El ejercicio de ser adultos debería suponer poder guardar esa capacidad de verlo todo cada día como si tu mirada fuera virgen… pero almacenar una conciencia sabia. Descubrir que no somos el ombligo del mundo y volver a mirar el reverso de las hojas…recuperar el juego.

Saber que no todo va ser como deseamos… pero que quizá pueda ser mejor. Recordar que no todo se ve y se toca, que no todo se alcanza con la mano pero que está a tiro de pensamiento. Y que cuando toca lluvia, hay que mojarse.

Que el próximo minuto nos encuentre un poco vírgenes… que el futuro nos pille siendo niños.

 

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Amalgama

El pasado no ha muerto, dice Faulkner, “ni siquiera ha pasado”. Hay veces en que vuelve el pasado, acude el futuro y se encuentran en el presente. Otras en que el tiempo no importa porque se ha desarticulado; porque todo, presente, pasado y futuro, está ocurriendo o siendo a la vez. Tú debes elegir porque las más de las veces el futuro nos tortura, el pasado nos encadena y he aquí porqué se nos escapa el presente.

Una preciosa reflexión de Olga Prieto (Baix Llobregat, Barcelona) acerca del país de Serendip, un mundo de complejas emociones, de emociones del pasado y mañana, ya veremos. Música: sólo una mujer, sólo un país, sólo un recuerdo, ¡todo!.

El tramo de vida que caminamos hacia delante _se hace camino al andar_ arrastra experiencias pasadas_el pasado no ha muerto, nunca lo hace_y en la conjugación de éstas con las nuevas_fui lo que eres, serás lo que soy_resurge el presente vivido, confundiéndose con un pasado ya fundido en un presente futuro_dejadme que siga con mis recuerdos, pues de ellos vivo, lo cual es lo mismo que vivir de esperanza, ya que quien no tiene  pasado carece de futuro, y quien no ha hecho nada, no puede saber lo que va a hacer_ Amalgama de vivencias vividas expectante y anhelante de satisfacer deseos y ilusiones ansiadas.

 

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Ahora, casi un milagro

Bryan Tracy dijo un día, “tienes dentro de ti, ahora, todo lo necesario para hacer frente a lo que el mundo te envíe”. Es bonito, e incluso necesario, recordar el pasado. Nos dice de dónde venimos, quiénes somos, adónde vamos. Pero centrémonos en el presente para poder tener recuerdos en el futuro. Y prefiero aferrarme al presente porque, pese a todo, es un regalo. ¡ Mañana, ya veremos !.

Un relato de Jordi Planes Rovira, de Vilassar de Mar (Barcelona). Pensamientos de su libro “Crea tu vida”, siempre escuchando, pensando, hablando…

 

Si vives plenamente en el “ahora”, verás en cada detalle un milagro, y en cada milagro una señal. La vida está llena de magia, incluso en los “malos” momentos podemos encontrar “casualidades” afortunadas.

Namaste.

 

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Una bonita historia de amor

Busco rostros humanos entre la multitud, calidez en la sonrisa, un gesto de solidaridad en el barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo. Vuelvo sobre mis pasos. Pasado y futuro parecen fundirse en un presente donde las emociones forman parte del pasado y quizás del futuro, pero hoy sólo son frustraciones, la mayor parte de las veces. ¿Cuál es la razón de mi existencia?. ¿El tren que perdí?. ¿El tren que vendrá?. En ocasiones pienso que la única razón de nuestra existencia es la piel de la planta de los pies, que no debemos descuidar nunca, siempre en difícil equilibrio, siempre temblando, como un eterno funámbulo sobre alambre demasiado y perpetuamente tenso.

No quiero ser la estación término sino un andén desde el cual emprender un nuevo viaje. Recuerdo que de la mano de mi abuelo, un sabio analfabeto siempre postrado en su sillita de mimbre tejiendo nidos de pájaros, conocí la primera estación. Cada tarde de verano, cuando el verano aún era verano, nos sentábamos en la sala de espera. Veíamos pasar los trenes locales y los que se detenían para cargar las sacas del correo o las encomiendas. El reloj de la sala siempre llamaba mi atención: una aguja larga, una corta y una delgada que no cesaba de andar. Aprendí el funcionamiento y volvía a casa con el nuevo conocimiento, como si fuera algo maravilloso. Para mí lo era. Ya no tenía que preguntar.

