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Fue(casi)sinquerer -un sueño-

Olvidad por un momento cómo es el mundo real. Olvidad lo que sabéis que sabéis. A veces, hay que creer en lo que no está exactamente ahí: un sueño de días y noches  mejores, una fantasía de cuento donde la vida es ordenada y coherente y los cuentos son cada vez más emocionantes y terminan siempre bien, sin complicaciones. Tuve un sueño que no fue del todo un sueño.

Hoy, hace 49 años, un hombre tuvo un sueño, un sueño con el que aún soñamos, y debemos soñar, porque medio siglo no nos ha hecho mejores, todo lo que cabía esperar. Aún no somos libres, ¡al fin!. El 28 de agosto de 1963, Martin Luther King soñó que los valles fuesen cumbres, y las colinas y montañas, llanos; los sitios más escarpados, nivelados, y los torcidos, enderezados. Aún lo sueño.

Del particular tocadiscos del Cafe Romantic, ¡dreams!.

 

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi ) sin querer pasar.

Busco un rostro humano entre la multitud, un gesto de solidaridad en un barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo. Y casi sin querer lo encuentro. Y bebo de su sonrisa / sonrisa cálida / calidez en el alma / el alma repleta.

Vengo del insomnio y camino por la oscuridad de la vida, abigarrada parodia de vida. Y en la noche, avanzo por el pasillo hasta la oscuridad total, entre objetos solo contorneados. Sin embargo, estoy tranquilo de saberme en la íntima y serena certeza de sentirme en el hogar.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Un hogar de tierra no ingrata / muera el ingrato; de lumbre continua / eterna paz; de mentes siempre tranquilas / tranquilas las almas; de sobradas fuerzas / salud; de prudencia, sencilla / sencillez humilde / humildad anónima; de amigos / todos iguales; de noches libres de tristeza; de miradas cómplices y sonrisas amigas de hombres y mujeres; de sueños que acorten la fría noche.

Y aquí, en este hogar, refugio del alma, me contentaré con mi suerte, sin temer ni anhelar el postrer día pues encontraré gestos y miradas apasionadas. Oiré pasos, sombras que vienen hacia mí. ¡Vete diablo!. Y escucharé voces conocidas, amigas.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Y por azar, descubro un mundo, un mundo posible; está aquí y en vosotros. Quizás no sea el mejor de los mundos, pero es y será el hogar, donde viven y sobreviven seres únicos, irrepetibles.

El tiempo es así de extraño, extraño el azar,  ¡azar bendito! A cambio de todo lo que nos arrebata nos concede algo: a veces es un amigo, a veces sólo es un día perfecto. Casi sin querer, bajo la mirada estimulante de un sol más alto, portador de renovada luz y de días hermosos, hallo otra alegría de vivir, otra manera de sentir.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Luminosos fragmentos de cielo se cuelan en los edificios a través de patios, balcones, terrazas, huertos sencillos o jardines urbanos. Pequeños paréntesis / paréntesis deliciosos / delicioso destino. El tiempo se detiene, la vida desconecta por un instante de la terca rutina, y un manto de luz dorada y de bullicio lo cubre todo, invitando a una saludable desgana en las horas de ocio.

Y ahora que el horizonte anuncia la llegada de un tiempo mejor ya no quiero escapar lejos para vivir otros momentos, otrora especiales. Estáis ahí, a la vuelta de la esquina. Atrás queda el recuerdo vago y desenfocado de una zona de sombras que  asombraba y que se asomaba al lado oscuro de la vida, el enigma del azar. Pasaba un tren y debía cogerlo. El destino no podía hallarme dos veces.

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.

Y recuerdo que había una vez, en un lejano reino, no uno, sino dos amigos. Uno que sabía lo que tenía. El otro, que tenía y lo que tenía lo retenía a base amor y fe. Y había gigantes intrépidos y duendes a los que les gustaba jugar a su sombra. Había incluso un mago que sabía cuál era la mejor manera de amansar fieras salvajes. Y un bello príncipe y una bella princesa que no sabían que sus destinos estaban llamados a cruzarse. Y había también otros en aquel remoto lugar semejante al que conocimos de  niños, donde se contaban y escribían cuentos y leyendas.

