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El trastero azul

Este cuento fue escrito un día determinado, en homenaje a mi amigo Roberto Manrique, una de las víctimas del atentado perpetrado por ETA en Hipercor, el 19 de junio de 1987.

Durante 24 años, Roberto lo ha dado todo por el universo de las víctimas y, desde ese preciso día, sus recuerdos, los retales de su vida, por culpa de la política, yacen en el  “trastero” de un guardamuebles. Un cuento a propósito de Roberto, quien viajó a las profundidades del infierno y regresó para explicármelo.

Es también un homenaje a todas las víctimas, de cualquier clase y condición: de la violencia de género; de la economía y la política que nos condena hasta el hastío; de las guerras y sus perros; de las enfermedades, de la vida en sí misma.

Porque la felicidad une, pero el dolor reúne. Con música, “secret garden”

Podéis seguir a Roberto en su blog, http://eltrasteroazul.blogspot.com.es/

Te escribo en la noche del día, con una expresión de desvalimiento en el rostro y la torpeza de la urgencia en el cuerpo. Las ilusiones forman parte del pasado y, quizás, del futuro, pero hoy son sólo frustraciones. ¿Adónde fueron los momentos?. ¿Adónde fueron las cosas que importan? Hoy viven en el trastero, solas, en soledad, allí en el viejo almacén junto a la estación de tren donde las mismas almas de siempre, bajo una atmósfera gris y un sol viejo, juegan a cruzar el abismo para disfrutar de un cielo azul.  

Tras la sábana hecha un revoltijo, veo la vida apenas cubierta con un camisón que tiene algo de mortaja. La dejo en cueros y luego la envuelvo en un sudario de papel; querido Roberto, la quiero colocar bajo la alfombra del mundo, difunta.

Tus últimas palabras, tras regresar de tu viaje con billete de tercera al infierno, son acicate para mi alma y mi corazón, alma nómada, corazón sedentario. Quiero derrotar al abismo. Abismo, y luego más abismo. Quiero derrotar a la muerte. Muerte, y luego más muerte. Bebiste su rostro en la oscuridad, refugio natural de la tristeza. Deduzco por tus palabras, que era una oscuridad romántica, pálida, de orejas pronunciadas, lágrimas de rímel y negro riguroso. Negro muerte. Amigo Roberto, tú que has muerto un poco:  ¿debo temer a la muerte? ¿ Es la muerte una parte de la vida?. ¿Quizás, un punto de partida, un papel en blanco donde podemos escribir lo que queramos o una tela virgen donde pintar nuestros deseos?.

Cuéntame Roberto, tú que lo supiste al tercer día en que conociste tu realidad, una realidad que ofende con la misma saña con la que un demente haría ganchillo o un necrófilo excavaría tumbas. Vinieron del norte sin ser citados un diecinueve de junio, junio otoñal, eterno otoño que avanza con lenta opulencia. También pudieron venir del sur. La muerte por cuenta ajena, canalla, no tiene patria. No quiero una patria fugaz.

Y llamaron al viajero, eterno viajero inmóvil, para que te llevará con él. Trago rancio. En nombre de una falsa ilusión, falsa patria, patria fugaz, fugaces las almas, los bastardos vaciaron sus cargadores, vacías las almas. Almas de plomo, plomo de Dios y de Lucifer. Ingratos que te dieron de beber vinagre y te lancearon el costado, al tercer día. Furtivos de la vida que suelen llegar de noche, noche del día, como animales con forma de perro enorme, de cuero peludo y patas de acero, almas vacías, que se cuelan de noche en las casas, casas que son hogares, y se posan sobre el pecho de las gentes, gentes sencillas, sencillez humilde, humildad anónima, para crearles angustia y horribles pesadillas… y luego, por la mañana, solo sabemos rezar un responso.

Y regresaste del infierno, con tu billete de tercera, para explicármelo. Y me pides paciencia, paciencia de vida. Cierto es, nunca recibimos más de lo que podemos soportar. Cierto es, debemos disfrutar de cada instante de lo que nos ha sido dado. Y me hablas de un idiota, del maravilloso idiota que sólo él dirá dónde el camino puede conducirnos; ¿quién sabe si nos encontraremos a lo largo del camino?; del idiota que dirá dónde los vientos nos harán volar; ¿quién sabe si alguna vez alcanzaremos la orilla?; del esperado idiota que seguirá un sol naciente con los ojos que sólo pueden mirar fijamente; ¿qué tipo de fuego nos quemará allí?, sólo un idiota, nuestro idiota, dirá.