Cada visita a la estación era una fiesta. Los horarios de los trenes me cautivaron. ¿Cómo sabían que debían llegar, quién les avisaba?  Los veía con vida propia. También aprendí que no era así. Que había muchas señales, muchas personas, muchos contratiempos. La sala amarilla, como la llamábamos, servía de aula. Y recuerdo también que el abuelo llegaba algunas tardes con la merienda caliente. La casa no estaba cerca de la estación, pero él, con su asma a cuestas, llegaba con su mejor sonrisa y una pequeña canasta con el termo, algunas galletitas y casi siempre con un buen trozo de pastel de manzanas, tibio. Siempre me prometí que le llevaría un poco de luz al abuelo para sus ratos en la sillita de mimbre. Alguna vez, solo alguna vez, lo cumplí. Ahora me arrepiento.

Los trenes indiferentes a mis inquietudes pasaban siempre con el mismo rumbo. Hacia la derecha, al interior del país. Hacia la izquierda, a la capital. Arriba, abajo, delante, atrás, la hora, los horarios, invierno, verano, luz y sombra. Ya estaba al tanto de todo. Crecí y ya entonces ya pude ir solo a ver los trenes. Fue cuando la sonrisa y los ojos claros dieron la bienvenida al mundo de los adultos. Tenía nueve años y toda la energía del mundo, creo. El abuelo se fue cinco años después. El andén me esperaba todas las mañanas. Subía al tren, y luego de ocho o nueve horas, otro tren me dejaba en el mismo lugar. Me quedaba en la sala de espera, sin esperar a nadie. Estar allí era recuperar un pedazo de mi infancia, un pedazo de mi familia.

Subo al tren. El tiempo se detiene y no importa porque se ha desarticulado; porque todo, presente,pasado y futuro, está ocurriendo o siendo a la vez. Puedo rozar incluso la textura del tiempo. La locomotora diésel arrastra cuatro vagones de época. El traqueteo de las viejas máquinas deviene un ameno acontecimiento que me devuelve nostalgia, sensaciones y perspectivas de tiempos lejanos. Anclo en la memoria un trayecto inolvidable y unos paisajes espléndidos. Es un lugar donde donde las aguas turquesas no han sido pintadas ni el cielo ha sido saturado de color… nada ha sido objeto del Photoshop. Los lagos agitan las aguas de la memoria. Hasta las piedras lloran. Toscamente talladas, vierten lágrimas acumuladas por la lluvia y la humedad ambiental.

Existe un recorrido nostálgico que te transporta en el tiempo y que resulta imprescindible para los amantes del ferrocarril y de la naturaleza en su estado más atractivo y excepcional. Se trata de un viaje inolvidable por las tierras de Lleida hasta llegar a los lagos del Pirineo. saliendo del Segriá, atravesando La Noguera y el Montsec y llegando al Pallars Jussá.

El tren regresa a hábitat natural con ocasión de la Semana Santa y vuelve a recorrer los viejos caminos de hierro. De abril a septiembre, de Lleida al Pallars Jussà, pasando por la Noguera y el Montsec, el convoy torna a sus orígenes cifrados en febrero de 1924.

La vía transcurre por la derecha del río Segre desde Lleida hasta Balaguer. Lo realiza por vía única en un itinerario llano hasta llegar a las primeras murallas montañosas de Sant Llorenç de Montgai y Camarassa, donde el tren ya forma parte de la cuenca del río Noguera Pallaresa que le acompañará, en medio de embalses y cordilleras montañosas como el Montsec, hasta la Pobla de Segur, donde habrá completado un total de 41 túneles y 31 puentes.

Más información, http://www.trendelsllacs.cat/

 

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El autobús de Serrano ( ¿ para qué sirve un recuerdo?)

