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Con el cielo como techo

Hay ocasiones en que el viejo de la imprenta y yo dormimos con el cielo como techo. Y, entonces, como si emocionalmente siempre estuviera en la luna, me cuenta sus recuerdos. Son recuerdos que traen el eco de un patio sembrado de pilistras y un mostrador rezumante de aromas florales donde reinaban cantes y bailes anunciados en un bautizo, prolongados en la primera comunión, fermentados en bodas de cuatro lunas, asentados en fiestas sin motivo aparente y que no se apagaban ni siquiera con el funeral del viejo.

Luego, me habla de la fuerza de Titán, la luna de Saturno. Océanos de metano espaciados entre sí por cientos de años, con una fuerza de gravedad tan bajita que, cuando se evapora y llueve, forman gorditas gotas que caen muy, muy despacio. Es, entonces, cuando todo flota y tiene su gracia, espaciado entre sí por eternos instantes.

– Me encanta tu fuerza, querido viejo.

– Es como la de la cuerda de un barco, que la tensas y te acerca a una nueva orilla.

Desde Muro (Mallorca), Ventafocs nos habla de lo que nunca nos puede faltar en la vida.  Música, heaven.

Foto: Per molt alta que sigui una montanya mai podrà tapar la Lluna

 

Mi tejado y mi casa se han quemado; ya nada me priva de ver la luna que brilla… y desde entonces, por muy alta que sea la montaña, ya nunca podrá taparla.

 

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Amalgama

El pasado no ha muerto, dice Faulkner, “ni siquiera ha pasado”. Hay veces en que vuelve el pasado, acude el futuro y se encuentran en el presente. Otras en que el tiempo no importa porque se ha desarticulado; porque todo, presente, pasado y futuro, está ocurriendo o siendo a la vez. Tú debes elegir porque las más de las veces el futuro nos tortura, el pasado nos encadena y he aquí porqué se nos escapa el presente.

Una preciosa reflexión de Olga Prieto (Baix Llobregat, Barcelona) acerca del país de Serendip, un mundo de complejas emociones, de emociones del pasado y mañana, ya veremos. Música: sólo una mujer, sólo un país, sólo un recuerdo, ¡todo!.

El tramo de vida que caminamos hacia delante _se hace camino al andar_ arrastra experiencias pasadas_el pasado no ha muerto, nunca lo hace_y en la conjugación de éstas con las nuevas_fui lo que eres, serás lo que soy_resurge el presente vivido, confundiéndose con un pasado ya fundido en un presente futuro_dejadme que siga con mis recuerdos, pues de ellos vivo, lo cual es lo mismo que vivir de esperanza, ya que quien no tiene  pasado carece de futuro, y quien no ha hecho nada, no puede saber lo que va a hacer_ Amalgama de vivencias vividas expectante y anhelante de satisfacer deseos y ilusiones ansiadas.

 

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Porque un día dejé de serlo, vuelvo a ser

En un plácido atardecer de agosto, en el protegido retiro de su playa, agotando el último de los primeros días de su vida antes de arremangarse para los ensayos de su nueva vida, ella conversa animadamente con ella. Resguardada ya del sol, los pensamientos fluyen al compás de la naturaleza. La brisa, caprichosa, envuelve el momento. Hay palabras, ideas que brotan sosegadamente. No hay prisa.

De repente, mira al cielo y descubre el vuelo de la gaviota. Saborea la libertad del animal como si fuera la propia. Todo es consecuencia de la constancia y de la profundidad con que se vive en cada momento. Lo traduce. Lo hace suyo. En un acto de continuidad, ella regresa a su conversación con ella mientras el ave, eterno pasajero circunstancial, desaparece en el alto azul llevando al viento un alma transparente, un carácter fluido.

Porque existen cosas que sólo puede hacer uno mismo, un breve relato que surge de la inspiración y del profundo pensamiento de Maite Arbonés (Lleida), en un estilo muy personal en que los ojos clavan las frases dichas y escritas como alfileres, dulces alfileres. Con música y mucho amor, porque la vida es como una caja de bombones…

– ¿Duermes?

– No sin un sueño.

– ¿Te levantas?

– No sin un motivo.

