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UN MERCADO DE OCASIÓN Y MILES DE MUNDOS EN LA ENTREPIERNA DE UNA MUJER

Plaza de Catalunya, esquina Portal del Ángel. Barcelona (aunque podría haber ocurrido en cualquier punto de este sorprendente país).

El mundo al revés, o yo boca abajo. Se ha instalado un nuevo mercado de trastos y otras cosas de ocasión. Una parada promete zapatos para todos. Otra, ofrece mosaicos y vidrieras. Hay un vitral de la Virgen adorando al niño junto a otro más llamativo de Homer Simpson y su hijo Bart. La caseta contigua ofrece zuecos, de todos los colores y formas posibles, todos supuestamente artesanos. Los hay del Barça, del Madrid y del Milán; también descuellan unos zuecos con la imagen del Cristo de Dalí, otros con la Sagrada Familia totalmente construida… No sé si rezar, escupir, maldecir, enamorarme o comer un sándwich…  No sé, la cuestión es sentir algo en el estómago y en el alma que distraigan mi rabiosa mirada y mi colérico pensamiento.

Un universo de romanticismo industrial, hojalata, óxido, obras de diversa y dudosa factura y texturas de todo tipo se abre ante mí, de improviso. Sigo buscando entre miles de objetos, unos más que otros absurdos. Es una experiencia cuasi surrealista que no tenía anotada en mi agenda. Veo cosas nuevas y viejas, lindas y feas, horrorosamente feas. Una señora me ofrece una cartera, o unas gafas, o un juego de pañuelos, o unos calcetines, o unos calzoncillos… tiene de todo y lo que no tiene, promete conseguirlo en un pispás. 

Ahora que recuerdo, necesito un adaptador para enchufar el cargador de mi ordenador. Lo encuentro. Ojeo el producto. Parece original, nuevo. ¡Maldita sea!, “made in Taiwan”. El vendedor me atiende con un evidente ánimo comercial, no exento de un punto de ironía.

            – Este adaptador es universal, te va a funcionar con todo!.

Y le replico:- ¿Me adaptaré al mundo sólo con esto? El vendedor asiente. Creo que me convencería de que tiene un teléfono para hablar con Dios y lograría vendérmelo con tal de ganar unos euros. ¡Vaya con el pequeño trasto, lo que es capaz de lograr!, pienso. Pago entre sonrisas y sigo paseando por el bizarro mundo que allí se ha montado. 

En una parada, una mujer de personalidad y físico estirados, de unos cincuenta años,  emperifollada y emperejilada con sus mejores oropeles, como si fuera a misa de domingo, ojea una mano de cerámica azul para guardar sus anillos, luego un cenicero en forma de cangrejo para las colillas de los cigarrillos que, posiblemente, no fuma, y más tarde un espejo de estilo mejicano para peinar sus cabellos entre lilas y canosos. La vendedora, muy salerosa ella, le intenta colocar también una copa de cristal presuntamente de Bohemia y un vestido de noche con un toque de ola francesa de Cristiano Di-Or. También le podría ofrecer un sofá azul turquesa para sus siestas, una butaca aterciopelada para sus lecturas, una silla Emmanuelle para sus momentos más sensuales, una olla rota, quizás para que no cocine más sus recetas de compota y sirva de adorno en su alacena de su horriblemente decorado comedor de estilo modernista. De la parada también cuelga una cabeza de asno, quizás para alejar los espantos. 

A su lado, en otra parada de venta de camisetas xerografiadas, me llama la atención una joven de piel pálida mal disimulada con al menos siete capas de maquillaje, quizás para que no le queme el sol, pelo teñido hasta la confusión y etiópicamente anoréxica. Más que la chica lo que me llama la atención es su camiseta, de un amarillo limón con un lema en grandes letras negras que vende: “las putas insistimos que los políticos no son hijos nuestros”.

Le pregunto si tiene camisetas con lemas como «Yo odio a Belén Esteban» o «Yo también quiero ser el juez Garzón». No, no tiene. Me ofrece, en cambio, otras con mensajes más o menos originales, más o menos acertados, algunos grouchonianos, siempre reivindicativos: «La esclavitud no se abolió; se cambió a 8 horas diarias». «Vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos». «No te tomes la vida en serio; no saldrás vivo de ella». «El alcohol y la maría producen amnesia y otras cosas que no recuerdo». «Hay un mundo mejor, pero es carísimo». «Tengo el cerebro comunicado con el culo. Cada vez que pienso la cago». «Soy vegetariana por eso fumo marihuana». «Mi libertad es infinita y la libertad de los otros comienza donde acaba la mía».«Bienaventurados los borrachos, porque verán a Dios dos veces…». Las tiene en rojo con letras blancas, en blanco con letras rojas, en negro con letras anaranjadas, en naranja con letras negras y una A circulada… todas a diez euros la pieza.

Su causa –me cuenta-, la anarquía, total y absoluta. Me intenta colocar una de sus camisetas mientras tararea una canción que habla de un mundo donde hay caras extrañas, de una belleza un poco despojada, de pieles de ébano de padres indígenas y ojos esmeralda.

Con un acento salpicado de italiano, español y lenguaje 0kupa, me dice que todo es una porquería y que si compra una de sus camisetas, a diez euros la pieza, el mundo será menos puerco y estaré comprando un pedazo de anarquía.

Me marcho a la francesa. « ¡Otro día será, guapa!». «¡Vaffanculo!», murmura. « ¡Ya estoy jodido!», replico.