Y como decía Unamuno, “dejadme que siga con mis recuerdos, pues de ellos vivo, lo cual es lo mismo que vivir de esperanza, ya que quien no tiene pasado carece de futuro, y quien no ha hecho nada, no puede saber lo que va a hacer. Mi esperanza es la resurrección de mis recuerdos”.”. Un sencillo pero muy emotivo y sentido relato acerca de para qué sirve un recuerdo de las manos de Maria del Carmen Escriñá, de Madrid.

 

Me acuerdo del autobús y no del número que bajaba por Serrano cuando yo iba al colegio.

Era mi segundo colegio antes de que me mandaran interna fuera de España. Un colegio que no parecía colegio después de haber estado en las Irlandesas. Un chalet precioso que parecía una casa, con poco terreno de recreo pero lo suficiente para poder jugar. Clases espaciosas, con pocos alumnos y casi una enseñanza personalizada. Una curiosidad, era mixto, pero como no tenían permiso entonces, por lo visto, los dos únicos chicos que habían caído despistados por ahí los escondían cuando había se ejecutaba alguna inspección. Creo que han debido quedar marcados para toda su vida.

El uniforme era coqueto: falda azul marina con rayitas blancas, blusa blanca y jersey azul marino, “blazer” azul marino también, y una espantosa boina de lana trenzada azul con el borde igual que la falda. Esa boina había que ponérsela para salir cuando nos íbamos y nadie quería ponérsela. Una profesora se plantaba en la puerta y nos obligaba a calocárnosla hasta las cejas.

Era un problema porque el autobús que tomábamos para bajar por Serrano hasta Diego de León recogía antes a los alumnos del Maravillas y luego a los del Ramiro de Maeztu y, por supuesto, nadie quería estar con la gorrita puesta ante tal escenario.

¡Que autobús más divertido! Desde que nos subíamos hasta que llegábamos a la parada de destino todo eran miraditas, sonrisitas, risas tontas, papelitos que te llegaban a las manos sin saber cómo ni dónde ni de quién; “eres un bombón que le falta el papel de plata” Cuando el autobús frenaba había que agarrarse con fuerza para no acabar sentada en las rodillas de uno de aquellos chicos con carteras y ojos curiosos.

Esperábamos la hora del autobús como el acontecimiento del día, y la gorrita, nada más salir, iba en la cartera arrugada y prensada.

Me imagino que el conductor terminó en un psiquiátrico por efecto de los gritos y carreritas por el pasillo del trasto. Alguno sacaba un bocadillo y repartía trocitos entre todos, otros más atrevidos, intentaban un pellizquito con poco éxito, pues quedaban marcados para siempre jamás.

 

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Como decían Faulkner y Unamuno…

Nos interrogamos sobre el presente y el futuro y pocas veces tenemos presente el pasado. Bien es cierto que, en muchos casos, el futuro nos tortura y el pasado nos encadena, y he ahí porqué se nos escapa el presente. Pero invirtamos la ecuación, en la que siempre existe una incógnita, que debe pertenecer al futuro, para que el pasado no sea pérdida sino suma. En ocasiones, como decía Faulkner, “el pasado no ha muerto, ni siquiera ha pasado”.

También lo dijo Miguel de Unamuno el 4 de junio de 1931 en el hotel Nacional de Madrid, una frase que pervive y siempre pervivirá en el tiempo: “Y ahora dejadme que siga con mis recuerdos, pues de ellos vivo, lo cual es lo mismo que vivir de esperanza, ya que quien no tiene pasado carece de futuro, y quien no ha hecho nada, no puede saber lo que va a hacer. Mi esperanza es la resurrección de mis recuerdos”.

Los recuerdos son uno de los legados más importantes del ser humano. Recordar y ser recordado es tan importante como la vida misma. Hoy persona, mañana recuerdo. Hoy recuerdo, ayer persona. Y cada cosa, en su sitio, porque no siempre estamos condenados a ser un triste violinista en un tejado.

Un relato breve (con música) de Dolors Guitart (Catalunya).

Quan mires enrera, t’adones que tot encaixa com les peces d’un trencaclosques. Cada cada moment ocupa el seu lloc, amb totes i cadascuna de les persones que varen formar part. Cada moment és únic, irrepetible, perquè nosaltres anem avançant, i cada moment és diferent de l’anterior. Som i no som els mateixos.

