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El quiosco / “Sí, nosotras parimos, nosotras decidimos”

Suscribo la opinión: las mujeres no son del género estúpido, ni seres incapaces de decidir sobre sus vidas y sus cuerpos ni se debe confundir con lo que dicen los poderes públicos con lo que se grita en los púlpitos.

NIEVES Ibeas, Presidenta de Chunta Aragonesista.

Artículo en El Periódico de Aragón, 3 de febrero de 2012

 

 

Menos de dos meses después de la llegada del PP al gobierno central, estamos asistiendo a un retroceso democrático y de derechos muy preocupante, y el ejemplo más claro es la contrarreforma de Gallardón, actual ministro de Justicia, de la legislación vigente sobre la interrupción voluntaria del embarazo (IVE). O el PP cree que las mujeres somos del género estúpido, seres incapaces de decidir sobre nuestras vidas y sobre nuestros cuerpos- o en democracia sigue confundiendo los poderes públicos con los púlpitos. Es totalmente inaceptable que los partidos políticos (y, en este caso, gobiernos) se presten al juego de ciertos sectores religiosos y antiabortistas por encima de derechos que ha costado mucho conseguir.

El PP y sus aliados de turno quieren decidir por nosotras si queremos ser madres o no, o en qué momento queremos serlo, para regocijo de la Iglesia Católica y de sus más radicales tentáculos, que mueven buena parte de los hilos del gobierno de Rajoy. ¿Cómo se sigue sometiendo un partido político a los intereses de una institución religiosa, sea la que sea, que pretende actuar como un poder público en vez de limitar su discurso a su comunidad de creyentes?

CHA niega la legitimidad de ningún partido político ni, por supuesto, de ninguna confesión religiosa para decidir sobre la vida de las mujeres y sobre sus propios cuerpos. Y yo, personalmente, como ciudadana y como mujer, siento vergüenza de lo que estoy viendo y viviendo a estas alturas de la vida, cuando ya creía superado este falso debate, más propio de la España de hace cuarenta años, cuando las familias pudientes enviaban a sus hijas a abortar a Londres, que de la de 2012.

El argumento sobre la supuesta defensa de la vida me indigna, como indigna a muchas otras mujeres, y constituye un auténtico insulto al enorme esfuerzo realizado desde hace décadas por los movimientos feministas. No es casualidad que los derechos de las mujeres sean cuestionados periódicamente, y, cómo no, en época de crisis. Fue preciso mucho trabajo para que las mujeres tuvieran reconocido el derecho a decidir su maternidad en muchos países, y en el Estado español se les ha negado reiteradamente la mayoría de edad (tengan la edad que tengan) y su propia condición de ciudadanas de primera porque, al final, siempre parece que hace falta la supervisión patriarcal para recibir asistencia sanitaria pública en una IVE.

El discurso de incapacidad de las jóvenes para decidir tampoco se sostiene. Si tienen edad para poder ser madres, ¿por qué no van a tener derecho a poder decidir seguir adelante o no con su embarazo? ¿O acaso es más grave la decisión de interrumpir un embarazo no deseado que la de proseguirlo? En absoluto, y todo lo que se está diciendo en contra de una legislación sobre la IVE es pura hipocresía.

Es la hipocresía de la derecha más recalcitrante y retrógrada que existe seguramente en Europa, que ya ha comenzado a llenarnos de una moralina insoportable con sus consignas, para convertir en moral todo aquello que les interese controlar, incluidas las vidas de sus ciudadanos.

Lo progresista para esta derecha no es trabajar para evitar las guerras, denunciar y combatir los genocidios, colaborar en proyectos de desarrollo que acaben con la hambruna de tantos niños y niñas que mueren por pura miseria, o con las violaciones sistemáticas de mujeres. No, ahí el PP no ve ningún debate “moral”, ni tampoco lo ve en la pobreza escandalosa de millones de personas que carecen de lo mínimo para sobrevivir, ni en los escándalos de aprovechamiento de los cargos públicos en beneficio personal- La derecha habla de moral en otros casos, como cuando se trata del derecho de las mujeres a decidir en nombre de la más pura hipocresía pretendiendo que la democracia se convierta en la plasmación de una doctrina confesional, sea la que sea. Para CHA es aberrante y totalmente injustificable que alguien, por muy ministro o presidente del Gobierno que sea, se atreva a intentar hacer pasar por el aro de sus planteamientos religiosos a la mitad de la población.

