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Archivo de la etiqueta: sabiduría

Según un estudio…

En el mismo rincón de siempre, en la misma mesa de siempre, la número uno, bajo un retrato del señor Erausquin y una foto antiquísima del café, se encuentra el señor Miquel Quintana. Es como si siempre hubiera estado ahí. Le llaman el profesor. En realidad, tiene aires de viejo profesor, viste como un viejo profesor, fuma como un viejo profesor, rezonga como un viejo profesor, piensa como un viejo profesor y habla como un viejo profesor.

El profesor Quintana me mira como a un loco patético. Me siento a su mesa. Siempre que puedo, lo hago. Charlar con él, ni que sea unos minutos, es un asunto de muchos quilates. Es hombre maduro, de rostro noble, ademanes pausados y tono firme en su voz.

Levanta ligeramente la cabeza, con la mirada segura y la barbilla un punto erguida, y me escruta por encima de sus anteojos, hábilmente sujetos en la punta de su nariz, como el maestro que está a punto de administrar la lección al alumno. A veces me recuerda a un tío mío que fue inspector de municipal de aves y gallineros, de adusta actitud y garantía de eficacia en su labor.

Según estudios elaborados por expertos de todo el mundo, se confirma que hoy es 18 de diciembre,- me anuncia cual conferenciante desde el atril del escenario más excelso.

Ya estoy más tranquilo, profesor,- le respondo como el alumno que intuía el dato pero aún no lo daba por totalmente cierto.

El profesor reduce su voz, con humildad. Piensa. Sus labios cerrados se proyectan como en un beso. Hace una pausa. Abre los brazos en gesto evangélico. Segunda pausa. Mira lejos, a través de la ventana. Seguro. Sopla ligeramente. Sonríe. La voz se torna más suave, si cabe. Muestra sorpresa en su mirada. Con energía, piensa. Tajante, dice:

Mi joven amigo, el hecho de que estemos despiertos no quiere decir necesariamente que estemos vivos. 

Daría todo lo que sé por saber la mitad de lo que conoce el profesor.

Un relato, con música, de Miquel Quintana (desde un rincón en Sant Cugat del Vallès -Barcelona- y Goyo Martínez, en otro rincón de Mollet del Vallès -Barcelona-).

 

 

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Vestidos de zombies. I Capítulo

Por María del Pino (Córdoba)

Relato con música. Clica sobre la imagen de María… hay un claro de luna.

Cuando Pedro llegó a casa de Jaime, todos sus colegas estaban fascinados. «El mejor disfraz, tío. El más realista», le dijeron. Éstos habían estado la semana antes preparando sus trajes. Sin embargo, Pedro solamente tuvo un día por fallo al no leer los mensajes de las redes sociales.

Todos habían maquinado sus vestimentas por separado, pero con la misma temática. La idea surgió después de ver la película “28 días después”, y Lucas fue quién lo propuso: «¡Hay que ir de Zombies!».

Llegaron las once de la noche y salieron de la casa los cinco zombies: Jaime, el zombie granjero –con gorro, vaqueros y camisa de cuadros rojos y azules–; Lucas, el zombie futbolista –con la equipación de Argentina–; Antonio, el zombie de estar por casa –con zapatillas de lona, pijama y bata–; Manolo, el zombie callejero –ropa normal y quilos
de maquillaje mal puesto–
; y Pedro, el zombie recién salido del ataúd –traje de chaqueta y, para él, un extraño ungüento que su hermana le adosó a la cara y con el que daba realmente la sensación de putrefacción por algunas zonas. Daba tanto asco que a penas se miró un par de segundos al espejo–.

Habían decidido ir por las las calles del centro asustando a la gente hasta que llegasen las 00:00: noche de brujas en otros países, día de los difuntos para los españoles.

Ese día no sabían dónde ir exactamente. Si a una discoteca, de pubs, o al polígono, donde Jaime creyó oír que habían hecho algo taco “guapo”. Aun así, lo que sí tenían claro era una cosa: no iban a ligar.

No por las ricas y exquisitas “demonias” y vampiresas que habría por ahí
sueltas, sino porque con las caras que llevaban… No ligarían ni con un orco.

Continuará…

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. V capítulo.

Por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

Relato con música. Clica sobre la imagen: “lubally…”

… La sorpresa en el bar crecía, como la haría una partitura “in crescendo” en su punto álgido, allí en el punto del desenlace, cuando algo cómico o trágico ha de suceder. Los sabios ordenaban las figuras del pesebre. “Pronto llegará la fecha del niño Jesús”, se dijeron, al tiempo que señalaban el tránsito de la estrella hasta llegar a Belén.