Encuentro por fin la parada que buscaba. El mundo al revés, o yo boca abajo. Vas tú o voy yo, le digo a mi sombra. ¡Uno de los dos podía ahorrárselo!, contesta. Una caterva de mujeres de distintos aspectos y edades atesta la parada. Están como locas revolviendo ropa. El desconcierto crece y adensa, como un carnaval de pasiones desatadas. Dos muchachitas quinceañeras se sonríen. Al parecer, han encontrado lo que buscaba. Una le muestra una sonrisa de conejo, mostrando tímidamente los incisivos. La otra le responde con una sonrisa de perro, poniendo al descubierto los caninos. Una tercera se las mira y patalea de una manera muy cómica al no encontrar lo que busca. Tras la parada, una mujer oronda y dicharachera pregona con berreos sus ofertas. «¡Reina!, es tela de la buena, del mismísimo Domínguez!», grita a una mujer con un top en las manos y que no acaba de decidirse. La potencial compradora le replica que va de farol. La vendedora le dice ¿quién, yo?. Se entabla entre ambas la misma conversación que tendrían un cangrejo y un alacrán. «¡Digo yo!.  ¡Digo sí!.  ¡Digo no!. Digo ¡Ah!». No acaban de ponerse de acuerdo. 

Todas las mujeres allí apostadas son como pequeñas hormigas de brea. Se mueven de arriba abajo, de izquierda a derecha como si fueran a ahogarse en una gota de agua. Nerviosas, con prisas, estorbándose las unas a las otras para llegar primero a ninguna parte. Hormigas obreras, una ínfima parte de la ínfima parte, que se creen parte entera. Sin rumbo y sin fin, perdiendo el sentido común de la existencia, abrazando el sentido individual de la disconformidad. Hormigas sin hormiguero, sin propósito cierto y sin reina.

Yo, solo con mi soledad, frente a ellas, locas de atas,  me siento como un extraño en un cuento de lobos, bandoleros y contrabandistas. Quizás deba comprar un manual de cómo encajar en la ciudad. Sospecho que me he vuelto cómodamente insensible, un año más, un año menos, a mitad de camino de casi todo, como un San Bernardo, que se lo traga todo mientras la estupidez se reproduce como las hormigas y un montón de chorizos, hijos e hijas de una sociedad chopped, pregonan ofertas de cantamañanas.

Entre sus locas e inquietas cabecitas emerge un cartel que, por lo visto, sólo llama mi atención. ¡Me siento un bicho raro!: «por la compra de tres bragas, regalamos un libro», reza el anuncio.

«¡Que caigan rayos, truenos y centellas!». Observo con el rostro cuarteado, la mente escindida, la palabra acartonada, el pensamiento coagulado. Azorín, Machado, Unamuno, Lorca, García Márquez, Cela, Gala, Marsé… ¡por Dios!, Borges, Neruda, Whitman, Dickens… por unas bragas. No puedo, ni quiero imaginar, en la entrepierna de una mujer todos los campos de Castilla, toda la crónica de una muerte anunciada, ni todas las putas tristes, ni toda la casa de Bernarda Alba, ni todo el manuscrito carmesí, ni los veinte poemas de amor y una canción desesperada, ni a Pascual Duarte y toda su familia, o a  Oliver Twist, a Pepe Carvalho, o al Pijoaparte… Miles de mundos en unas bragas».

Agoto todas las posibilidades de experimentar los cientos de estados de ánimo que podía manifestar y luego quiero romper a llorar. Solo parezco un hombre desesperado y el resto, un cuento chino. Siento que doy asco. Dios me desafía, me llama estúpido y debo responderle. Entrego la crónica y me voy a la francesa. Hoy como ayer, mañana, posiblemente, como hoy.

Fragmento de “La Biblia 2.0. Tomando un gin tonic con Dios”

Con música, con mucho gusto. Phill Collins – One More Night

 

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PAN DE CENTENO

El viejo de la imprenta y yo regresamos a Alcalá. Teniamos asuntos pendientes allí que no podían aguardar. Vimos nacer a Cervantes; a los Grifos, pintando sus murales, y a los jóvenes Hyppolytus, estudiando. También salvamos de su martirio a los Santos Niños e invitamos a judíos, cristianos y musulmanes a estrechar sus manos.

Rechazamos a reyes, príncipes, infantes y a los poderosos arzobispos porque la ciudad es su gente, sencilla y humilde, agrícola y comercial, y compartimos aula con Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Fray Luis de León y San Ignacio de Loyola.

Luego de monumental ajetreo, antes que anocheciese, dimos con el mesón que se encuentra camino de la casa situada a los pies de la puerta de Santiago que durante siglos se ha alquilado, también para nosotros, como si fuéramos los alumnos aventajados del Buscón.

Fue allí donde encontramos la quintaesencia de Alcalá, de la región, del país, del mundo. Era una fémina entrada en años, los mejores años, que conservaba a la niña que fue, a la adolescente que le siguió, a la mujer en que se convirtió y a la adorable viejecita que un día sería. Sencillamente hermosa, rotundamente atenta y culta.

La vimos amasar el pan desnuda de accidentes y fantasmas, amorosa, recibiendo el silbo delgado, deleite del oído del alma que llegaba hasta la boca de su cueva y mostraba sus secretos más ocultos de los que nunca se le había dejado hablar.