Las reivindicaciones feministas renuevan su vigencia más que nunca: “nosotras parimos, nosotras decidimos”

 
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Publicado por en 03/02/2012 en el quiosco

 

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Postales desde el filo de la vida (I)

 

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El infame Cardenal

Ilustración: goyo martínez (clica sobre la imagen para escuchar la música de este relato)

Julio de 1936, en un rascacielos de la calle de Muntaner de Barcelona. Cinco y media de la tarde. (El espía de Madrid).

El consejero de Gobernación se levantó de su sillón y pidió calma con ostensibles gestos de las manos.

            —¡Caballeros, serenidad! Creo yo que al señor Nelo le asiste… parte de la razón. Analicemos la situación actual: los pequeños conflictos obreros existentes en Barcelona se van solucionando satisfactoriamente. Yo personalmente he mediado en el conflicto de los barcos de la Trasmediterránea y les puedo asegurar que los correos saldrán prestos a su destino. El conflicto de los buques de Transatlántica también está en vías de solución. La huelga del ramo mercantil de Lérida se resolverá en breve. Cierto es que ha habido pequeños incidentes… los cuales, sin embargo, no permiten extraer tan grave conclusión. Juzgar los atentados del día 2 de julio como «pequeños incidentes» era, como poco, temerario, pensó Nelo.

            —Por otra parte —añadió el consejero— debo manifestarles que durante el viaje que ayer realicé a Madrid, para reunirme con el ministro de la Gobernación, observé una situación de absoluta tranquilidad y así me lo expresó él. Tanto es así que dedicamos la jornada de trabajo a ultimar algunos detalles referentes al traspaso de los servicios de orden público. ¡En fin, señores, no veo motivos para tanta preocupación!

            Nelo juzgó que era el momento para volver a intervenir.

            —Primo de Rivera —empezó a decir— supo utilizar a su favor una situación de caos en la política española. Los continuos enfrentamientos entre facciones, las animosidades personales e ideológicas impidieron una reacción contra su levantamiento.

            —Y el rey de España lo apoyó desde el primer momento —añadió Escofet.

            —Y la burguesía catalana, no lo olviden —apuntó Casanellas.

            —Y, por supuesto, el estamento militar —siguió Nelo—. Recuerden que estaba pendiente el expediente Picasso, que pretendía exigir responsabilidades a los militares tras los desastres del norte de África y que fue convenientemente aparcado por Primo.

            —Vamos, vamos, señor Nelo, no se dan las mismas circunstancias —sugirió Ramón Nogués—. La república está más consolidada y cuenta con más apoyos que la monarquía parlamentaria de 1923. Es muy distinta la deriva política de la nación.

            —De eso se trata, precisamente —replicó el agente—. Con los actos de estos días pretenden crear las condiciones para un alzamiento militar, señores. Y tengan muy presente que hoy las consecuencias de ese alzamiento serían mucho más dramáticas que las de 1923. Partidos y sindicatos están mejor organizados, y la sociedad civil se opondría, sin duda, incluso por las armas.    

            Hubo quien se mostró de acuerdo con las tesis de Nelo; otros recelaron de lo que juzgaban bienintencionados pero equivocados vaticinios. Ya todos los reunidos estaban en pie y hablaban al mismo tiempo, discutiendo de forma desordenada, como en una sesión del Parlamento de aquellos días.

            —¡Orden, caballeros! —gritó con voz atronadora el comisario Escofet—. ¡Mal haremos si entre nosotros no hay unidad!

            Escofet alertó entonces de la inminente huelga anunciada por el Sindicato Único del Transporte y la persistencia de los paros en fábricas de tanta significación, por su simbolismo y por el número de trabajadores, como Uralita, Riviere y Asland.

            —¡Una huelga del ramo de los transportes sería una hecatombe social! —observó el diputado Ruiz Ponseti.

            —¡No se alarme! —apuntó el consejero de Gobernación—. Eso no ocurrirá. Ya trabajamos para pacificar el asunto.

