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Arriesga

Dijo en una ocasión Van Gogh: “¿qué sería de la vida, si no tuviéramos el valor de intentar algo uevo?”. Ciertamente, hay que tomar decisiones cuando se está “en el ajo”, porque teorizar es algo muy fácil. Y pese a los reveses de la vida, debemos arriesgar. Debemos correr los riesgos simplemente porque el más grande de los peligros de la vida es no arriesgarse. Las personas que no arriesgan nada no tienen nada, no hacen nada. Tal vez podrán evitar el sufrimiento y la tristeza, pero no logran aprender, sentir, cambiar, crecer o vivir. Solo cuando una persona arriesga, es verdaderamente libre. Quien quiere llegar busca caminos, quien no quiere llegar buscar excusas.

Nos lo cuenta con música Cristina Jiménez-Buil, de Madrid

Aunque reír es arriesgarse a parecer imbécil.

Aunque llorar es arriesgarse a parecer sentimental.

Aunque acercarse a alguien es arriesgarse a involucrarse.

Aunque mostrar tus sentimientos es arriesgar a que te sonrojes.

Aunque exponer tus ideas o tus sueños a una multitud es arriesgarse a perderlos.

Aunque amar es arriesgarse a no ser amado de la misma manera.

Aunque vivir es arriesgarse a morir.

Aunque desear es arriesgarse a ser defraudado.

Aunque intentar es arriesgarse a fallar…

 

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Resquicios de amor

Tienes la piel de serpiente y te mudas cada vez que vienes reptando a mis brazos. Y vuelas tan alto, y a veces tan bajo, que duele. Y es entonces cuando te suplico que me cuentes por qué cuando menos lo espero, cuando me he curado, la vida me depara otras sorpresas. Y siempre, sin darme apenas cuenta, dejo una puerta abierta al amor. Y busco aquellas palabras que alivien mi dolor. Quisiera sentir como el amor alivia como la luz del sol tras la lluvia.

Un relato de Lorena Pérez García, de su blog Mi propio Cajón de Sastre, de Madrid. Un relato sobre la belleza y el dolor del amor porque, más vale haber amado y perdido que no haber amado nunca.

A veces en la soledad de mi mirada, recuerdo las veces que tanto tiempo te quise. Las veces que tortuosamente miraba a mi alrededor deseando encontrar unos ojos familiares, los tuyos.

Tantas veces deseaba aquello, que conseguí alzarte del alma mía, construirte un altar para ti solo, donde pudiera adorarte como se adora a un dios, donde pudiera rendirte el culto que para mí te merecías. Pero todo eso no era amor, o sí, quién sabe, todo eso nadie sabe que era, ni siquiera yo. Quizá fuera la máscara oculta de aquella persona que tiene miedo a querer a alguien de verdad y únicamente se enamora, o encapricha de aquellos a los que sólo puede adorar en la lejanía.
Ya lo dijo el escritor: solo los amores imposibles duran para toda la vida, y para una persona como yo, que tiene miedo a lo efímero del amor, a la capacidad innata que tenemos las personas de amar hoy y olvidar mañana, sólo un amor imposible es capaz de satisfacer mis ansias de adoración eterna.
Me da miedo el amor. Aunque para ser exactos me da miedo lo efímero de este. ¿El amor dura para toda la vida? Hay una canción del maestro Sabina que dice que hay amores eternos que duran sólo un invierno. ¿Podemos amar un instante y que sea eterno? Y acaso ¿podemos amar una eternidad y que solo sea un instante? Finalmente, el tiempo, todo gira en torno a él.
Que maravilloso sería decir que el amor nunca se acaba. Pero ya no me lo creo. Puede que sea porque nunca me he enamorado, pero no creo que dure para siempre. La sociedad a nuestro alrededor así lo dice. Últimamente todo a mí alrededor así me lo dice. Será quizá por eso que he dejado de ser la romántica de libro que he sido siempre, para volverme una incrédula que se aleja de los sentimientos que pueden resultar tortuosos.
Y a veces por un resquicio de esa frivolidad se cuela un suspiro para recordarme que una vez escribí aquellos versos que hoy me gusta leer. Para recordarme que una vez alguien era capaz de dejarme sin aliento durante los instantes que estaba en su presencia sabiendo que nunca podría ni rozarle.
Amaba a un imposible, suena tan surrealista, tan de un pasado… pero al menos entonces amaba.
 