Decía la mujer que la habían bautizado nueve golondrinas, en reflejos de colores. Dimos fe de ello. Era hija de una tierra heredada y recordada para escapar de otras vidas pasadas con un disfraz novicio de camelia y la clara conciencia de los peces.

Era la suya una de aquellas historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido; una historia en la que sus protagonistas se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen, siguen adelante porque aún hay por lo que luchar.

Nos mostró cómo amasaba el pan sin enfado, porque enfadarse con la masa era de tontos. Era pan de centeno, moreno como ella; consistente y resistente, como ella, y puro, como ella.

¡ Nada bueno promete ese pan!, susurré al oído al viejo. “Dale su tiempo”, me replicó él.

La mujer dejó que aquella masa, seca y dura, resistente y peleona, inflexible incluso, fermentara sóla, esquinada. Pese a su tozudez, se esponjó sin que la masa madre perdiera la fuerza de convicción de quien la amasó. No hizo falta una palabra más alta que otra. De tanto en cuando, la hija de las nueve golondrinas le susurraba palabras de amor para convencerle de que no era sólo un pan. Era mucho más que eso. Alimento del alma y del espíritu.

Tras un ligero revolcón en piñones, mujer y pan pidieron unos minutos de silencio para pensar en sus cosas. Luego de ese necesario tiempo de ensimismamiento, se sonrieron.Y entre sonrisas, todas sinceras, la mujer nos ofreció el pan sin ofrecer resistencia al corte para mostrarnos su alma, agujereada, pura.

Siempre recordaremos que el pan que ella cocía era de centeno. Un pan más oscuro, quizás más amargo, pero un pan hulmilde, bello no por lo que contenía sino por lo que sugería, un pan para cualquier momento.

A Cristina Penalva, con todo el amor que soy capaz de imaginar, y la imaginación vuela sin fronteras.

Imagen con música: Hans Zimmer – Chevaliers de Sangreal

 

 

 

 

 

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LA VERDAD TIENE TELARAÑAS EN LOS PIES

– ¿ Son tiempos difíciles para los soñadores ?

Formular esa pregunta al viejo de la imprenta era como darle lumbre a un pirómano, o papel y lápiz a un poeta borracho, o explicarle todos mis pecados al cura de mi pueblo. Aún así, la hice.

Tengo sueños, sí. No me avergüenza decirlo. Si un día el viejo se enterase de que no tengo sueños, a buen seguro me diría que nunca seré una hortaliza porque incluso las alcachofas tienen corazón. Y si hay corazón, hay sueños.

Recuerdo que un día le confesé apesadumbrado que estaba enamorado de alguien a quien no conocía, y además había fallecido.

– ¡ Idiota ! -me recriminó.

– Pero, si no la conozco. Nunca la conoceré – le respondí, con la misma cara de quien busca explicaciones a un imposible.

– ¡ Claro que la conoces ! Desde siempre, en tus sueños.- Seguí sin conocerla, pero desde entonces tuve el consuelo de mis sueños. Y en cuanto al hecho de que ya hubiera traspasado, nadie dijo que las relaciones son fáciles, me dijo.

– ¿ Son tiempos difíciles para los soñadores ? – insistí.

En ese momento, leyó las estrellas. Alguien, no sé quién, las puso ahí por algo, me dije. Posiblemente, el viejo sabía algo que yo desconocía acerca de las estrellas. Suspiró. Era su clásico suspiro preludio del cuento, y de la sentencia.

– ¡ Ay !, mi querido e ingenuo amigo.¿ Te he hablado alguna vez de Óscar ?

– ¿ Óscar ? ¿ Óscar, el cartero ?

– ¡ Quién sino !

Óscar era, es y será como Mario, el cartero de Skarméta. Un muchacho que se hizo hombre – aunque dicen que fue al revés- en un pueblo de pescadores peninsulares, donde el tiempo se mueve lentamente, tanto como en un gerundio. Como quiera que Óscar no podía dedicarse a lo que casi todos se dedicaban en el pueblo, pescar, por culpa de los mareos, decidió buscarse otro trabajo, para disgusto de sus padres, familiares, conocidos, amigos, y también enemigos. Y fue así como consiguió trabajo como cartero, repartiendo el correo en bicicleta aunque no sólo a un cliente, sino a todo el pueblo.

– En cierta ocasión, teniendo cinco años, si no recuerdo mal, Óscar aprovechó que sus padres dormían para salir a la carretera, la única que había en el pueblo, con su cochecito de pedales – relató el viejo.

Cabe decir que aquella carretera, tal y como yo la recuerdo, no atravesaba el pueblo sino que lo circunvalaba, de manera que se situaba a unos tres kilómetros de las primeras casas del pueblo, en un lugar que aún había de ser hollado por la modernidad.

– ¿ Y que fué de Óscar ? – pregunté con la misma cara de inquietud y curiosidad que pondría un niño -de los antes- cuando escucha por primera vez el cuento de aquella pobre niña que vendía fósforos y se encontraba sola y descalza la última noche del año, dura y fría, en medio de la ciudad cubierta de nieve. ¿ Qué fue de la niña ? ¿ Qué fue de Óscar ?

El viejo alivio mi angustia, en cuanto a Óscar. Respecto de la niña que vendía cerillas, las dudas ya me las resolvió el señor Andersen.

– La policía y los vecinos del pueblo lo encontraron de madrugada, sentado junto a la carretera.