Pese a la noche del día, detectó en tus palabras calidez y esbozo una sonrisa, tímida, sí, como la del conejo, quizás asustado en la medianoche, día en la noche, pero sonrisa, al fin y al cabo. Es la sonrisa de quien halla un rostro humano entre la multitud, un gesto de solidaridad en el barullo de cuerpos que se cruzan y tropiezan, de gente que busca su tren, tren que escapa.

Querido Roberto; la vida es como el doble fondo de un inmenso baúl que trajina la señorita tristeza cuando un eterno otoño avanza con lenta opulencia y la sombra de un gran árbol de ramas desnudas, casi abandonado al invierno, casi derrotado por él, se proyecta en presencia trágica, agigantada por su propio tamaño y la duración sobrehumana de su vida. Una vida que duele al punto de las lágrimas, lágrimas que manan de la propia vida. Truenos que suenan, y no suenan a tormenta.

Te cuento, al tercer día: el mundo ha asistido antes a sueños de cambio, a promesas de que algo nuevo esperaba a la vuelta de la esquina. Esta vez el sueño se ha consumado. Hay momentos en los que algo inexplicable sucede y el orden del universo se trastoca.

No has nacido para ser víctima. En realidad, ¿quién nace para ser víctima? Podías ser otra cosa. Pero eso, no. Y eres, empero, inspirador de un mundo mejor, de una bonita lámina en una pared, en la pared de la vida. Una vida que duele al punto de las lágrimas, lágrimas que manan de la propia vida.

Me invitas a construir contigo una vida no enteramente feliz, vida al fin y al cabo, en un lugar que, quizás, no producirá santos pero sí poetas, allí frente al árbol de presencia trágica que sigue en pie, de tronco con negruras de tizón y ramas desnudas, retorcidas.

Sé que jamás recordaré tu camisa tras el tercer día, pero también sé que jamás olvidaré tu rostro, corajudo, amable, en esta abigarrada parodia, parodia de vida. Quiero borrar como sea las cicatrices físicas y morales que han profanado tu cuerpo y tu espíritu,  ajados,  lastimados.

Me detienes y me tiendes tus manos y tus brazos, fruto de injerto sobre injerto, y me ofreces tu sonrisa. Yo quiero matarlos. Y me callas cuando clamó la muerte de los bastardos que vinieron del norte, como pudieron venir del sur. Y casi por sorpresa, me sorprende; no hablas de venganza sino de justicia.

Me escribes desde el norte, el norte de la vida. La tensión se palpa en el ambiente, el aire, impregnado de estrés, incertidumbre. ¡Qué lástima!, exclamas. ¿Por qué los hombres de almas vacías y patrias fugaces coartan el espíritu de la libertad?. Me detengo. Reflexionó. Sigo tus pasos. ¿ Por qué han de pagar justos por pecadores?. Hastío, música celestial, todo lo más. Unos, que sólo arriman el ascua a su sardina. Otros, esos pocos de los que me hablas, son canto de cisnes, preludio de muerte. La mayoría, como tú, como yo, aguarda incierta, a la Diosa ocasión.

He decidido no tomar las de Villadiego, ni poner puentes de plata a aquellos que enturbian la paz, la normalidad, las lindezas de esta tierra. Acudiré a tu llamada, allí donde haya gentes que se encuentran porque se citan, y otros que no se citan porque se encuentran, sin trampa ni cartón. Y te seguiré a lo largo y ancho de la geografía de la vida, por quebrados pedregales, agrios campos, despejados caminos, sol de fuego. Y derrotaremos a la parda bestia de forma humana, humanos sin alma, alma fugaz, que engendra mañanas vacíos, de cincel y maza, implacables, con plomo en una mano y hachas vengadoras en la otra, hijos de una idea, idea rabiosa.

Y, por fin, he buscado en el inmenso doble fondo del gran baúl de la vida y te he encontrado. Hace veinticuatro años que te encontré y nunca dejas de sorprenderme, como una puesta de sol. Inagotable y agotador. Amigo de tus amigos. Leal.

Aún me sorprenden tus inusitadas emociones. En la infancia de mi muerte quiero ser como tú: actuar por placer, por curiosidad, por necesidad o por el extremo deseo de conocer nuevos mundos, nuevas vidas. Otros mundos que están en éste, otras vidas que están en ti. Y, al final, lo que cuenta no son los años de vida, sino la vida de esos años.

Caes cien, mil veces, y te levantas ciento una, mil y una veces. Si te digo ven, vienes y no hace falta que te lo diga. De tus mil y un matices me quedo con tu humanidad, escaso valor en nuestro tiempo; sensibilidad y bondad hacia los semejantes.