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Serás la mirada que fluye sin esfuerzo

Decía Stefan Zweig: “no basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre presente. Es entonces cuando la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre”. Y, en esta misma línea, André Malraux acertó a decir: “la muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida”. Y es difícil medir el valor de la vida de una persona. Para unos se mide por los seres que deja atrás. Para otros, se mide por la fe. Para otros, por el amor. Para otros, la vida es un mero tránsito, y carece de significado alguno.

Sin embargo, y como quiera que la muerte es algo inevitable porque forma parte de la vida, y mientras no se encuentre el secreto de esa vida, prefiero aferrarme a la idea de que la muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y de manera definitiva.

Hace dos años, falleció el hermano de un buen amigo, Xavier Gálvez, tras superar un cáncer y generar otro. Fue, me cuenta Xavier, una persona lúcida, íntegra y digna hasta el último momento, una de esas personas que supieron darle un valor a la vida, incluso en el mismo momento de atravesar la puerta solitaria.

El último mensaje que le dedicó a Xavier sabedor de que la muerte vencía fue:

– “Xavier, tens por?…així m’agrada. Tú pots, fés-ho”.

Un relato con música y a cuatro manos de Xavier Gálvez (Barcelona) y Goyo Martínez (Mollet del Vallès, Barcelona). En recuerdo de aquellos que se fueron pero que nunca nos dejarán, porque la distancia nunca hará el olvido y no muere lo que desaparece sino lo que se olvida.

 

Parlem de tu, però no pas amb pena. Senzillament parlem de tu. De com ens has deixat, del sofriment lentíssim que va anar marfonent-te. De les teves coses parlem i també dels teus gustos, del que estimaves i del que no estimaves, del que feies, deies i senties; de tu parlem però no pas amb pena. I, a poc a poc, esdevindràs tant nostre que no caldrà ni que parlem de tu per recordar-te. Poc a poc seràs un gest, un mot, un gust, una mirada que flueix sense dir-lo ni pensar-lo.

Hablamos de ti, pero no con pena. Sencillamente hablamos de ti. De cómo nos has dejado, del sufrimiento lentísimo que te consumió. Hablamos de tus cosas, y también de tus gustos, de lo que querías y de lo que no querías, de lo que hacías, decías y sentías; de ti hablamos pero no con pena. Y, poco a poco, te harás tanto nuestro que no será necesario que hablemos de ti para recordarte. Poco a poco serás un gesto, una palabra, un gusto, una mirada que fluye sin decirlo ni pensarlo.

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La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.
Antonio Machado, (1875-1939)
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Ese pequeño milagro…

Veo la vida como a mí me gustaría que fuera, como un cuadro que excluye lo feo y lo sórdido, como un crepúsculo de Turner: amor. Amor, incluso cuando escribo del dolor y del sufrimiento, y de gente enterrada viva. Y lo hago con el mimo de un pastelero. Quizas no parezca mucho, pero este es mi pequeño milagro.

Unos versos de amor de Andrés Ruiz Fernández “Martillo”, de Córdoba, un ser que ha conocido el dolor, el verdadero dolor, y que se manifiesta con la ternura y la fuerza que una tierra como Córdoba pueden dar. Un relato con música, One.

Cuando siento la brisa del amor,

ese amor verdadero,

y el calor de su corazón,

anhelo recoger tu pañuelo

para no sentir la soledad que alguién me dejó.

 

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Bienvenido míster Smiles

Decía Samuel Smiles que la vida tiene su lado sombrío y su lado brillante; de nosotros depende elegir el que más nos plazca. Hay quien cierra los ojos durante mucho tiempo porque no está preparado para ver la vida. Y cuando los abre no le gusta lo que ve y los vuelve a cerrar. Hay quien dimite de la vida y busca la solución en el fondo de una botella. Hay quien no ha tenido tiempo de averiguar qué era lo que más le gustaba en la vida, y fue león por un día y el resto de sus días, oveja. Hay quien lucha toda su vida y, en la hora del recuento, sentencia que ha valido la pena. Hay quien se pasa la vida navegando a la deriva en el puerto de la paciencia de la vida de otros. También hay ciclos de vida que se suceden continuamente, tejiendo sólidas cadenas tróficas. Hay quien se pasa la vida reconciliándose con la vida. Otros la viven a un ritmo fulgurante y cuando se han dado cuenta, ya no viven. Para algunos, la vida es una estafa: uno crece, envejece y muere y otros la viven sin asideros, enfrentados a una escalada de violencia que termina en actos absurdos cuando no en soflamas esperpénticas y debates perversos a modo de catarsis.