– ¿Vives?

– No por nadie que no esté dispuesto a vivir por mí.

– ¿Y tu ayer, y tu mañana?

– Ningún día se parece a otro.

– ¿Parece que…?

– Nadie se parece a mí.

– ¿Quién te hará feliz?

– Sólo hay una persona capaz de hacerme feliz para toda la vida.

– ¿Quién es?.

– Yo mismo, yo misma.

Porque un día dejé de serlo, vuelvo a ser.

 

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En la estación (te espero)

El tren de las 8:35 ha llegado a su hora. Nunca llega a su hora. Quizás iba Dios en él. Esperaré. Qué importa, llevo media vida esperando. Dicen que las cosas buenas les pasa a los que esperan. La cuestión es ¿cuánto hay que esperar?. Espero que alguien me diga cosas que necesito escuchar. ¡Dios, ¿estás ahí?. ¿Merece la pena esperar?. ¿Qué derecho tenemos a esperar algo de los demás?.
Una poesía, con música, de Antonio Moya Garrido, de Murcia, sobre la espera, sobre saber esperar, sobre si debemos esperar.
Llegas sin esperanzas, con los trenes,
porque tal vez ignores en qué momento… ocurrirá la huida.
Traerás algo de hiel bajo tu pecho,
algo de almendra amarga en tu jornada.
Yo no te lo reprocho.
Vine pronto a esperarte a esta estación repleta de vaivenes
y sé que te han llovido dolores y ciudades para ser precavida.
Yo no te lo reprocho. Te espero.
Vine pronto a esperarte…
Todo se mezcla, todo:
viajeros, equipajes, vagones, golondrinas,
cafés, mozos, diarios, rostros, megafonía…, todo, todo se mezcla.
Yo no te lo reprocho. Te espero. Vine pronto a esperarte.
Tal vez me veas distinto cuando bajes y pises las flores amarillas;
he sido fatigado por tristezas,
por abismos que al alma se ceñían,
por ruiseñores que apagaron su canto.
Tal vez me veas distinto
porque dejé escapar las primaveras,
y voy con la tez pálida por falta de caricias.
Pero es mayo.
Yo no te lo reprocho. Te espero. Vine pronto a esperarte. En la estación, espero.
Estoy. Vine a esperarte.
Y en los largos cigarros de la espera
quisiera que llegases más ligera
sin ser cuestión de horarios ni de brújulas;
quisiera que arribases más liviana,
más sola de prejuicios, olvidándolo todo:
todo lo que se impuso a tu mirada,
todo lo que ignoraste en los laureles…
Y así, cuando me encuentres,
cuando dejes hermético el vagón
y sientan tu pisada los difuntos,
quiero que juegues a participarnos,
a cambiarnos palabras y apetitos,
a anochecernos bajo el sol de mayo.
Piénsame aquí: te espero.
Solo, con lo que llevo: te espero. Solo, con lo que traigo.
Yo no te lo reprocho. Te espero. Vine pronto a esperarte. En la estación, espero. Sol de mayo.
 

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La nineta dels teus ulls (la niña de tus ojos)

Existe una frase, de las muchas que guardo, que, metafóricamente, da todo el sentido a situaciones en las que el ser humano con corazón se ve sumido con demasiada frecuencia: el abandono, el dolor, tanto físico como anímico, la frustración de ver cómo unos años de vida y entrega se los lleva la historia porque alguien tira de la cadena y, si se resiste, emplea la escobilla. Dicha frase reza así: “hay muertos que pesan tanto en los vivos que, a veces, ocupan su lugar”. Sin embargo, también aprendí que debemos recordar “a los muertos” pero también hay que hacerles un lugar a los “vivos”.

Que la vida es corta lo sabemos todos, aunque preferimos olvidarlo para seguir viviendo. Pero, ¿qué es lo importante?. Eso lo saben bien quienes han sobrevivido y sobreviven a un accidente, a una enfermedad, los solitarios, cuyas vidas son tristes, míseras, rutinarias, como Van Gogh, los que están expuestos a peligros constantes, los que por amor entregan su vida a los demás. Cuando les preguntas te dicen que lo importante tiene que ver con el afecto, el bien, los sentimientos buenos y profundos, los momentos, los pequeños momentos. Te dicen que con la mitad se puede vivir el doble de feliz. Como dijo Charles Dickens, “reflexiona sobre las bendiciones presentes que posees; no sobre tus penas pasadas de las que todos tienen”.