            Sin embargo, ese día, a esas horas, los poderosos sindicatos del sector aún mantenían su oficio de huelga y no parecía que tuvieran la intención de retirarlo, pues la patronal se había levantado de la mesa de negociaciones tras calificar de inadmisibles las
demandas obreras. 

            Se hizo un temeroso silencio en la terraza, como si todos los presentes imaginaran una ciudad absolutamente paralizada, sin abastecimiento, sin autobuses, sin el metropolitano…

            —¡Caballeros, les ruego que se calmen! ¡No sean ustedes como los de Madrid, tan catastrofistas! —volvió a apuntar el señor España apelando al espíritu del dichoso oasis catalán.

            Nelo irrumpió en ese instante con un factor que, hasta ese momento, no había aparecido en el encuentro.

            —¡Caballeros! ¿Y la Iglesia?

            —¿Qué ocurre con esa gentuza? —preguntó el diputado Fronjosá. 

            —¡Les recuerdo que, oficialmente, España ya no es católica… y está partida en dos! —respondió el agente.

            —¡Ni falta que hace! —le replicó el diputado Nogués.

            —Mucho me temo que aquellas palabras del cardenal Segura al proclamarse la República recobran hoy su vigencia. Y ya sabemos que cuando la Iglesia advierte, sus palabras no tienen descuento y su amenaza es tan real como cierta…

            —¿Y qué dijo el infame cardenal? —preguntó de nuevo el señor Fronjosá. Nelo le refrescó la memoria.

            —«Cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo…»

            —¡Sandeces! Mientras quienes deben llorar no lloren y sus lágrimas de sincera y cristiana contrición no purguen y laven la mancha inferida por años, por siglos de expolio y barbarie en nombre de Dios…, ¡que callen! —dijo el diputado, con el mismo tono y la arrogancia que solía usar en la tribuna del congreso.

            —¡Disculpe, diputado! No se ofenda usted, pero creo que no es la persona más indicada para… He oído por ahí que le llaman el cazador de monjas… —le espetó Nelo, pensando en la monumental trifulca que inició el diputado Fronjosá días atrás al interpelar al Parlamento por las razones por las cuales la Generalitat aún no había cambiado de nombre la Casa de la Caritat ni había prescindido de las monjas, de los sacerdotes y de las señoras caritativas, soliviantando con ello a gran parte de la sociedad barcelonesa—. Se trata precisamente de eso, señor Fronjosá, de no excitar los ánimos con discursos incendiarios.

 

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“La mujer de estrechas caderas, senos pequeños, firmes y turgentes y redondas nalgas” (via goyomartinez9)

Cuando una bella mujer, con los cabellos suficientemente largos para decir que es sexy pero lo suficientemente cortos para afirmar que es más inteligente que la mayoría, se cruza en el camino de un hombre al que el amor ha burlado en varias ocasiones, se nublan los pensamientos…

"La mujer de estrechas caderas, senos pequeños, firmes y turgentes y redondas nalgas" Relato con música. De mi particular tocadiscos. Clica sobre la imagen El agente Nelo detuvo su mirada en el sospechoso círculo que formaban el general Burriel y los oficiales López Belda, Unzúe y Lacasa, que departían con distinguidas personas de distintos orígenes y linajes entre carcajadas, como si se mofaran de la concurrencia. Junto a ellos, un grupito de mujeres jóvenes los miraban y escondían sus sonrisas con un gesto de la mano.            … Read More

via goyomartinez9

 
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Publicado por en 14/07/2011 en El espía de Madrid

 

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“La mujer de estrechas caderas, senos pequeños, firmes y turgentes y redondas nalgas”

Relato con música. De mi particular tocadiscos. Clica sobre la imagen

El agente Nelo detuvo su mirada en el sospechoso círculo que formaban el general Burriel y los oficiales López Belda, Unzúe y Lacasa, que departían con distinguidas personas de distintos orígenes y linajes entre carcajadas, como si se mofaran de la concurrencia.
Junto a ellos, un grupito de mujeres jóvenes los miraban y escondían sus sonrisas con un gesto de la mano.