Cabe decir que el pueblo sólo tenía un policía, que ejercía más como mediador que como agente de la ley, pues los habitantes del pueblo solían resolver sus disputas y rencillas entre ellos. A veces lo hacían a sangre, aunque no se recuerda ningún muerto por este motivo. Cabe decir también los padres de Óscar y los vecinos llegaron a dar por muerto al niño cartero. Algunos incluso especularon con la posibilidad de que hubiera sido devorado por algún lobo, o incluso el oso, el único que había por la zona y de quien nunca se conoció ataque alguno a un ser humano. En este lugar, incluso el oso era más humano que algunos que se decían humanos.

– ¿ Y qué hacía allí ?

– ¡ Mirando las estrellas !

No sé, porque no lo recuerdo muy bien, si aquel lugar en el que encontraron a Óscar era el mejor para ver las estrellas.

– Yo tampoco lo sé. Lo cierto es que Óscar había oído que aquel sitio sí que era el mejor para verlas, y soñar -, aclaró el viejo.

– ¡ Una historia preciosa, a pesar de todo !- exclamé. Fue la misma exclamación que manifesté cuando supe, gracias al señor Andersen, que la niña descalza y sola prendió, uno tras otro, los fósforos que nadie le había querido comprar en la maldita ciudad nevada. Y en aquel agradable calor imaginó hermosos lugares donde querría estar, hasta que vio caer una estrella, sinónimo de que un alma se elevaba al cielo, donde, según dicen, no hay hambre, ni frío, ni miedo. Y fue así como su abuelita, a la que tanto quería, vino a buscarla y juntas se fueron a los cielos.

– ¡ Pobres críos ! – grité inconscientemente, maravillado, tanto por Óscar, que seguía vivo, haciendo lo que más le gusta en el lugar que más le gusta, y por la niña de los fósforos que, por muy muerta que estuviese, estaba muy viva en ese lugar donde dicen que no hay hambre, frío ni miedo, junto a su abuela.

¿ Son tiempos difíciles para los soñadores ?, le pregunté para mis adentros. El viejo atendió mi pregunta, porque sabía que me la estaba haciendo. Siempre lo sabe.

– Los viejos sueños y los nuevos sueños eran buenos, serán buenos. No se realizaron, quizás no se realizarán, pero alégrate de tenerlos. Quizá el tiempo no ha cambiado nada, quizá no cambie nunca. Es posible que sigas refugiado en tu soledad, haciéndote preguntas idiotas sobre el mundo que se extiende ante tus ojos, y sobre la mujer que nunca conociste y nunca conocerás. En ese momento, acércate a la carretera a ver las estrellas y piensa en cuando eras niño, en que el tiempo nunca abaca de pasar, y piensa que has llegado sin darte cuenta, hasta aquí, ahora. ¿Son tiempos difíciles para soñar o de tu vida lo único que te queda cabe en una cajita oxidada ?

¡Gracias, querido viejo ! Yo, de mayor, quiero ser como tú, sin dejar de ser yo.

El Café Romantic tiene el placer de ofrecer nuevos y deliciosos versos de la magnífica poeta chilena Elen AranFouérè, acerca del tiempo, sus verdades y sueños.

Imagen con música: Letters to Juliet – You got me – Colbie Caillat 

·   

Hago a un lado
libros, esqueletos
pesan en la puerta,

una letra de aquel verso
ha quedado atrapada
en las rendijas del piso,

al antiguo almanaque
le volaron las hojas
tanta duda acumulada,

el presente me interroga
con sus ojos de serpiente
que incrusta en mi memoria,

me hago a un lado toda
vestida de azul sarcasmo
leyendo el vuelo de los pájaros.

 

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NECESITO UN BESO

Decía el señor De Musset, “El beso es el contacto de dos epidermis y la fusión de dos fantasías”.

El viejo de la imprenta ha partido, nuevamente. Es de culo inquieto. Anda trabajando en un sueño. Lo hace desde que se preguntó – y de eso hace ya muchísimos años- adónde van los besos que no damos, que guardamos. La pregunta que encierra ese sueño le ha llevado a Luarca. Dicen los luarqueses que es el pueblo más bonito de España. No sé si es el más bonito de todo el país, pero realmente sí que es hermoso. No me importaría vivir allí el resto de mis vidas. Por cierto, tengo siete vidas y aún me faltan tres y media por gastar.

Luarca, cuna de Severo Ochoa, Fernán Coronas, Nené Losada, Margarita Salas y Miguel -del mismo apellido que el nombre de la villa-, es un pueblecito enamorado del mar, el río y la montaña, situado a 92 kilómetros de la nada y del todo. Luarca no es sólo esa hilera de casas, ninguna reñida con la otra, y perfectamente alineadas frente al Cantábrico, el mar que todo lo puede. Es, también, sus quince parroquias establecidas entre dos ríos que lo delimitan por la costa, como trazados con tiralíneas, y que penetran hasta dos lugares de montañas que en su origen fueron sólo colinas y donde habitan los vaqueiros de alzada, grupo humano -según dicen- depositarios de una cultura y folklore ancestrales.

El viejo me ha escrito a propósito de Luarca y de Cambaral. Al abrir la carta, manuscrita por supuesto, me pregunté qué había de los besos.

“Mi querido y joven amigo;

Me encanta este lugar nacido de la contracción de una expresión y en el que el alcalde aún promulga sus bandos, a la antigua usanza. Este año, sin ir más lejos, dictó el correspondiente bando para la instalación de las oportunas casetas de baño en las playas de Luarca, la primera, la segunda y la tercera. Hasta en eso son extremadamente pulcros los luarqueses, que hacen las cosas como se hacían en provincias, bien y sin prisas.

