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¿Dónde está el amor?

Hoy el sol saldrá y se pondrá. Lo demás, está por decidir, como el amor. Más tarde o más pronto, llega. No es como ir al mercado y seleccionar la mejor pieza en la parada de frutas y verduras. Cuando menos lo esperes… y, si no, siempre nos quedará alguna compañía. Un cuento (con música) de Elizabeth Vargas (San Juan de Puerto Rico)

Los capítulos se repiten una y otra vez, es un cuento que no termina.

-Hija, deja ya de trabajar tanto y busca un hombre con el que puedas compartir tu vida.  Yo he envejecido y me gustaría saber que tienes un compañero cuando yo no esté.

Mami, tú siempre con tus pensamientos sobre la muerte y mi futuro.  Déjame así, yo estoy feliz.

Una conversación habitual entre Leticia y su madre. También, era el discurso y la presión de algunos de sus allegados. La gente no podía entender como una mujer tan hermosa, inteligente y profesional estuviera soltera.

Leticia, a sus 38 años, había alcanzado más de lo que esperaba, pero no era suficiente para su progenitora, con la que vivía en el Viejo San Juan.  Doña Petra insistía en que su única hija no era completamente feliz porque no había tenido tiempo ni suerte para el amor.

El amor llegará cuando tenga que llegar y si no llega, no te preocupes que estoy muy bien acompañada por Lupita.

-Lety, hija mía, Lupita es una gata, no te puede dar el amor y loshijos que necesitas.

¡Jajaja! no me hagas reir mami, ¿quién te dijo que no tengo amor?  Además, ¿por qué necesito tener hijos?  Es más, ni me contestes, creo que ya hemos hablado mucho sobre el tema.  Gracias por preocuparte por mí, pero hasta aquí llegó la conversación, por lo menos si quieres seguir hablando de eso.

Leticia había luchado con las presiones de la sociedad de que las etapas de noviazgo, casamiento y maternidad se viven a cierta edad. A los 30 años, se sintió un poco hostigada, pues Doña Petra se había encariñado con Joel, su último novio.  Su amada madre se la pasaba todo el día con la cantaleta de que se casaran y le dieran nietos.  Sí, nietos, en plural, porque la señora sentía que la casa estaba vacía, quería risas, gritos y juguetes tirados por el piso.

Aunque Leticia no tenía prisa por casarse, Joel era el amor de su vida. De eso, no tenía duda. La enamoraba con cada detalle, era un hombre enfocado, muy profesional e intelectual, justo lo que ella quería. Compartían poco por la complejidad de sus trabajos, pero esos instantes que pasaban juntos eran mágicos y la hacían muy feliz. Eran compatibles y tenían muchos sueños en común.

 

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La palabra es el camino

Las palabras son la identidad de las personas que las inventaron, usaron y vivieron… Sin embargo, muchas se van para no volver. Los diccionarios son los que las desentierran pero no son los dioses que les puedan infundir nueva vida. Dicen que nos hemos de acostumbrar a perderlas. ¡No me resigno!, aún cuando, como nos recuerda Heráclito de Efeso, “todo cambia, nada permanece”.

Las palabras desahuciadas, incluso muertas, nos producen nostalgia. Pienso como
se sentiría Cervantes, Machado, Lorca, Unamuno, Hernández y tantos otros si estuvieran en una cafetería, en una oficina, en una escuela… y oyera las palabras con las cuales, en la actualidad, solemos comunicarnos. Pensarían que estamos en otro siglo. Quizá, en otro planeta. Acaso, pensarían que no somos de este mundo.

Soy partidario de los partidarios de las palabras que provocan armonía entre los seres; palabras que les hacen ser amables, palabras beneficiosas. ¿Dónde están esas palabras?. ¿Acaso han sido borradas intencionadamente de los diccionarios por aviesas mentes para que ya nunca el hombre y la mujer puedan hallar la paz de su espíritu?.

¿Acaso nunca más el hombre sabrá dilucidar sus disputas con el arma de las palabras?. ¡Las pistolas, ni de chocolate!. ¿Seremos tan idiotas de despreciar las palabras para que un día, cariacontecidos, sólo sepamos probar la hiel de la crisis, de la derrota y del daño?.

Pienso en lo terrible que es cuando a los humanos nos inundan los silencios. Permanecer callado es uno de los estados más horribles que podemos
experimentar. Poner por escrito las palabras que queremos gritar a los cuatro
vientos es una maravilla a la par que una tragedia del alma. Ya nada es lo que era, las palabras que sanaban de una u otra manera nuestras vidas, dichas por viejos o nuevos
políticos, ya no lo hacen. Y sólo gracias al humor y a la paciencia, podemos
continuar con las palabras que no nacen para un provecho propio. Lo peor es
encerrarnos en nuestro propio silencio.

Con las palabras no se puede decir todo pero se puede escribir todo aquello que no se puede decir con las palabras. Me lo decía hace unos días Marisol Marichalar:

” Escribir no es lo mismo que hablar. Me siento más cómoda escribiendo, aunque no sé expresar todo lo que siento. Con las palabras, me encanta sentir, me encanta ser yo…”.

Y lo hace para conocerse a sí misma, para descubrirse… La palabra es el camino.  No muere lo que se desaparece, sino lo que se olvida…

Clica sobre la imagen. ¡Que tengamos suerte!.

 

 

 

 

 

 

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