            «¡Quizá saben algo que los demás desconocemos! —pensó Nelo—. ¡Nada de quizá, seguro que saben algo!», concluyó.
A todo esto, los generales San Pedro Aymat y Legorburu seguían a lo suyo, como si nada sucediera o fuera a ocurrir.

            Vio entonces que una de aquellas jóvenes dejaba el grupito y se acercaba al de los militares. Todo de lo más natural, como si quisiera preguntar algo o llamar su atención. Pero le resultó sospechoso que tomara del brazo al general Burriel con demasiada familiaridad y se lo llevara a un rincón para hablar a solas con él. Tuvo que moverse para seguir la escena, pero pudo ver con claridad que la joven mujer entregaba al oficial una cuartilla de papel de color azul, cuidadosamente doblada, que Burriel ojeó mientras miraba a un lado y a otro. A continuación, se lo devolvió a la dama.

            Volvió junto al general Llano de la Encomienda para preguntarle si conocía a aquella mujer. Negó con la cabeza. Tampoco el coronel Moracho ni el mismo Escofet, que charlaban animadamente unos pasos atrás, conocían a la mujer.

            Cuando se giró de nuevo hacia el punto donde se había encontrado con Burriel, había desaparecido. La buscó entre
el gentío y en los alrededores. Salió a la terraza que daba a la calle a grandes zancadas y alcanzó a verla cuando abandonaba el Club Marítimo en dirección a un automóvil en el que aguardaba un hombre, de quien sólo pudo advertir su gorra de oficial.

            Al acceder al interior del coche, la mujer giró la vista y puso sus ojos sobre Nelo.

            Duró un instante, pero el agente alcanzó a leer su rostro. Ciertamente era una mujer de raro encanto, de belleza lánguida. Destacaba su cutis mate y afelpado, su cabello dorado y sus grandes ojos azul pálido. Nelo quedó atrapado en esos ojos que parecían transmitir pasión y drama, que denunciaban un oscuro pasado y un futuro inminente y, de algún modo, trágico, ¿o qué reflejaba si no la languidez de aquella media sonrisa apenas insinuada? Lucía un elegante vestido de soirée, de estival inspiración parisina, en marrón y rojo, de una tela vaporosa y líneas sueltas, vagas, exquisitamente femeninas, y un no menos elegante sombrero en forma de turbante. Bajo ese vestido se adivinaban unas estrechas caderas, unos senos pequeños, firmes y turgentes, y unas redondas nalgas.

            La joven mujer también quedó atrapada en la conquistadora y expresiva mirada y el porte esbelto y gallardo
de Nelo. Jamás recordaría cómo iba vestido aquel hombre, si era civil o militar, si señor o criado, pero nunca olvidaría su cara. Prendada, presintió que no tardarían en volver a encontrarse. 

            Nelo regresó al club y, con temerario arrojo, se aproximó al general Fernández Burriel. La mujer le serviría de excusa para interrogar al militar. Fingiéndose ebrio, casi a trompicones y con voz pastosa, interrumpió la conversación que en ese momento
mantenía el general con sus subordinados, apoyó la mano derecha en el hombro del militar y, de tú a tú, el agente soltó, con algún balbuceo:

            —Dígame que no es su hija, mariscal.

            —¡Joven, usted está borracho!

            —No demasiado, no lo suficiente para no saber admirar una belleza cuando la tengo delante. No será su amante, ¿verdad?

            —¡Caballero! ¿Por quién me toma?

            Burriel se sentía acosado y reaccionó de forma irascible, no tanto por la intromisión de un borracho, dedujo Nelo, como por las indiscretas preguntas que le dirigía. Los otros mandos que lo acompañaban se erigieron en barrera frente a Nelo y lo apartaron a empellones.

            Nelo volvió a fingir, esta vez que recobraba la compostura, y, con la cabeza gacha, se acercó al general y le pidió disculpas. El general las aceptó para zanjar el asunto; tampoco le interesaba llamar la atención, pensó Nelo. Vio en los ojos del general
inquietud y tensión, y comprobó que era incapaz de sostener su mirada. Nelo optó por no insistir, aunque tomó buena nota de la reacción del oficial.

Así lo vivió El espía de Madrid hace 75 años en el Club Marítimo de Barcelona

De “El Espía de Madrid, Barcelona 1936”.

 

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