Me has descubierto otro mundo, un mundo posible, un mundo que está aquí y en ti. Quizás no sea el mejor de los mundos, ese que hoy en día buscamos todos, sino un mundo factible, donde viven y sobreviven seres únicos, irrepetibles.

Me dices que nos rodean excelentes personas, auténticos tesoros escondidos de sensibilidad humana y de sabiduría acumulada. Y abro el baúl. Busco entre los recuerdos y me hablan de ti: “la felicidad une, el dolor reúne”.

Y en el tránsito de la noche al día, rescato los momentos y las cosas que importan. Vencidos los miedos y las angustias, derrotados el dolor, el sentimiento de culpa, el acoso de oportunistas y las miradas reprobatorias, tendremos una noche con las estrellas. Y habrá un día que se forjara un tierra no ingrata, ingratos asesinos; un hogar con lumbre continua, eterna paz; una mente siempre tranquila, tranquila el alma; Y tendremos sobradas fuerzas, salud; y prudencia, sencilla; y amigos, iguales; y ningún pleito y poca corte; y las noche serán libres de tristeza, y el sueño acortará la fría noche. Y nos contentaremos con nuestra suerte, sin temer ni anhelar el postrer día. 

Y cuando sepa certero que la muerte me acecha gritaré que soy hombre del mundo, mundo que está en éste, y hermano de todos, todos están en ti.

Hoy, amigo Roberto, te honro con un minuto de silencio… silencio que se escucha sobre la tierra ingrata en el hogar sin lumbre de las mentes perturbadas y las almas vacías de los enemigos de la prudencia y de la alegría, que siguen acechando a las almas que juegan a cruzar el abismo para disfrutar de un cielo azul allí, en el trastero del viejo almacén junto a la estación de tren donde descansan las cosas que importan… y dispongo de toda una vida para recordarte.

Dame tu voz, escucharé

Dame tu dolor gritaré

Dame tu mano, te guiaré

Dame tu sueño, soñaré.

Siento. Vida. Felicidad. Amaré.

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La ignorancia es atrevida ( a Jiménez Losantos, ese gran difamador profesional)