¡ Fíjate !, todas las casetas de baño son desmontables y su ubicación se circunscribe sólo al verano, porque las casetas de baño sólo son y han de ser para el verano. Sus dimensiones máximas son las máximas que deben permitir las casetas de baño, incluidos aleros u otros elementos sobresalientes. Un par de centímetros más allá, ya no son casetas de baño. La altura también es proporcional al resto de dimensiones, de modo que ningún vecino riña por llegar al cielo, puesto que el cielo parece estar aquí, sin necesidad de despegar del suelo. Su tipología armoniza con el entorno, de manera que siempre sean casetas de baño, y es condición “sine qua non” sus colores tradicionales, como mínimo en el frente. Cada uno y una ha de cuidar de su caseta de baño pues, de lo contrario, no es digno de su caseta.

Te preguntarás qué hay de los besos. Si es así, y sé que es así, reclamo tu atención sobre Cambaral. Dice la leyenda convertida en historia, o quizás sea la historia que ya es leyenda, que desde Argel y Tingitania subió hasta estos bellos parajes de agua y peñascos una flota de piratas berberiscos que atemorizaron a los lugareños, desde Avilés hasta Navía. Los enormes barcos de la flota del Rey (de turno) de España nada podían hacer frente a los navíos berberiscos, más pequeños, ágiles y ligeros.

Mandaba la flota un moro llamado Cambaral, famoso por su extrema crueldad y su extremo ingenio, según me cuenta – como si estuviera aquí, desde el cielo- el muy irónico, culto y singular señor Arrieta Gallastegui – Miguel -, pluma de equilibrada y risueña prosa, gastrónomo raro que disfrutaba más con el sabor de las palabras que con los tientos del tenedor, y hombre de mucha inteligencia y bonhomía. Te recomiendo encarecidamente su muy popular Recetario de cocina tradicional asturiana.

¿ Cómo hacer frente a Cambaral y su flotilla ?, que hizo que pareciese el más grande despliegue marino conocido en la correspondiente historia naval. Esa era la pregunta que el Señor de Luarca se hacía día tras día, siempre atusándose los pelos de su cabeza y de su barba, siempre desordenados ante tanta tropelía bereber.

Hastiado dicho Señor del acecho moro, decidió acometer a Cambaral y sus berberiscos con sus mismas armas, de modo que embarcó a sus más aguerridos guerreros en sencillas barcas de pesca, convenientemente disimuladas entre sus aparejos y artes, y se hicieron a la mar, a pocas millas de Luarca, donde aguadaron al moro como pacíficos pescadores.

Y en eso que aparecieron los temibles y temidos berberiscos que vieron en los disimulados hombres del faenar una presa fácil. Craso error el de Cambaral y los suyos, que se vieron desbordados por los disfrazados y aguerridos pescadores. Dice el señor Gallestegui que el combate fue largo y cruento y concluyó como concluyen estas cosas, con un ganador y un vencido.

Cambaral fue hecho prisionero, cargado de cadenas y conducido a la fortaleza de la Atalaya, donde fue recluido sin ni siquiera curarle las heridas.

Y en eso, la hija del Señor, ahora repeinado y festejando el triunfo con los suyos, pidió… ¡no!, rogó a su padre permiso para curar las heridas de Cambaral. Dicen que dicha joven era bella doncella de espíritu generoso y gran corazón.

Sea como fuere, la muchacha obtuvo el permiso y se dirigió a las mazmorras, sin inquietud ni temor. Había allí poca luz, pero, según parece, no hacía falta más, pues fue verse, o quizás sólo intuirse entre las sombras, para que surgiera entre ambos el amor, el amor más puro, sin rencores ni rencillas políticas, territoriales, étnicas, religiosas.

Quizá fuera por las heridas, o quizá a pesar de las mismas, lo cierto es que las atenciones de la muchacha hicieron sentir al moro Cambaral todo lo que sus violentas andanzas habían ocultado: era huérfano de corazón y que podía hallar descanso y sosiego a tanta tropelía en el amor que se le ofrecía.

Por su parte, pues de lo contrario nunca hubiera progresado esta historia, la hija del Señor, que nunca había sentido las punzadas del amor noble, curó las heridas casi con veneración, pero también con una congoja que la atenazaba, pues conociendo bien a su padre, sabía cuál iba a ser el destino de Cambaral y, por ende, más que probablemente, el suyo.

En la penumbra, y entre señales de heridas ya cerradas, otras entreabiertas y algunas aún por abrir, se declararon su amor mutuo. También se hicieron promesas grandilocuentes con las que los noveles amantes adornaban la adversidad del destino aún por venir pero, no por ello, desconocido.

En eso que Cambaral curó sus heridas, las físicas por supuesto, y desplegó nuevamente su ingenio y audacia con el fin de planificar la fuga de ambos. Narra al respecto el señor Gallastegui: “Fue una huida alocada, sin posibilidades de éxito, prácticamente, pero los ojos de los amantes no venían sino el momento en el que su amor podría al fin desplegarse, herirse con sus besos, consumarse en su pasión. No veían otra cosa que esa determinación cuando bajaban hacia el puerto desde la fortaleza, escondiéndose en las esquinas, corriendo atropelladamente y buscando, ya en los muelles, el barco de Cambaral, que, rápido y ágil como era, hacia ella misma les dirigiría”.