Cuando miras hacia atrás te das cuenta de que todo encaja, como las piezas de un rompecabezas. Cada momento ocupa su lugar, con todas y cada una de las personas que formaron parte. Cada momento es único, irrepetible, porque nosotros vamos avanzando, y cada momento es diferente del anterior. Somos y no somos los mismos. 

 

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La almazuela

Decía Einstein: “no pienso nunca en el futuro porque llega muy pronto”. No le faltaba razón a ese gran científico siempre con aspecto de viejo loco. La felicidad se hace de pequeños y reposados momentos, como de pequeños momentos está construida nuestra vida cuando la mimamos, la trabajamos y le damos el tiempo y el reposo suficientemente acompasados, sincronizados. Es como una almazuela, un patchwork que vamos tejiendo con fragmentos de distintas telas y texturas que habrá de cubrir nuestra vida cuando le rindamos cuentas. No es tarea sencilla.

Un breve relato con música, en forma de carta, de Goyo Martínez (Mollet del Vallès, Barcelona).

 

Carta a los que viven sin vivir y buscan una vida más dichosa aunque no saben exactamente en qué consiste;

Querido amigo, querida amiga, tú, ¿qué estás haciendo de tu vida?. ¿Por qué no vives únicamente lo importante?, Recuerda que es muy corta. Que la vida es corta lo sabemos todos, aunque preferimos olvidarlo para seguir viviendo. Pero, ¿qué es lo importante?.

Eso lo saben bien quienes han sobrevivido a un accidente, a una enfermedad, los solitarios, cuyas vidas son tristes, míseras, rutinarias, como Van Gogh, los que están expuestos a peligros constantes, los que por amor entregan su vida a los demás. Cuando les preguntas te dicen que lo importante tiene que ver con el afecto, el bien, los sentimientos buenos y profundos, los momentos, los pequeños momentos. Y te dicen que con la mitad se puede vivir el doble de feliz.

No es el tiempo el que pasa, somos nosotros, según lo vivimos. Todos tenemos una cita con el tiempo; no lleguemos nunca tarde, ni tampoco excesivamente pronto.

 

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El Quiosco / Abrazos que curan

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La ilusión es terapéutica

Un reportaje de Emilio Pérez de Rozas

El Periódico de Catalunya, enero de 2012

En cada imagen, una música

Messi, Guardiola o Abidal aligeran con su presencia la dureza del tratamiento oncológico en las unidades infantiles. Lo hacen a hurtadillas, como tantos voluntarios anónimos. Y funciona.

Soleimán Sumar, en diálisis peritoneal, miraembelesado las pompas que fabrica el Dr. Anestesio, del colectivo Pallapupas, en el Hospital Sant Joan de Déu. TINO SORIANO

Soleimán Sumar, en diálisis peritoneal, miraembelesado las pompas que fabrica el Dr. Anestesio, del colectivo Pallapupas, en el Hospital Sant Joan de Déu. TINO SORIANO

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Frente al discreto despacho del doctor José Sánchez de Toledo -director de la Unidad de Oncología, Hematología y Tumores Cerebrales en el Hospital Universitario Materno Infantil de Vall d’Hebron- hay un cartel enternecedor en el que se enumeran los derechos de los niños enfermos: a estar siempre acompañados por un familiar, a compartir estancia con otros niños hospitalizados, a jugar, a saber lo que les pasa, a continuar escolarizados, a no ser objeto de investigación, a ser tratados con respeto, a ser asistidos en el extranjero si es necesario, a estar protegidos, a recibir todas las atenciones y a no recibir tratamientos poco adecuados. Esos mismos 10 mandamientos también figuran en un calendario que hay sobre la mesa del luminoso despacho de Maria Josep Planas, directora de Planificación y Calidad de Sant Joan de Déu.

No es casualidad. Nada lo es en ambos centros, considerados de lo mejorcito de España, de Europa y del mundo a la hora de intentar sanar a niños de todas las edades y dolencias. Hospitales en los que los trabajadores, a quienes les están apretando las clavijas en las cuestiones salariales, bendicen que las dotaciones públicas permanezcan intactas, al igual que las ayudas que reciben del exterior. Pues en ambos centros han creado un 11º derecho: el derecho a ilusionarse. Porque la ilusión cura.