Yo, particularmente, prefiero quedarme con aquellos que poseen la fuerza y el amor a la vida de quienes conocen la fragilidad humana y saben que en cualquier momento todo lo que se ama y toda normalidad que se da por supuesta (hablar, pensar, comer, beber, cantar, berrear…) puede desaparecer de forma imprevista, súbita, cruel.

La vida es como una partida de ajedrez. Un mal movimiento obliga a entregar la partida, con la diferencia de que en la vida no hay oportunidad de jugar la revancha. Y cuando nos hemos dado cuenta estamos a la puerta del asilo, aquel lugar al que va la gente cuando la vida ha acabado con ellos antes de que ellos hayan acabado con su vida.

Nos lo cuenta Mar Morales, desde Pamplona en cuatro líneas que resumen una vida. Relato con música.

 

La vida se divide en cuatro partes: Amar, Sufrir, Luchar y Vencer.

El que ama, sufre;

el que sufre, lucha, 

y el que lucha, vence.

 

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No tengáis miedo

El dolor, el sufrimiento, incluso la muerte del prójimo, nos recuerda lo resistente que puede ser el espíritu humano cuando quiere serlo. Tenemos miedo, sí, pero el miedo cuenta, nos hace más humanos, incluso. Y enfrentarse a los miedos es el único método posible de vencerlos.

Un día le mostré el miedo a María del Carmen Escriña (Madrid) y ella me regaló seguridad. Una acertada composición, no tanto por lo que contiene sino por lo que sugiere, acompañada de su sonido, compases que transportan a lugares imaginarios, quizás imaginados.

No tengáis miedo a los gritos de dolor, mudos;

gritos que solo se transmiten con la mirada;

gritos que habitan en los profundo de vuestro espíritu;

gritos mudos.

Dejadlos que pasen;

parten el alma, dolor;

luego, enseñan, renuevan,

los gritos mudos. No tengáis miedo.

Aguantadlos, gritan sin voz;

Y dejad que escapen a través de vuestros ojos,

gritos sin voz.

Una vez han escapado,

la calma vuelve, la paz se instala,

gritos que se fueron.

 

 

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Alas de mariposa

Y Al tercer día, Robert (Manrique) supo que había sido víctima de un atentado terrorista. Le había tocado a él. Con graves quemaduras en el rostro, brazos y manos, comenzaba a entender que su vida sería diferente para siempre. Se había enfrentado a la muerte y descubriría otra vida… Y en el quirófano sonó la canción:

¿Quién sabe dónde el camino puede conducirnos?, sólo un idiota diría

¿Quién sabe si nos encontraremos a lo largo del camino?

¿Quién sabe dónde los vientos nos harán volar?, sólo un idiota diría

¿Quién sabe si alguna vez alcanzaremos la orilla?

Sigue un son naciente con los ojos que sólo pueden mirar fijamente

¿Qué tipo de fuego nos quemará allí?, sólo un idiota diría.

Era viernes, 19 de junio de 1987. Amaneció plomizo, de color munición, un presagio. Poco después de las cuatro de la tarde, una mariposa que volaba por el cielo del norte había agitado tan poderosamente las alas que sus efectos fueron devastadores. De repente, el lugar se convirtió en la cocina del infierno. El coche bomba hizo explosión bajo sus pies. El material incendiario, hecho añicos, se adhirió a cuerpos humanos, a temperaturas que alcanzaron los tres mil grados. Vio pasar su vida ante sus ojos en décimas de segundo, como en una película en blanco y negro. A la cabeza le vino el recuerdo de un florero adornado con hojas sobre una mesa cuadrada.

Clica sobre la imagen. Sagrada Familia, música de Alan Parsons Project

Del libro “Pido la Palabra, crónica íntima de las víctimas del terrorismo”, Ed. Lectio, 2008. Goyo Martínez.

 

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