Y es posible que nunca vuelva a pronunciarse el verdadero nombre de ese reino y que la memoria y el tiempo casi lo olviden, puesto que todas sus encantadoras criaturas sólo lo llamaban hogar… Y tocaré el cielo con mis manos, casi sin querer, caprichoso azar.  

Estabais donde no teníais que estar. Y yo pasé, pasé (casi) sin querer pasar.  

- ¿Un sueño?
- Un sueño por el que luchar.
- ¿Un proyecto?
- Un proyecto que realizar.
- ¿Un lugar?
- Un lugar adonde ir.
- ¿Alguien?
- Alguien a quien amar. 
Que nunca te falte un sueño por el que luchar, 
un proyecto que realizar, 
un lugar adonde ir 
y alguien a quien amar. 
 

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Calor (a García Lorca)

Siempre me gustó ir al sur, es como caminar cuesta abajo por la cuesta de la vida, la cuesta que me lleva a tu morada. El tiempo me arrastra hacia la sierra, ¡hogar!. Ahora sopla el viento y en los vértices del tiempo, anidan estos sentimientos. Ni una página en blanco más en el libro de la vida, una vida que duele al punto de las lágrimas, lágrimas que manan de la propia vida.

Hoy, a esta hora, hace 76 años, la sangre de García Lorca se mezclaba con la seca tierra en una fosa común de intolerancia, odio, ignorancia cavada por intolerantes e ignorantes, aquellos cuya alargada sombra aún planea sobre nosotros. Imagen con vídeo en tributo a quienes dieron su vida por la libertad frente al odio, la ira y la intolerancia que supuso el Alzamiento de 1936 y el franquismo que se impusieron por la (sin)razón de las armas.

Querido Federico, puedo oír y tocar lo que nadie oye ni siente; recibo mensajes de pájaros, del viento, de los árboles, de un perro o de una gallina. Y, al llegar, soy un hombre del sur y no quiero saber nada del tiempo que transcurrió al cruzarse nuestros caminos, en el silencio, el silencio de la cuesta, la cuesta de la vida, cuesta abajo, vida arriba.

En la cuesta, polvo, sol, fatiga y hambre. Solo soy un pobre hombre, con la casa a cuestas. He dormido en cualquier esquina. A veces, clandestinamente, en un zaguán. Todo lo que tengo lo llevo conmigo: unas hojas de papel y un lápiz. Tu espíritu me arrastra; horizonte.

Miro el horizonte sin que mis ojos vean; mi corazón siente y no palpita. ¡Suspiro corto!, eternidad que me sume en un éxtasis perpetuo. Luego de la cuesta, cuesta que me lleva a tu morada, la sierra del sur, hogar, tallo deseos en una noche de verano que suena a canción otoñal.

Bajo la piel reseca, ríos sólidos de sangre, tu sangre, mi sangre, empapan mi espíritu. Te siento. Y contra el cielo impasible, soy firme roca que parte el agua del embravecido río de la vida.

Ya escucho tu alma a través del tiempo. Te siento sin prisas. Encuentro la calma. Me rindo sin miedo. La cuesta me ha llevado hacia ti, abajo. Es un fin; ¡punto de partida!. Una hoja en blanco donde puedo escribir lo que quiero.

Querido Federico: siento el retraso en escribirte, pero he estado fuera los últimos cuarenta años, por voluntad propia. Me han reconfortado tus últimas palabras en las que me hablabas de tus impresiones y paisajes. Detecto que la fantasía ha derramado su fuego espiritual sobre la naturaleza exterior agrandando las cosas pequeñas, aquellas a las que apenas prestamos importancia y que hacen de nosotros seres, sino imprescindibles, sí importantes.

No te puedes imaginar, amigo Federico, cómo están las cosas por aquí. ¡Si Dios no lo remedia! La desazón me envuelve hasta el embargo y se diría que me he vuelto cómodamente insensible. Por lo que se refiere a los hombres cabría decir que aún viven, o mejor dicho, sobreviven, pero también cabría puntualizar que se les ha borrado de la humanidad. A la memoria acuden, como una plañidera letanía, las palabras del amigo Antonio, ¿recuerdas?: “los buenos momentos terminan enseguida; los malos se prolongan hasta la eternidad”.