Sin embargo, – ¡ maldita sea con los peros !-, el Señor de Luarca, que había sido avisado de la fuga, ya esperaba con sus tropas a los amantes en el puerto. Dicen que allí acabaron sus sueños. Yo, particularmente, soy de la opinión que allí, en ese instante eterno, comenzaron sus sueños.

Cambaral abrazó a la hija del Señor ante sus propias narices. Los amantes se miraron, como si estuvieran diciéndose cosas que no se pueden decir, se besaron, como si fuera el último beso. Al respecto, el señor Gallestegui opina dos cosas: amor que nace a oscuras, oscuro muere, y ya nunca los labios volverán a soñar).

Y en eso que el Señor de Luarca, loco de ira, incapaz de soportar aquel beso que para él era blasfemia, de un solo tajo, cortó ambas cabezas, las cuales fueron a refugiarse, en su beso final, a las frías aguas del puerto, justo donde años después se levantaría el llamado Puente del Beso. ¡ Ay !, mi querido y joven amigo; miro el fondo del puerto de Luarca, y algo me dice que debo seguir trabajando en el sueño: ¿ adónde van los besos que no damos, que guardamos ?.

Tuyo, siempre, el viejo de la imprenta “. El Café Romantic presenta hoy un precioso poema sobre el beso y sus cosas de David Escudero Vigara, de Madrid, revelado en nuestra barra por nuestra querida Mila Miguélez, de A Coruña.

Imagen con música: Kiss me – The Cramberries 

 

Necesito un beso
De alguien que me quiera
Necesito un beso
De alguien que me entienda
Preferiblemente
Con la boca dulce
Con los labios tiernos
Que sus ojos brillen
Que ilumine el cielo
Que atraiga a las musas
Que despierte el coraje
Y me devuelva la vida
Necesito un beso
Para seguir soñando
Que después de todo
Aún sigo enamorado.

– David Escudero Vigara –

 

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SIN PRISAS; ¿ ADÓNDE VAS CON TANTA PRISA ?

Iba yo un día con prisa, a grandes zancadas. Tenía mucha prisa. Por pensar, por escribir, por hacer… por volver a pensar. Sólo oía mi voz en el silencio de la eternidad. Iba tan acelerado que convertí la virtud de la rapidez en el vicio de la prisa. Era tanta la prisa que tenía que incluso se tropezaba con sus propios pies. Ni siquiera me paré a pensar para qué tenía tanta prisa.

– ¿ Adónde vas con tanta prisa ? –  preguntó el viejo de la imprenta con un ritmo que parecía no acabar nunca. Cuando aún yo pensaba la respuesta, todavía resonaba la pregunta.

– ¡Buena pregunta! – respondí. No tenía otra respuesta, al menos en ese momento.

– ¡ Fíjate en él…! – dijo, señalando con el dedo a un cielo que se manifestaba en absoluto reposo. – ¿ En quién? – pregunté, ingenuo. Ingenuo por simple más que por inocente.

– Él, que según dicen ha creado todo y está en todo, existe; pero no tiene ninguna prisa en hacerlo saber.

– Pero él no vive aquí. No se le acaba el tiempo…

– El tiempo lo creó él, pero el hombre inventó la prisa.

– Yo creo que él fue demasiado lento… Yo, en su lugar, hubiese hecho el mundo en cuatro días.

– Pues yo opino lo contrario, como el señor Vicent. Lo hizo en sólo seis días, y aún se notan las prisas.  ¿ A qué venía tanta prisa ? Si disponía de todo el tiempo del mundo,  por qué no se tomó…, pongamos 666 días en hacerlo.

– Usted, siempre tan maquiavélico…

– ¡Ay! mi querido e ingenuo amigo, ¿ quién te ha dicho a ti que esta obra en la que vivimos no fue escrita a cuatro manos, por él y por el otro ?

– ¿ El otro ?

– Sí, por su opuesto.

– ¿ Existe ?

– ¡ Por supuesto !

– Y, ¿tenía tanta prisa ?

– Creo que fue más listo. Convirtió las desventajas de las prisas de su opuesto en ventajas propias…

Se hizo un necesario silencio entre ambos. Fue un momento en gerundio, como un presente en desarrollo, como estar entre el cielo y el infierno, donde el tiempo discurre pero no avanza, según las sospechas…

– Por cierto, ¿ adónde ibas con tanta prisa ? – reiteró el interrogativo viejo.

Entonces, me ví viviendo aún más deprisa y muriendo joven. ¿ Qué habría hecho ? ¿ Qué habría quedado ?, pensé inquieto para mis adentros, sabiendo que el viejo sabía lo que estaba pensando. ¡ Sólo un bonito cadáver !

A mi mente vino en cascada el tiempo que se fue, veloz.  El lugar de mi descanso, el sitio de mi inocencia. Era cuando subía rápidamente escaleras y no esperaba en el rellano. El tiempo quemaba hasta convertirse en cenizas. ¿ Es vivir un asunto urgente ? ¿ Es la prisa un animal legendario dispuesto a asesinar en cualquier momento ?, abrumando los contornos de la vida con una fina niebla que todo lo vuelve a un tiempo impreciso y misterioso, magnficándolo hasta la confusión. En las preguntas hallé las respuestas: ¿ Qué sentido tiene correr cuando estamos en la carrera equivocada y no lo descubrimos hasta que cae la bandera ? ¿ Si viviera mi vida otra vez, cometería los mismos errores, sólo que más deprisa ? ¿ Tengo prisa por qué no sé adónde voy ? ¿ Adónde va la humanidad; entonces por qué va tan deprisa ?…

– ¿ Y tu prisa ? – incidió el viejo.