Un relato escrito en la alborada, cuando el sol se batía en enconada lucha con las nubes por despuntar (y no lo consiguió), por Yolanda Torrent, de Mollet del Vallès (Barcelona). Unas palabras que nos hablan de quiénes somos, de qué queremos, de lo que nos debe importar cuando “esos molestos muertos” tratan de ocupar el espacio de los vivos y de otros muertos que se han ganado el cielo y que siguen vivos, más que nunca. Y con música a cuestas, porque nunca nos debe faltar la música, que Dios se apiade de las almas de “esos muertos” porque carecen de corazón.

 

(versión original)

Als meus pares.

Jo cada dia els parlo, els beso i els dedico una bona estona. ¡Pare, percebo la teva presència!. ¿Recordes, pare?. Jo era la nineta dels teus ulls. I sóc qui sóc gràcies a tu, pare. A tu et dec els valors, aquells valors en els quals creies. Et noto, estàs amb mi, però donaria la mitja vida que em queda per tornar a escoltar la teva veu. Canta’m una cançó, com quan era petita, la nineta dels teus ulls.

A mis padres.

Yo cada día les hablo, les beso y les dedico un buen rato. ¡Padre, percibo tu presencia!. ¿Recuerdas, padre?. Yo era la niña de tus ojos. Y soy quien soy gracias a ti, padre. A ti te debo mis valores, aquellos valores en los cuales creías. Te noto, estás conmigo, pero daría la media vida que me queda por volver a escuchar tu voz. Cántame una canción, como cuando era pequeña, la niña de tus ojos. 

 

 

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Desarmando ejércitos

Hay mucha gente buena en el mundo, gente que procura hacer el bien, que ayuda a los demás, que se implica, que se compromete, que da sin esperar nada a cambio, gente que, sencillamente, es y permite ser. Gente, en su inmensa mayoría, anónima, silenciosa, gracias a la cual la vida evoluciona y no se ha sumido en un caos irremediable y absoluto. La vida es bella, lo que es cruel es el mundo. El bien és más poderoso que el mal, pero hace menos ruido. Y esa es, o debería serlo, una de las más poderosas razones de nuestra existencia.

Es cuestión de voluntad. Quieres, puedes. Dijo Einstein: “hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”. Poco antes, Ghandi sentenció: “la fuerza no viene de la capacidad moral, si no de una voluntad férrea”. Y antes que él, Victor Hugo dejó escrito: “a nadie le faltan fuerzas, lo que a muchísimos les falta es voluntad”. Y en la noche de los tiempos quedó grabado el pensamiento de Confucio, aún hoy vigente: “se puede quitar a un general su ejército, pero no a un hombre su voluntad”.

Un relato corto de Jordi Planes, escritor de Vilassar de Mar (Barcelona), extraído de su libro “Crea tu vida” (ed. Índigo), con prólogo de Raimon Samsó. Un relato con música. My immortal.

 

Lo que haces cada día, tú y tu rutina, tú y tu comportamiento, crearán un tipo de relaciones personales. Esas relaciones y tu realidad cotidiana hablarán de ti, sobre lo que eres y lo que sientes, de tal modo que cualquier cosa que prediques y que no esté en consonancia con tus hechos, no tendrá resonancia, no tendrá credibilidad.

Si no ajustas tus prioridades a tu vida diaria, tus prioridades o lo que crees que son tus prioridades, dejarán de formar parte de ti y formarán parte del ejército que boicoteará y distorsionará tu vida, convirtiéndote en un mero actor, a merced del escenario, enmascarando tu esencia y apagando tu luz.

Todos tenemos una razón de ser, una razón especial por la que existir, un motivo que nos invita a compartir nuestra visión con los demás. Todos tenemos un don, aunque muchos, por incredulidad o inseguridad, nos pasemos la vida de espaldas a él.

 

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VISUAL / EPITAFIO (con música)

 

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