Abundan los días de jondura de silencio y la pena, con mayor frecuencia de la debida, tizna cada vez más cuando estalla. ¡Ay!, querido Federico si estuvieses aquí. Seguimos teniendo un problema con Dios.

He recibido con inmensa alegría tus últimas palabras en las que me invitas a sentirme abatido pero nunca batido. Cuesta abajo, vida empinada, veo cómo pasan cosas, cosas casi siempre interpretadas con tristeza y retratadas con amargura, e intento sobreponerme a las adversidades de la vida, una realidad compleja, dramática, repleta de baches y curvas imprevistas que altera nuestro guión de sopetón.

Observo en mi alma, y en la tuya, algo que sobrepuja a todo lo existente. Un algo que, en la mayor parte de las horas, está dormido. Sin embargo, cuando recordamos o sufrimos, como es el caso, una amable lejanía despierta.

Quiero seguir tu camino y ver poesía en todas las cosas, en lo hermoso y en lo feo, en lo repugnante y en lo deleitable. Me cuesta, sin embargo, descubrirla. Ya me advertiste de que era difícil alcanzar ese descubrimiento pero intento no desfallecer.

Cuan admirable es el espíritu que recibe una emoción y la interpreta de muchas maneras, todas distintas y contrarias y ninguna contrapuesta. Pasamos por el mundo y, cuando llegue a la puerta de la ruta solitaria, espero poder copar todas las emociones existentes: virtud, pecado, pureza, negrura.

Querido Federico, es, sin embargo esa realidad de la que te hablo, lo que trastoca los planes personales e impide ese descubrimiento a través del incógnito a la par que maravilloso viaje a las profundidades de nuestro interior.

Camino cuesta abajo. Qué razón tienes, amigo Federico; debemos interpretar las cosas siempre escanciando nuestra alma sobre ellas, buscando un algo espiritual donde no existe, proporcionando a las formas el encanto de nuestros sentimientos y ser uno y ser mil para sentir las cosas en todos sus matices. Ahora soy capaz de verlo, abajo de la cuesta que me ha llevado a tu alta morada: veo lagos donde hay charcas y charcos donde hay pantanos; veo montañas donde hay colinas y cerros donde hay montañas cuando la vista no es capaz de alcanzar el horizonte… y almas antiguas que pasaron por plazas solitarias.

Tus últimas palabras son acicate para el alma y el corazón: hay que ser religiosos y profanos. Reunir el misticismo de una severa catedral gótica con la maravilla de la Grecia o la Roma pagana. Verlo todo, y sentirlo todo. En la eternidad, ya gozaremos del premio de no haber tenido horizontes.

Busco en tus palabras la humildad y la sinceridad para ponerlas en práctica en un mundo que nos es hostil. Quiero desplegar amor y misericordia para todos y recibir en pago tan solo un respeto. Ciertamente, poco más nos queda que soñar. ¡Desdichado del que no sueñe, pues nunca verá la luz!.

Nos hallamos ante un momento de la historia en que se presenta como un friso continuo de ventanas que se abren y se cierran y en el que aparecen paisajes y personajes, en una suerte de trampantojo creada, quizás por Dios y el diablo al unísono. ¿ Habrán generado una amistad desconocida para nosotros?.

¿ En qué creer?, querido Federico. Las ilusiones forman parte del pasado y, quizás, del futuro pero hoy solo son frustraciones. Si este es nuestro futuro, quizás prefiera un pasado.

La política, amigo mío, ha dejado de ser un noble arte. Recuerdas a Rimbaud: “Regresaré, con miembros de hierro, la piel ensombrecida, la mirada furiosa: por mi máscara, me juzgarán de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidarán a esos feroces lisiados reflujo de las tierras cálidas. Intervendré en política. ¡Salvado!.”

Querido Federico, cada día muero un poco más contigo y ¡vivo!. El hombre que viste camisa vieja, maldito bastardo, ha llamado al viajero para que venga a buscarte. En esta noche de verano que suena a canción otoñal, tu muerte, hostia de la comunión de unos que se decían españoles y que dieron vida a una cruzada de plomo, sangre e ira, me da vida.