Cantar contra el espanto

¿Y cómo influye la ilusión en la curación? Nadie lo sabe. No se puede cuantificar. Pero influye. «No hay nada mejor que añadir al tratamiento optimismo y ganas de luchar. Todo suma. Malo no es; solo puede ser bueno. Necesitamos esa ayuda»,afirma Sánchez de Toledo, un sabio de la oncología.

Y la ilusión llega por todos lados. Nadie quiere contarla, nadie quiere fardar de ella. Pero está. Y sí, todos aseguran que sin ella los niños se curarían menos. O más lentamente. Peor. Desde luego, sonreirían poquísimo. Ilusión no es solo que Messi arrope a Soufian Boutinza, el niño de Manlleu que perdió las piernas.

O que Éric Abidal le regale su Rolex Daytona a un chaval que sufre su mismo cáncer. Ilusión es que el Màgic Andreu colapse la primera planta del infantil de Vall d’Hebron sacando pastillas de su chistera para que María, que se niega a ingerirlas, se las zampe. O que el colectivo Pallapupas, los payasos de Sant Joan de Déu, hagan que Pere salte de alegría en lugar de gritar al ser pinchado en el culete.

Ilusión también es que se requiera la presencia de los músicos en la habitación 14 porque el mal ambiente entre la familia presagia la desesperación de un niño enfermo. «Entrar y no parar de cantar hasta que toda la familia cante unida, venga». Y eso que sería una misión imposible para cualquiera, acaba convirtiendo la planta en el festival de Eurovisión. Fijo. Ha ocurrido. Yo lo vi.

Ilusión es todo lo que puede contribuir a que un hospital deje de ser un lugar con miedo; la habitación, una celda, y el niño, un enfermo. Y para lograr que familia, juegos y tratamiento tengan éxito, se necesita ilusión. Y es ahí donde todo vale. Y donde nadie ahorra, de momento, esfuerzos, voluntades ni dinero. Y cuando Sánchez de Toledo y Planas dicen que vale todo, es que vale todo. Empezando por los payasos, los músicos, los magos, los maestros, los 262 voluntarios de Sant Joan de Déu («no hay cumpleaños, carnavales, Sant Jordi o lo que sea que suceda en la ciudad que no ocurra también aquí», dice Planas) e, incluso, los perros que cada día entran en el recinto para arrancar sonrisas a cientos. «Menudos son esos perros, ¡hacen maravillas!». Ya ven, última moda: perros que pinchan. O ayudan a pinchar. Que curan, fijo.

Y donde no lleguen payasos, músicos, voluntarios y perros, están el Barça, el Espanyol o las fundaciones Ànima, Ilusiones, Make a Wish o Pequeño Deseo, creadas para ayudar a que los hospitales puedan cumplir sus promesas, con las que generan sonrisas y premian, a su manera, esfuerzos. Todos en Vall d’Hebron y Sant Joan de Déu hablan maravillas de los clubs de fútbol de Barcelona, de sus estrellas, de todos los deportistas. Y ellos, los deportistas, mudos. No cuentan. No quieren explicar lo que hacen. No lo necesitan. Puede que por temor al efecto llamada. Pero, sobre todo, porque consideran que esa, la de magos de la ilusión, es una parcela privada.

«Cuando a veces oigo -y no suelo reparar mucho en esas tertulias- cómo hablan algunos de Messi, pienso qué injusta es la gente o, simplemente, qué fácil es hablar de alguien al que no conoces», relata Sánchez de Toledo. «Decir que solo come, duerme, se entrena y juega… ¡Qué barbaridad! Yo he visto a Messi encerrado horas en esta habitación de atrás, con un niño enfermo. Y volver al día siguiente. Y al otro día. Y no saberlo nadie. Ignoro si iba o no a entrenarse, pero aquí sí venía, sí ».