Uno de los mayores males que ha sufrido y sufre el ámbito de las víctimas del terrorismo en este país es la politización de las asociaciones que dicen velar por los intereses de esas víctimas y la manipulación del asunto que llevan a cabo partidistas e interesadas voces que pregonan sus ofertas de cantamañanas frente a un micrófono, caso de Federico Jiménez Losantos, quien se ha erigido en una especie de héroe que haya de salvar España de quienes no piensan como él.  
Con ocasión del reciente encuentro de Roberto Manrique, una de las víctimas del atentado de Hipercor de Barcelona, con uno de los etarras que el 19 de junio de 1987 puso la bomba en los almacenes, Rafael Caride Simón, Jiménez Losantos, difamador profesional de oficio, dijo que Manrique sufría de síndrome de estocolmo.
Una vez más, Jiménez Losantos – y otros como él de la caverna mediática derechona, fascista incluso- han pretendido presentar un gesto de enorme trascendencia como un “espectáculo grotesco”.
Al concertar la cita con el etarra, no buscaba Roberto Manrique – y lo sé de buena tinta-, la popularidad, una maldita popularidad que le arrastra desde que un día “muriera” el sencillo carnicero de Hipercor que era y naciera el “Manrique víctima” que decidió ayudar a otros como él, aún sacrificando horas de familia y descanso – y su esposa y sus hijos pueden dar fe de ello-.
A personas como Losantos les pasa, sin embargo, que la envidia es mala, muy mala y que, como dice Sara Bosch, posiblemente la psicológa de urgencias y de víctimas del terrorismo que más sabe en España, la “ignorancia es atrevida”. Malévola, diría yo.
No le hacía falta a Roberto Manrique más páginas y fotografías en los diarios, no. Cuando fue al encuentro del etarra Caride Simón, a quien no dio la mano, símbolo inequívoco de su actitud, buscaba respuestas y, sobre todo, abrir una profunda vía para que nunca más esos canallas de ETA vuelvan a matar. Por él, y por otras víctimas.
La ignorancia es atrevida, por Sara Bosch, compañera inseparable de fatigas de Roberto Manrique durante más de 20 años en la difícil tarea de atender a las víctimas del terrorismo.
La primera vez que vi cara a cara a una víctima del terrorismo fue hace 20 años. Reconozco y recuerdo el impacto que me produjo cuando me enseñó el injerto que le vestía la piel. La que le quemaron un 19 de junio de 1987 en los almacenes Hipercor. A lo largo de este tiempo, le he visto muchos gestos. Ante mí y ante otros. Ante políticos, periodistas, médicos forenses, policías, niños, actores, estudiantes y jueces. Ante su mujer y sus hijos. Ante tantas y tantas otras víctimas del terrorismo. Gestos alabados y criticados. Gestos de alguien que convirtieron la palabra terrorismo marcada a fuego, en la decisión diaria de hacer algo, lo que fuera, por unirla a la palabra Dignidad.
Cuando conocí  a Roberto Manrique, me habló de dignidad. Y de justicia. Y mientras una psicóloga como yo, recién licenciada, le ofrecía mi solidaridad para ayudarles, el tiempo me reservaba descubrir otras caras, demasiadas, marcadas como sólo el terrorismo puede hacer.
Y de tantos y tantos gestos, en aeropuertos y trenes compartidos, en hospitales y en púlpitos, en tanatorios y homenajes; de tantas palabras dichas y tantos silencios por cada atentado…reconozco y recuerdo el impacto de una frase en plena calle, de un gesto nuevo que sólo le vi una vez: ”Sara, he rebut una carta de caride”. Y como, al igual que el valor en la mili, la experiencia se me debe suponer, puedo asegurarle al sr. Jiménez Losantos  y a otros que parecen opinar igual, que no vi ningún signo, como asegura, de Síndrome de Estocolmo o de ganas de venganza en él. Porque nunca existieron. Como nunca existieron en otra de las víctimas que también quiso participar en este “espectáculo grotesco” del que habla Don Federico. Serían otros. Pero no esos. Y con todo el respeto que se merecen todos los que han pedido lo mismo…ellos sabrán.
Llevo 20 años oyendo a otros que no son Víctimas del terrorismo hablar sobre lo que ellos sienten. Sobre lo que necesitan. Sobre lo que piensan. A opinar por ellos y en nombre de ellos. A tantos que no tienen ni idea de lo que cuesta conseguir tal distinción o que alardean y abusan de tenerla por representarles. Pero mi estrado está en un despacho con tres sillas y una mesa. Y nunca fue mi trabajo otro distinto del que mi profesión me propone. Pero hoy, como psicóloga, me permito contestar a quienes se atreven a hacer patología de un derecho inalienable: al uso de su libertad. Al derecho a su intimidad para no relatar los detalles de lo que hablaron con el asesino, aunque eso desgraciadamente no satisfaga el morbo público. Que de eso, saben bien.
Roberto Manrique se ha ganado la maldita fama de ser una víctima conocida. Pero no hay medalla que no devolviera, ni artículo escrito ni programa al que acuda que no borrara de un golpe si con ello pudiera volver a Hipercor ese día y coger el micrófono que cambió la voz de Serrat por los rugidos del infierno. Y sé que no se limitaría, simplemente, a no cambiarle el turno a un compañero por librarse de su mala suerte.
Sé porqué Roberto fue a verle. Y sé por qué ese hecho ha trascendido tánto. Como también sé que ese día, el etarra miraba al suelo cuando quien no fue más que un objetivo para él le habló con el gesto del ave fénix que emergió de las cenizas. No buscaba respuestas. Probablemente, lo que pretendía tuvo mucho que ver con la palabra Dignidad. Con la palabra Justicia. Con qué si no.
Ser Víctima del terrorismo es una circunstancia. Una sangrante circunstancia. No les convierte en seres con pensamientos unánimes, con igual opinión. Cómo pueden creerse eso. Y si realmente quieren apoyarles, empiecen por entender, respetar y defender su individualidad en sus actos personales. Que todos los que fueron, como él, en un acto de propia voluntad, lo que menos merecen es que se dude de su salud mental. Perdida sin más entre objetivos terroristas y simples objetivos de un interés político. Objetivos al fin. Como si de eso, no hubieran tenido también ya suficiente. Por una vez, hablen con prudencia los tentados de titulares. Vengan de donde vengan. No habrá mejor homenaje.
Es fácil. No hace falta recurrir a manuales diagnósticos de trastornos mentales. Basta con consultar en Wikipedia para diagnosticar el verdadero Síndrome de Estocolmo de Roberto Manrique.
Cuando los delincuentes se presentan como benefactores, en la víctima puede nacer una relación de complicidad como agradecimiento y acabar ayudando a sus captores en alcanzar sus fines.
La diferencia es que, Roberto sigue llamándole terrorista, que su complicidad y agradecimiento fue impedir que se le acercara un metro y que si, como los de otros, su gesto y síndrome lejos de perjudicar, acaba ayudándonos a todos, a las víctimas que hablaron con el asesino y a las que no irían jamás..gràcies, company.
 
Sara Bosch.
Psicóloga especialista en Víctimas del terrorismo
 

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