No sólo hablaba José, también lo hizo María. La locura pareció desbocarse. María me habló con voz dulce y aterciopelada. Y me dijo:

“la magia, querido David, sale del corazón. Los adultos no lo solemos decir, aunque por fortuna, los niños nos lo suelen transmitir” 

Hacia el mediodía del día siguiente llegué al bar de Montse quien me indicó el camino de la cocina, como si me llamara a capítulo. Montse no llevaba puesta la chaqueta que lucía el día anterior. ¿ Dónde estaba la figura de María?. Solo existía en mi preocupada mente aquella figura. Montse, por su parte, solo tenía pensamientos para su hija, quien la llamó con el deseo urgente de encontrarse.

Montse y su hija mantenían una relación que, como poco, podíamos catalogar de  olvido absoluto, situación que no permitía a Montse pacificar su corazón.

Esa mañana, los viejos sabios adornaron lo que faltaba del bar, su entrada.

Mi asombro al verlos era absoluto. Era como si hubieran recobrado años perdidos, muchos años, recuperando un espíritu, días antes totalmente perdido. Entonaban villancicos ante el asombro de los presentes mientras colgabas adornos sin parar, como posesos por esa extraña magia que lo había inundado todo.

En ese momento, entró por la puerta ya adornada la hija de Montse. Bastaron unas pocas palabras en el reencuentro:

– ¡Lo siento!,- dijeron al unísono. Luego, un abrazo, sincero, cómplice, casi mágico.

José guiñó de nuevo el ojo. En el gesto, me dijo que Montse y los suyos disfrutarían de aquella Navidad. Sus corazones vencieron a su tozudez y arrogancia.

Volvió a mi mente la figura de la virgen María. Debía yo romper la magia de aquel momento entre madre e hija. No hizo falta. María había vuelto al pesebre.

Me sentí tranquilo, feliz. Al abrazar a su hija, las lágrimas adornaron las mejillas de Montse, ora de añoranza, ora de alegría, por el tiempo perdido, por el tiempo recuperado.

José puso la mirada en mí, de nuevo. Lo sujeté. Lo coloqué entre el diario y el café manchado con leche. Sin embargo, cerré el periódico completamente absorbido por su magia. No pude reprimir tampoco el llanto lamentando que Xapi se perdiera este momento. ¡Despreciable!, me dije, por querer buscar de un modo egoísta un pedazo de esa magia para mí.

José percibió mi tristeza. De inmediato, oí su voz. ¿Qué?. ¿Quieres que mire la estrella?, le pregunté. Al anclar la vista en ella, vi a Xapi. Montaba sobre la estrella  como si fuera el jinete de los sueños que en aquel bar ocurrían.

– ¡Es el momento!, me indicó.

– ¿El momento?, ¿el momento de qué?, repliqué. No hicieron falta más palabras.

Era el momento de descubrir aquella magia por la que me habían tildado de loco. Debía ser yo, con mis ilusiones y decepciones, el portador de la magia.

En tan solo tres días, las personas, incrédulas, habían aprendido a escuchar a sus corazones. También José me invitó a cabalgar sobre la estrella, junto a Xapi, hasta llegar al Nacimiento. Allí, según mi impresión, entendería cuál era la verdadera magia, mi verdadera magia.

Ya cuestionaba la locura. Todo aquel que atravesara bajo la puerta del bar de Montse, adornada como maravillosos posesos por los viejos sabios otrora incrédulos, encontraría la verdadera esencia de las fechas.

Me acerque lentamente a la estrella. Sobre ella, Xapi me tendió su mano. ¡Acompáñame!, pareció decirme. Sabedor de que en el local todos observaban mis movimientos, dirigí la mirada a Montse, a los sabios, al panadero, Sergi, al amigo David. Todos, o al menos así lo interpreté, me rogaban que alargara la mano. Por momentos, creí entender ese espíritu del que había oído hablar, el de la Navidad.
Todos lo poseían, todos sin excepción. Sus miradas ya no reflejaban locura, me transmitían ilusión.

Fue entonces cuando el rey Gaspar, un punto harto de la tardanza de mi decisión, soltó una elocuente frase:

“si no crees en lo que siente tu corazón, nosotros no podremos existir”… 

(Continuará)

 

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En un suspiro

Por María José Fresneda, Madrid.

Poseía con música (clica sobre la imagen)

Mientras la dama miraba
sin que sus ojos vieran,
su corazón sentía
y no palpitaba.

Un suspiro corto
casi la sumía
en un éxtasis perpetuo
sin que lo notara.

….y talló deseos en un atardecer de otoño,
….y escuchó a su alma a través del tiempo,
….y sintió sin prisas lo que no llegaba,
….y encontró la calma,
….y se rindió sin miedo.

 

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