El doctor cuenta la historia de Sergio González, ingresado en una cámara de aislamiento. En una de las visitas navideñas, Messi entró a saludarlo. El chaval empezó a llorar y el astro intentó calmarlo y le prometió volver al cabo de un rato (lo que tiene mérito, ya que para acceder a esas cámaras hay que cambiarse de ropa). No solo cumplió, sino que le animó a ir al Camp Nou cuando se curara. «Nos veremos allí», le dijo. Y se vieron. Y Messi marcó.

«Niños, sí, niños, no hay palabra más maravillosa que esa», explica Sánchez de Toledo. «Cuando un niño enferma, están enfermos él y toda su familia; de forma que hay que tratar de forma coordinada y completa ambos problemas». Es lo que Planas denomina, utilizando una definición norteamericana, «el modelo de atención centrado en la familia», que consiste en «poner remedio al descalabro que supone para todos los miembros de una familia que uno de sus niños enferme».

En ese micromundo hay cientos de profesionales que se parten el alma por complacer al niño, por tratar de hacer lo más llevadero posible ese mal trago que a veces, por desgracia, es definitivo, aunque, como explica Sánchez de Toledo, casi todos acaban curándose. Es un mundo en el que interactúan las emociones y la ciencia, pero donde la parte humana es fundamental. ¿Dónde está el secreto? «Para los niños -explica este mago oncólogo- la calidad de vida se basa en la familia, los amigos, la escuela y el juego. Eso, ya sé que no es poco, es lo que necesita».

Por tanto, todo se organiza para que la familia esté a su lado, para que el niño pueda mantener relaciones con sus amigos, para que siga escolarizado –«o se le mantenga despierto intelectualmente»– y participe en los juegos. «Parece una obviedad -relata Planas-, pero todo parte del hecho de que el niño no es un adulto. El adulto entiende lo que le está pasando, puede organizarse. El niño enferma y su mundo, más o menos ideal, salta por los aires. Y llega el caos, el miedo a lo desconocido». Y es ahí donde aparecen tres herramientas vitales no solo para lograr que el niño sane, sino para que sus padres se sientan respaldados y se mantengan unidos (cosa nada fácil): familia, juego e ilusión.

Cambio de enfoque

Planas recuerda que, no hace tanto tiempo, la familia llevaba al niño al hospital y casi lo entregaba en adopción. Desconocía sus derechos. O creía que se limitaban a recibir información puntual de cómo iba el tratamiento. Estos dos hospitales pioneros han roto con ese esquema. La familia no se separa ni un segundo del niño, porque tiene derecho a ello. «Su contribución a la curación es vital», insiste Sánchez de Toledo. «Y ha supuesto un cambio en la mentalidad de los profesionales de la sanidad y, también, sí, en las administraciones, ya que el hecho de que la familia esté en el hospital requiere más espacio y más recursos. Antes teníamos suficiente con las habitaciones y los quirófanos. Ahora los tenemos a ellos y hay que atenderlos».

Hay familias que se descalabran, no solo emocionalmente sino también económicamente, ya que uno de los padres deja de trabajar. «Luego las cosas tienden a recomponerse, es verdad, pero al principio se rompe todo», explica Planas. «Cuando otorgas a la familia el papel que merece, responden. Todo el mundo se involucra. Los abuelos vuelven a sentirse útiles, los hermanos arriman el hombro, el tío se desvive, hasta los vecinos hacen lo imposible por ayudar, por ayudarnos».

Puede que sea eso lo que haga contar a Sánchez de Toledo ¿puro hielo pero con un corazón que no cabe en Vall d¿Hebron¿ que la vida cotidiana en esos centros se convierte en una auténtica montaña rusa donde se mezclan instantes de felicidad incalculable con ratos de desesperación extrema. Todos sabemos a lo que se refiere. Pero, para poder ayudar al niño y salvaguardar a la familia, necesitamos el juego. Es la clave para que los profesionales hagan bien su trabajo, porque lo primero que necesitan es conocer al niño, saber qué piensa, teme y espera de ellos. «Los niños muy pequeños solo tienen el juego como vía de expresión», dice Planas, que acaba de recibir en su despacho la visita de la psicóloga Núria Serrallonga. «Si un niño no puede jugar, no puede expresarse. A través del juego intuimos su personalidad y, sobre todo, adivinamos cómo enfocar el tratamiento. El juego nos permite ganarnos su confianza, y a la vez él, casi sin querer, nos descubre sus miedos y podemos tratarlos».

