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La bestia parda

¿Por qué escribo?, me preguntaron ayer. “Me gustaría decírtelo, pero no lo sé”, respondí ayer. Y no lo dije para no perder una virginidad que no tengo… Eso fue ayer.

En realidad, escribo para saber lo que me pasa, digo hoy. Me gustaría que me hablaras de ti para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar.

Un relato de María del Pino, escritora de Córdoba.

 

La oscuridad del túnel sólo es rota por el sonido que me ha despertado en mitad del traqueteo en el que me hallo. De repente, me percato de que un rugido gutural ha comenzado a sonar a la misma vez que salimos hacia la luz. El basto sonido que pretende engullirme el alma procede de mi espalda. Dudo si mirar o no. Me da miedo ver la cara, o las fauces, de la fiera que dormita tras de mí.

Suspiro, saco fuerzas y volteo lentamente la cabeza. Me sorprendo al contemplar a semejante bestia parda con su enorme boca abierta. No quiero mirar mucho, pero podría decir que la saliva cuelga de su boca como si no le importase mi mirada. Y la verdad es que dudo incluso que lo sepa…
A su lado se encuentra el cuerpo inerte e insonoro de una mujer, cuya cabeza no logro ver. Suspiro y vuelvo la vista al frente, imaginando que la fiera me succiona el cráneo.
Miro a mi lado y veo que mi amor tampoco logra conciliar el sueño. Ambos nos observamos a los ojos durante un buen rato mientras entrelazamos nuestros dedos con más fuerza. Entretanto, el estrepitoso y constante ronquido va en aumento…
«¡Dios mío! ¡Vaya señora! ¡Cómo ronca!», exclamo en mi fuero interno, indignado, en mitad de este autobús de camino a Madrid.
 

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La palabra es el camino

Las palabras son la identidad de las personas que las inventaron, usaron y vivieron… Sin embargo, muchas se van para no volver. Los diccionarios son los que las desentierran pero no son los dioses que les puedan infundir nueva vida. Dicen que nos hemos de acostumbrar a perderlas. ¡No me resigno!, aún cuando, como nos recuerda Heráclito de Efeso, “todo cambia, nada permanece”.

Las palabras desahuciadas, incluso muertas, nos producen nostalgia. Pienso como
se sentiría Cervantes, Machado, Lorca, Unamuno, Hernández y tantos otros si estuvieran en una cafetería, en una oficina, en una escuela… y oyera las palabras con las cuales, en la actualidad, solemos comunicarnos. Pensarían que estamos en otro siglo. Quizá, en otro planeta. Acaso, pensarían que no somos de este mundo.

Soy partidario de los partidarios de las palabras que provocan armonía entre los seres; palabras que les hacen ser amables, palabras beneficiosas. ¿Dónde están esas palabras?. ¿Acaso han sido borradas intencionadamente de los diccionarios por aviesas mentes para que ya nunca el hombre y la mujer puedan hallar la paz de su espíritu?.

¿Acaso nunca más el hombre sabrá dilucidar sus disputas con el arma de las palabras?. ¡Las pistolas, ni de chocolate!. ¿Seremos tan idiotas de despreciar las palabras para que un día, cariacontecidos, sólo sepamos probar la hiel de la crisis, de la derrota y del daño?.

Pienso en lo terrible que es cuando a los humanos nos inundan los silencios. Permanecer callado es uno de los estados más horribles que podemos
experimentar. Poner por escrito las palabras que queremos gritar a los cuatro
vientos es una maravilla a la par que una tragedia del alma. Ya nada es lo que era, las palabras que sanaban de una u otra manera nuestras vidas, dichas por viejos o nuevos
políticos, ya no lo hacen. Y sólo gracias al humor y a la paciencia, podemos
continuar con las palabras que no nacen para un provecho propio. Lo peor es
encerrarnos en nuestro propio silencio.

Con las palabras no se puede decir todo pero se puede escribir todo aquello que no se puede decir con las palabras. Me lo decía hace unos días Marisol Marichalar:

” Escribir no es lo mismo que hablar. Me siento más cómoda escribiendo, aunque no sé expresar todo lo que siento. Con las palabras, me encanta sentir, me encanta ser yo…”.

Y lo hace para conocerse a sí misma, para descubrirse… La palabra es el camino.  No muere lo que se desaparece, sino lo que se olvida…

Clica sobre la imagen. ¡Que tengamos suerte!.

 

 

 

 

 

 

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Así como suena

Decía Blaise Pascal que a fuerza de hablar de amor, uno llega a enamorarse. ¡Nada tan fácil!. ¿Nada tan fácil?. Esta es la pasión del ser humano, hombre o mujer. En la alegría del amor y en el dolor de la separación, lo cierto, como acertadamente decía Pessoa, siempre he querido amar como ama el amor. Lo digo y lo hago con el corazón, pues no sé decirlo ni hacerlo de otra manera. No conozco otra razón para amar que amarte. Y qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es, sencillamente, que te amo. María José Fresneda, de Madrid, ha amado, ama y amará y sobran más palabras. Clica sobre la imagen de María José y ama.

 

Si hay un regalo maravilloso que todos esperamos ansiosamente a lo largo de nuestras vidas, sea lo que sea que ésta dure, es sentirnos amados en algún momento… sin gente que ame, como tú, no sería posible…Gracias por amar. Así como suena! Yo tambien amo…

 

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