Se oye el sonido de un alfiler cayendo en la medianoche de la nada, y en la nada encuentro todo. Las palabras han descargado las armas; muerte y luego, más muerte. La jondura del silencio se ha hecho pero inquietas voces acuden a mí. Escucho el sonido de tu silencio, nuestro silencio. Grito en carne viva frente al rostro del demonio.

Demonio de corte fascista / fascista llaga / llaga en el gesto / gesto adusto / adusta garantía / garantía de eficacia / maldita eficacia / eficacia amargada / amargada dolencia / dolencia intestinal / intestino severo / severo en el alma / el alma torcida / torcida en el espíritu.

Mueres; muero un poco más contigo y vuelvo a vivir. El silencio estalla de tanto callar. El obispo reparte maldiciones al paso del cortejo fúnebre que nada lleva. Y en la nada, todo. Los huesos para la tierra, tu alma fértil para nosotros. Lo que veo no existe y, sin embargo, lo estoy viendo.

Y la pena también tizna cuando estalla. Y estalla el silencio cuando mueres para que yo viva. Y hablo. Y me enfrento a vientos en varias direcciones y tormentas de diferente intensidad. Reinvento sobre tu recuerdo el entorno, a cada paso; me hundo y me levanto. Bienaventurados los que están en el fondo del pozo porque ya no caerán más abajo.

Abismo y luego más abismo. Asesino al fantasma, el fantasma de cicatriz fascista. Y regreso, regreso junto a ti. Me disfrazo, nos disfrazamos de cordialidad. Soy católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista… Solo un hombre del sur, ora maldito, ora maduro, que busca el sentido de la vida, cuesta abajo, en el filo de la vida, vida que me da tu muerte.

Trago rancio. Los fusileros, risueños, ingenuos ellos de su destino, marchan. Vaciado el cargador, vacías las almas. Almas de plomo, plomo de Dios y Lucifer. En el macadán queda por siempre tu espíritu, abajo de la cuesta.

Y en el carrusel de la vida, en tu nombre, requiebros de amor, amor de trato risueño y encantador, de distinta belleza, una belleza imperfecta, ¡perfección!.

El cielo pide paciencia. Me apunto otra derrota. La tierra de tus huesos medita por mí, tierra del sur. Y tu muerte me recuerda lo resistente que es mi espíritu (humano) cuando quiere serlo. Azucarillo y aguardiente para endulzarme el momento, momento eterno.

Y las cosas que el diablo fascista intentó enterrar encontraron la forma de aflorar. No recuerdo si pasó de verdad o imagino que pasó. ¿Has muerto?; sólo herido. Vives, y yo contigo. Una estampita. Un Cristo. ¡Agua!. Agua del sur. He bajado la cuesta para subir por la vida.

Tuyo, en la herida, Goyo Martínez.

 

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Postales desde el filo de la vida / Miedo

Postal con música. Clica sobre la imagen. ¡Pare!, què volen matar la terra…

Pare, digueu-me què
li han fet al riu
que ja no
canta.
Rellisca
com un barb
mort sota un pam
d’escuma
blanca.

Pare
que el riu ja no és el riu.
Pare
abans que torni
l’estiu
amagui tot el que és viu.

Pare
digueu-me què
li han fet
al bosc
que no hi ha arbres.
A l’hivern
no tindrem foc
ni a l’estiu
lloc
per aturar-se.

Pare
que el bosc ja no és el
bosc.
Pare
abans de que no es faci fosc
ompliu de vida el
rebost.

Sense llenya i sense peixos, pare,
ens caldrà cremar la
barca,
llaurar el blat entre les enrunes, pare
i tancar amb tres panys la
casa
i deia vostè…

Pare
si no hi ha pins
no es fan
pinyons
ni cucs, ni ocells.

Pare
on no hi ha flors
no es fan
abelles,
cera, ni mel.

Pare
que el camp ja no és el
camp.
Pare
demà del cel plourà sang.
El vent ho canta
plorant.

Pare
ja són aquí…
Monstres de carn
amb cucs de
ferro.

Pare
no, no tingueu por,
i digueu que no,
que jo us
espero.

Pare
que estan matant la terra.
Pare
deixeu de
plorar
que ens han declarat la guerra.

(J.M. Serrat)

 

 

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Postales desde el filo de la vida (I)

 

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