De pronto, Serrallonga saca de debajo de la mesa de cristal un pequeño muñeco de trapo. Blanco. Sin una mácula. Dan ganas de acariciarlo. Es su herramienta de trabajo, el instrumento que le permitirá ganarse al niño, explicarle lo que le van a hacer y, sobre todo, arrancarle una sonrisa, devolverle la ilusión. Pactar. La psicóloga ha estudiado en EEUU y dice que allí lo denominan child life, el complemento ideal para que médicos y enfermeras hagan el diagnóstico perfecto y, a continuación, puedan trabajar esquivando los miedos del niño. En su especialidad, está sola en Sant Joan de Déu (cualquier centro similar en EEUU contaría con 30 profesionales como ella). Pero no le importa Serrallonga sabe de niños.

«El miedo es libre y cada niño tiene su miedo. Primero hay que averiguar cuál es. Ellos pasan el día captando detalles y conversaciones, y pueden crear fantasías atemorizantes que debemos borrar de su mente. No quieren saberlo todo y nosotros no debemos contárselo todo. No les hace bien ni lo necesitan. Cuando quieren saber algo, lo preguntan. Son muy vivos», cuenta. Ese muñeco, cariñosamente fabricado por enfermos del hospital psiquiátrico de Sant Boi, es su mejor aliado. Serrallonga acabará operando al niño de trapo de lo mismo que operarán a su pequeño paciente. O no. En algunos casos será suficiente con pintarle una tirita. O con colocarle una gasa. O una vía en el brazo. La psicóloga dejará que lo pinten, que lo vistan, que le pongan nombre y, por supuesto, que duerma a su lado. Serrallonga es la sirenita del Sant Joan de Déu, mitad Supermán y mitad Harry Potter.

El muñeco aliado

A ella acuden todos cuando descubren que Jordi está oculto bajo las sábanas y no quiere salir de la cama; cuando Nieves teme un pinchazo, incluso cuando la familia ha empezado a discutir en la habitación. Y le pone remedio a casi todo. Siempre con el muñeco bajo el brazo. Muñeco que casi acaba haciendo pipí para poder explicarle a Carles que tiene que beber mucha agua pues tiene un problema en las vías urinarias. «Pues tengo un primo que nunca bebe agua y hace mucho pipí», le suelta el niño. Y Serrallonga echa mano de todos sus recursos. «Pero tu primo ¿bebe Coca-Cola? ¿Come naranjas? ¿Le gustan las mandarinas? Sí, pues todo eso acaba siendo agua». Uuuuffff, salvada por la campana. Familia. Juegos. Ilusión. En el caos en que se ha convertido el despacho de Sánchez de Toledo hay una foto, insignificante, en la que el médico esboza su mejor sonrisa junto a Leo Messi. Sí, es la típica foto de aquí te pillo, aquí te mato. Fijo que Nieves, su secretaria, pensó que al doctor le haría ilusión tenerla. Vete a saber.

«No nos engañemos, nosotros nos desvivimos por curar, por sanar, pero es verdad que todo lo demás nos ayuda mucho, mucho ¿asegura¿. Hay un 80% de cánceres que se curan. Los tumores son sensibles a la quimio y la radioterapia. Tenemos antibióticos eficaces y contamos con ucis estupendas que nos ayudan cuando los tratamientos se complican. Y ahora tenemos los trasplantes de médula ósea con los que solucionar muchos problemas». Vall d¿Hebron es un ejemplo mundial en trasplante de médula ósea. Bien lo sabe Messi, cuya fundación no para de becar a médicos de Rosario (Argentina) para que vengan a Barcelona a aprender junto a Sánchez de Toledo.

Lorenzo, Gasol y Puyol

Las ilusiones tienen un millón de formas, pero las gentes de los hospitales viven con los oídos y los ojos muy abiertos. Quieren saber y conocer qué es lo que les haría más ilusión. Las estancias en la uci, por ejemplo, son durísimas. Serrallonga trata de que centren su atención en algo diferente, no importa que sea fantasía. Eso también funciona.

