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Nosotros

El otoño anuncia desde hoy su avance en lenta opulencia y, poco a poco, se llevará la última brizna del aire cálido de la media tarde del verano. Lo que no se llevará será la calidez de nuestro espíritu, una calidez que anida en nuestros corazones, unos cuantos rotos, otros sanando y algunos, por el momento, intactos. Así es y así se presenta Marisol Marichalar, un corazón que palpita, un amor nuevo, quizás imposible, un corazón que espera y también llora. ¡Es el amor!, nuestro destino inevitable, quizás fatal, pero amor al fin y al cabo. Más vale haber amado y perdido que nunca haber amado… Music from Andre Rieu (Love Theme From Romeo & Juliet) 

Amanecía y el sol dejaba pasar un rayo a través de la rendija. Me desperté y agradecí estar viva otro día más… alguien vendría pronto a rescatarme.

Nuestras miradas cruzadas,

nuestro corazón palpitando,

nosotros separados,

este amor nuevo,

este amor imposible,

este amor anhelado,

este amor separado.

Soledad de mi lágrima llorada,

en la oquedad del corazón inerte,

que de tanto esperar no espera nada.

 

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Cartas de amor y ruptura, II capítulo

Por Elizabeth Vargas, San Juan de Puerto Rico

Relato con música. “Sigue aquí, sé feliz”, del grupo A Media Luz. Mariela Redondo y Javier Cardona

Después de la lucha interior que tuve, me armé de valentía y llevé el sobre al correo. Allí estaba el agujero donde debía depositar la carta. Abracé el sobre fuertemente, como si fuera Rodrigo. Me parecía sentirlo ahí. Deposité la carta en el correo y tuve que salir a prisa.

De nuevo, no me podía contener, lloré con sollozos, pero ya estaba hecho. Ahora solamente me quedaban los recuerdos de lo que pudo ser un gran amor.

-No se puede detener el tiempo y menos enmendarlo, pensé.

En el otro lado del mundo era la hora de descansar y Rodrigo se disponía a llegar a su cuarto. Allí hacía su ritual nocturno, releía una de las muchas cartas que tenía de Maia, contemplaba su foto y le hablaba como si la tuviera de frente. Así pasaban las semanas y los meses, mientras él esperaba el regreso a su casa y el gran reencuentro.

Después de algunos días, llegó la nueva carta que tanto anhelaba.

– Veo que buscaste tu correspondencia, a mí se me olvidó.

– Sí Gustavo, sé que hoy dormiré feliz.

– Hombre parece que estás muy enamorado de esa chica, todavía no abres el sobre y no dejas de sonreir.

– Ella es mi vida.

– ¿Es tu esposa?

– Pronto lo será, solamente espero que llegué el momento de dejar este buque y volver a casa.

– Lo dices con tanta emoción muchacho, se ve que todavía no enfrentas la realidad que otros marineros vivimos.

– ¿De qué hablas?

– ¡Nada! Son cosas mías, me voy a dormir que hoy los ataques fueron fuertes y no sabemos si mañana estaremos aquí o cambiarán la estrategia.

– Bueno, que descances.

– ¡Gracias hombre! tú disfruta del amor mientras dura.

No me gustaron las palabas de Gustavo, pero él sabrá lo que vivió.

Al fin llegué a mi cuarto y me tiré en la cama para leer esas mágicas palabras que siempre llenaban mi corazón de aliento y alimentaban mi espíritu.

Sacó la carta del sobre y esta vez solamente había una hoja.

-¿Qué pasaría que la carta es tan corta?, me cuestioné. Mientras leía noté que el tono era bien diferente, no era la Maia que me enamoró con sus cartas.

Terminé y no lo podía creer. No comprendía y no quería entender lo que decía en aquella misiva. Un sabor amargo, inexplicable, comenzó a bajar por mi garganta. Esta vez las palabras causaban una herida muy profunda. Era una despedida, estaba rompiendo todos mis sueños. Me pregunté, una y otra vez, adónde se había ido la ilusión y todo el amor que plasmaba en cada oración de las demás cartas.

Solamente venía a mi mente aquella noche en el muelle de San Juan, donde la conocí. Ese primer y único encuentro había sido fascinante. Yo, que no creía en esos cuentos del amor a primera vista, había quedado hechizado aún con su tímidez. Se hizo tarde, era la hora de partir, intentamos despedirnos varias veces, pero no podíamos.

En una noche queríamos contarnos toda la vida y que mucho reímos. Me tocaba partir así que le robé aquel beso. Recuerdo que bajó la cabeza, estaba sonrojada y con una sonrisa en sus labios. Me fui a esta nueva misión con una actitud muy diferente, con deseos de regresar y de estar a su lado. Me llevé solamente un pedazo de papel con sus datos y el recuerdo de sus labios.

Después de tantos meses, pensé que la conocía de toda la vida, estaba seguro que ella también había sentido lo mismo que yo, pues en cada carta que nos escribimos únicamente había ternura, amor y pasión. Quería pensar que estaba dormido, que era una pesadilla y que pronto despertaría.

 

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