– No tengo tiempo para tanta prisa – resolví yo.

  • El Café Romantic propone hoy un excelente relato de la siempre excelente pluma de Mercè Roura sobre la prisa, ese animal que nos hace olvidar la única cosa de que las demás no son sino una parte: vivir. ¡ Al diablo con las prisas !

  • Imagen con música: 10 beautiful soundtracks from 10 beautiful movie.

Tienes prisa para todo. Necesitas que el mundo gire, que acelere su marcha porque hay mucho por hacer y cuando lo terminas, enseguida se te ocurre algo nuevo por lo que batallar. Vives de esa emoción que surge en ti cuando buscas y encuentras.

Cuando te sientas en la silla, tus piernas se balancean como las piernas de los niños que no tocan el suelo cuando están sentados… Quieres levantarte… Necesitas pasar a la acción y caminar. Necesitas estar en eterno movimiento. Lo haces con los pies y con la cabeza. Que nunca para. Siempre inventa. Genera posibilidades. Busca oportunidades y, cuando el día está complicado y no las encuentra, las inventa.

Eres de esas que miran un vertedero y ve el paraíso que podría montarse allí si todos tuviéramos tus ganas y tu energía.

Te ilusionas. Eres adrenalina pura, viento, fuego. Estás hecha de un material irrompible, incorruptible, poroso… Lo quieres todo ahora.

Tanto vivir al borde del sueño y con los pies colgando de una silla enorme te ha acelerado. Necesitas parar y suplicarle a la peonza que deje de girar un minuto. Para saborear el instante que vives darte cuenta de lo que tienes alrededor.

Detenerte cinco minutos no hará que pierdas el tren, sobre todo porque la mayoría de trenes a los que subes te los has inventado tú, los has generado en esa máquina potente y preciosa que es tu mente.

La vida es una mezcla entre hacer que las cosas que quieres sucedan y dejar espacio y tiempo para que otras, que ni imaginas y también son buenas, puedan pasar.

Tu impaciencia ha puesto al máximo de revoluciones a la máquina que genera realidades nuevas y has forzado las cosas. Todo tiene su ritmo… Todo tiene su tiempo. Hay cosas que necesitan un empujón y otras que tienen que funcionar por inercia. Para poder escuchar, observar, sentir, notar.

Un día, no hace mucho, una mujer muy sabia que me dijo “si dominas tu impaciencia, dominarás el tiempo”.

¿Dominar el tiempo? pensé yo… Nadie domina el tiempo…

El tiempo del que ella me hablaba era el del devenir de las cosas, el que necesita todo lo que se mueve para ponerse en marcha y funcionar. El engranaje hace que la vida siga su curso. El tiempo que se genera entre dos miradas que se cruzan. El de asustarse, el de enamorarse, el de derramar una lágrima y el de sonreír. El recorrido interior que te lleva a superar una decepción o ese trayecto dulce entre que cierras los ojos y alcanzas el sueño.

Lo he entendido, al final. Puedo pedalear más rápido mi bicicleta para llegar a la meta antes, pero jamás podré acelerar el ciclo lunar. Porque nadie le dice a la luna que se apresure.

Hay cosas por cambiar y cosas por aceptar… Situaciones a las que podemos darles la vuelta y situaciones que nos hacen dar la vuelta a nosotros y modificar nuestro rumbo. A veces, no se puede ir en linea recta, aunque sea el camino más corto. Hay ocasiones en las que tendrás que correr y otras en las que tendrás que quedarte quieta.

No será fácil, pero si eres paciente, tal vez recogerás los frutos de tu espera. Aprenderás a dominar el tiempo. Conseguirás ese complicado equilibrio entre coger y soltar, entre caminar y saber cuando parar… Entre existir y soñar.

 

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EL CAFÉ LARGO / UN FRASCO DE TIEMPO

Buenos días, mundo.

– ¡ Buenos días !
– ¡ Buenos días ! ¿ Qué desea ?
– Quizá piense que estoy loco pero desearía un frasco de tiempo.
– Es usted el maravilloso enésimo loco que me pide un frasco de tiempo.
– ¡ Uff!, me quita usted un peso de encima… Por momentos pensé que me había vuelto loco.
– ¿ Qué tipo de tiempo desearía ?
– Había pensado en aquel que te permite hacer de cada momento una vida, y de la vida un único momento.
– Por el mismo precio, le puedo ofrecer otro frasco de tiempo personalizado.
– ¿ Existe el tiempo personalizado?
– ¡ Naturalmente ! Pruébelo y decida qué hacer con el tiempo que se le ha otorgado…

… – ¿ Y si no son de mi gusto ?
– Si no está satisfecho no hay problema; me devuelve los frascos de ese tiempo y le entrego el tiempo que usted trajo aquí, en este momento. Pero, ya verá como no ha perdido el tiempo.
– ¿ Cuánto es ?
– ¡ Está usted loco, el tiempo no tiene precio !

¡ Gracias por su tiempo !

Imagen con música: Cuando el mar te tenga / El último de la fila

Feliz jueves.