«Yo suelo decirles: `Mira, ahora que estás aquí, con tantas luces y cables, piensa en algo que te haría muuuuuuucha ilusión y vale todo». Y es ahí, en ese «vale todo», donde aparece Messi. O como el otro día en Sant Joan de Déu, que piden a El Pescao, David Otero, primo de Dani Martín, de El Canto del Loco. Y aparece. Y las niñas gritan. Y se lía. Pero se lía de verdad. Como con Puyol, De la Peña, Etoo ¿vaya otro haciendo visitas¿ o Laudrup, o Jorge Lorenzo, o Marc Márquez, o los Gasol, que tienen hasta su rincón en Sant Joan de Déu; o Xavi Hernández, Kameni, los veteranos del básquet. Cuando le preguntas al doctor milagro de Vall d’Hebron si los deportistas de élite son conscientes del bien que pueden hacer, Sánchez de Toledo lanza un rotundo y prolongado «sííííííí». Y Planas añade: «Por supuesto que lo son, pero son muy jóvenes y, a menudo, hay que dejar que ellos mismos quieran involucrarse en los proyectos». Eso sí, en cuanto los necesitan para una urgencia, los llaman y acuden.

«Tenga en cuenta –añade el oncólogo catalán- que esto no siempre es fácil de soportar. Aquí la vida es más dura que en el exterior. Yo he tenido que reanimar a un fornido goleador azulgrana, pichichi, rey del campo, capaz de pisar a un árbitro, porque se desmayó al ver al niño que vino a visitar». ¿Habla de Hristo Stoichkov, no? Sería él, sí. Marina San Martín, directora de la Fundació Ànima, pelea, al igual que sus colegas de Ilusiones, Make a Wish o Pequeño Deseo, por hacer realidad las fantasías de los niños. «Vale todo y no hay que pensar en grandes cosas», relata San Martín. «Llevarlos al Aquàrium puede ser tan efectivo como que aparezca Messi. Además, lo que procuramos es vincular un espacio, una actividad, a un famoso, aunque no siempre se puede conseguir porque las agendas de esos muchachos son una locura». Y Pau Negre, vinculado a la Fundación Messi añade: «Desde que trabajo aquí tengo un máster en decir que no. Es doloroso, pero se sorprendería de las peticiones que nos llegan de todos los rincones del mundo, de gente convencida de que si su hijo ve a Leo, se curará».

Héroes modernos Sánchez de Toledo los llama «héroes modernos». «Todos están dispuestos a devolver a la sociedad buena parte del cariño que reciben ¿explica Planas¿ aunque, a veces, les notas impactados ante lo que están viendo. Ni que decir tiene que suelen provocar mayor felicidad en los padres, pero eso también está bien que ocurra».

«Sin embargo -concluye-, no podemos convertir cada día en el día de los Reyes Magos, no hay que banalizar los grandes momentos. Por supuesto que desearía que el Barça viniese cada mes al hospital, pero prefiero que venga cada Navidad o que, cuando necesite a alguien, acuda. No quiero que tengan la sensación de que pedir un deseo es chasquear los dedos y que aparezca».

El premio es el reto que se plantea al niño para que haga un esfuerzo. No hace mucho, un crío consumía sus últimos días en una de las uci de Sant Joan de Déu. Su padre se acercó a Núria Serrallonga y lamentó, con la boca pequeña, que acabase sus días sin conocer a Pep Guardiola, su ídolo. Núria no recordó haberle oído al padre expresar semejante deseo cuando plantearon la situación de su hijo.

«Eso no es un deseo, es un imposible», dicen que le dijo el padre. La psicóloga voló al despacho de Planas, que llamó al Barça y a los 14 minutos ¿¡14 minutos!¿, Guardiola estaba ahí. «Entró por la puerta trasera, estuvo con el niño tanto tiempo como quisieron y se fue. Con el corazón en un puño, pero feliz por haber podido acudir a nuestra llamada». En el mundo de la ilusión, no hay imposibles. Y menos tratándose de Guardiola.

 

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