 

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CANDY CRUSH O QUÉ TUITEARÍA UN TEMPLARIO

Dicen que las pistolas las carga el Diablo y las dispara el hombre. De un modo muy parecido piensa el viejo de la imprenta sobre las nuevas tecnologías. ¡Curioso!, este apelativo. ¿Siempre serán tecnologías nuevas aunque sean viejas?

El otro día, sin ir más lejos, porque ir más lejos con el viejo supone retroceder a la era de la formación de la tierra, mirábamos juntos el mundo y nos sorprendía la extraordinaria velocidad con la que todo circula: la información, la comida, la charla, la brevedad, el aforismo… ¿ Qué fue del café largo, del tentempié pausado, del queso curado y del vino de reserva ?

Hoy, la gente se da un plazo de 95 tuits, tres cafés y un gintonic para cambiar sus vidas, virtualmente claro, maldijo el viejo.

A Dios pongo por testigo que he intentado en infinidad de ocasiones hacerle ver las bondades, utilidades y favores de esas que llaman nuevas tecnologías, en especial la red social. Pero, no hay manera. Mientras para  millones de seres la vida es aquello que pasa mientras se conectan a Internet, para él la vida sigue siendo aquello que le sucede mientras se empeña en hacer otros planes.

– Sabes que el planeta es hoy como un inmenso queso atravesado por redes, faxes, teléfonos, módems, Internet… -, expuso el viejo, rezongando-. Sabes que tu vida ya no te pertenece. Es propiedad de la red-, agregó refunfuñando aún más.

– ¡ Por Dios !,- exclamé imaginando un descomunal queso que se deshace poco a poco como los relojes de Dalí, de origen japonés, americano, coreano, tailandés o vaya usted a saber, fabricado con leche de una vaca que ni siquiera es una vaca, y bits, tuits, archivos y redes mezclados a modo de cuajo y triturados. ¿ Qué ha sido de la vaca de mi abuelo?, lamenté casi llorando.

Aún así, le intenté explicar que Internet permite conectar al instante a un chino – cuando se lo permiten- y a un americano – siempre bajo la atenta mirada de doscientos pares de ojos-, mientras un noruego hace un negocio sin moverse de la silla con un australiano, y un grupo de españoles se conciertan para llevar a cabo una cacerolada contra la crisis.

– ¡ Zarandajas !,- gruñó. Luego, suspiró y habló, como lo hace él, torrencial y contundente.

– Así parece ser la vida, hoy. En efecto, eso de Internet permite encontrar con rapidez la información. Pero, ¿ qué hay de cierto en ello ? Puedes obtener un consejo médico a través de esos malditos trastos y no sabes si viene de un Premio Nobel, de un médico, de un mecánico o de un carnicero.

¡ Por Dios!, exclamé de nuevo imaginando a mi mecánico tiznado de mugre tratando de explicarme cómo poner remedio a mi dolor de estómago luego de un buen plato de callos mientras cambia el aceite del coche, que pierde líquidos por todas sus juntas.

Y aún así, lo seguí intentando. Pero, todo fue en vano.

– La comunicación triunfa, – grité.

– La incomprensión, también, – gritó aún más el viejo.

– ¡ Internet nos une, nos conecta !

– ¡ Internet nos abduce, nos posee… Nos seduce, fornica, yace y se va !

– ¡ Internet es el primer gran invento de la humanidad !

– ¡ Internet es la primera cosa que la humanidad ha construido y que la humanidad no entiende !

– ¡ Internet es libertad !

– ¡ Internet es una infinita e indefinida cárcel virtual en la que cualquier pendejo electrónico puede construir un mundo en el que te pueden reducir la cabeza como a un jíbaro !…

Cuando ya no hubo más argumentos y otras tonterías que gritar, callamos. El silencio nos vino bien. En realidad, el silencio siempre va bien cuando lo que se va a decir no es más bonito que el propio silencio. Y el bonito silencio se rompió sólo durante un instante, el que necesitó el viejo, mi querido viejo, para inquietar aún más mi inquieta cabeza:

– ¿ Para qué se habría usado Twitter en la antigüedad ?… ¿ Que tuitearía un templario ? ¿ Y un romano ? ¿ O   Atila, Da Vinci, Colón, Napoleón o nuestro querido señor Marx (Groucho, por supuesto?.

El Café Romantic presenta hoy un curioso y breve relato dialogado de Rafael Rodríguez Torres, de Barcelona, que invita a una necesaria reflexión de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos en la frenética, e incluso enajenada, era que vivimos.

Imagen con música: My Immortal – Evanescence

– ¿ Tienes twitter?
– No.
– ¿ Y Facebook?
– No.
– ¿ Cuenta en youtube?
– No
– ¿ En H5?
– No.
– ¿ Y en tuenti?
– Tampoco.
– Pero, ¿ tú pero que tienes?
– ¡ Una vida!…

… ¡ Pues mándamela para el Candy Crush* !

* Según Wikipedia, Candy Crush Saga es un videojuego para teléfonos inteligentes y Facebook en que cada jugador tiene un número predeterminado de cinco vidas, cada vida es restaurada después de una media hora. Si el jugador no cumple con el objetivo del nivel o el jugador no cumple con la puntuación mínima, se le resta una vida. El jugador tiene la opción de pedir a los amigos más vidas por Facebook, comprar un artículo de restauración de vida o la compra de un artículo especial que amplía el número de vidas que el jugador tiene por defecto, o adelantar la fecha en su dispositivo para obtener al instante más.

 

 

 

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