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Nunca subestimes a una rata (El quiosco)

A propósito de cómo, por qué, quién y dónde se gestó la actual crisis que no sólo es económica sino también de valores, sociales, culturales, de fe. Por la periodista badalonina Mercè Roura, que siempre da en el clavo.

 

Ahora ya poco importa, pero debemos saber que la crisis se inventó en un despacho lujoso, con buenas vistas. La crearon tres mentes brillantes y poderosas cuyos nombres no sabemos ni sabremos nunca. No salen en los periódicos, no tienen cuenta en twitter ni forman parte de ningún gobierno. Fueron tres hombres con corbata y móvil caro.El que llevaba la voz cantante dijo : “Tenemos que controlar el mundo, se nos escapa de las manos, es demasiado libre. Tenemos que crear miedo.”

El primero de los hombres poderosos propuso crear un virus letal. El de la voz cantante le miró con un destello de asco en el gesto y dijo que aquello ya lo habían intentado antes y no funcionaba porque siempre encontraban la manera de sobrevivir, “son como ratas, recuerda”.El segundo propuso impulsar una nueva religión a través de las redes sociales y captar adeptos que propaguen el mensaje de pánico hasta generalizarlo. “No servirá” dijo el más poderoso, “el hombre se ha convertido en un dios y ya no le teme. Lo que hay que hacer es generar una crisis económica.” Los dos primeros hombres poderosos se asustaron, una muestra inequívoca de que la propuesta era buena. Uno de los dos le advirtió de que una crisis económica es incontrolable y que nunca podrían llegar a saber de sus consecuencias hasta que todo hubiera terminado.

Después de horas, la propuesta de la crisis se dio por acertada. Se aflojaron las corbatas y empezaron a tomar medidas. Al final de la reunión, cuando el hombre de la voz cantante apagaba la luz al salir, “vamos a entrar en recesión pronto, hay que ser precavidos” comentó mientras sonreía, el primero le preguntó :¿No crees que sobresestimas el miedo?

“Amigo, le contestó el hombre más poderoso, cuando alguien tiene miedo se aferra a lo básico para sobrevivir y acepta que le des sólo migajas para salvar a los suyos. Un hombre asustado es un hombre sin sueños, sin más motivación que su supervivencia, sin ilusión. Créeme, una rata con sueños es capaz de todo, de crear un imperio, de cambiar el mundo. No subestimes a una rata nunca motivada que se levanta cada día a las seis de la mañana con una idea en la cabeza … Lo sé porque yo un día hace mucho fui rata. “

 
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Publicado por en 05/04/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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Su eminencia, soy su oveja

No me hace falta ir a la Iglesia para ver a Dios, en el caso de que quisiera verlo, aunque lo busco y nunca lo encuentro, por más que muchos, bienintencionados, me dicen que lo llevo dentro. Y, aún así, le diría a Dios que si quiere hacerme creyente, primero debería comenzar por eliminar a algunos de sus pastores. En una ocasión, mi “querido profesor y amigo” Miquel Quintana me dijo, con toda la razón del mundo: ¿ qué clase de religión es ésta, la católica, que trata a sus líderes como “pastores” y a sus seguidores como “rebaño”?.

No hacen falta más palabras para presentar este breve relato de David Creus, de Mollet del Vallès (Barcelona), el cual suscribo porque refleja la realidad de un universo en el que ya no sabemos de quién somos hijos… espitiruales.

Relato con música (con permiso eclesiástico)

Viajamos sin rumbo por un mundo de guerreros hipócritas, cuya única batalla es convencernos de que existimos gracias a sus logros.

Su único y verdadero interés no es otro que miremos a nuestro alrededor con los ojos vendados para que puedan campar a sus anchas por una sociedad inventada por su Cristo.

Caminan por nuestras vidas destrozando todos nuestros valores, aquellos que aprendimos al poco de nacer, creando una vida ficticia donde su líder se disfraza de rey.

 

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Condena a una gitana

Es definitivo. Han violado a la justicia. La señora Justicia es ciega para unos casos y ve, en otros. ¿Qué ha sido de los tres grandes valores que debería sustentar en su balanza?: humanidad, proporcionalidad y resocialización. Crisis absoluta. Sueño un mundo sin prisiones y, si existen, como decía Beccaria, que “la compasión y la humanidad penetren las puertas de hierro”.

Un juzgado de Mataró ha ordenado el encarcelamiento de una joven gitana para cumplir una pena de un año y dos meses por un intento de robo cometido hace ocho años. Y Felix Millet, el saqueador confeso del Palau de la Música, de donde se apropió de miles, de millones de euros, en libertad.

S. – no revelaré aquí ni su identidad ni su lugar de residencia para evitar que la ciudadanía sin sentido común y sin escrúpulos, una raza desgraciadamente hoy muy extendida, castigue aún más su pena- ha ingresado en prisión con un bebé a cuestas, para amamantarlo. Sí, cometió el delito. Sí, es culpable. Y debe pagar el precio de su acción ocho años después, con tres hijos y un marido en el paro.

Y Millet y tantos otros que han saqueado arcas públicas y privadas, en la calle. El delito de S. se remonta al 20 de enero de 2004 cuando, en unión de otras dos personas, robaron objetos por valor de 395 euros en un establecimiento de Mataró (Barcelona). S. ni siquiera fue la autora material del robo. Se limitó a ejercer labores de vigilancia en la puerta de la tienda. Sí, delinquió. S. no tenía antecedentes penales ni reincidió.

La instrucción judicial del caso, que se remonta a 2004, acabó en juicio años más tarde y la sentencia se emitió en 2007. Poco importó que S. fuera esposa, madre y trabajadora. Hoy, ya da en prisión con su antiguo delito, su pena y su bebé, como si fuera un fardo de semillas recogidas tras una extenuante jornada bajo un sol abrasador. Sí, delinquió. Y centenares de ladrones de “cuello blanco”, en la calle.

Las víctimas del robo, algunas lesionadas de carácter, nunca reclamaron. Da lo mismo. S. pagó la multa de 120 euros que se le impuso por una falta de lesiones que, según la sentencia, no quedó demostrado quién la cometió. Da lo mismo. Sí, delinquió. Y para escapar asió un trozo de cristal para huir del lugar de los hechos sin herir a nadie. Sí, es culpable.

Sí, S. es pobre, es gitana y casi analfabeta pero también es joven, madre, trabajadora y, ocho años después – he aquí otro de los grandes males de la Justicia, su velocidad-, ha ido a prisión por mor de que la Justicia ha sido ciega.

La misión de la pena privativa de libertad, amén de la inmediatez que debe comportar por el factor correctivo, es, o debería ser, la rehabilitación y la reinserción de la persona que delinque. Pero se da la circunstancia de que S., por sí sola, ya se había rehabilitado. Lo contrario, es convertir la prisión en un plus de la pena, como una doble condena, convirtiéndola en un puro instrumento retributivo. El castigo por el castigo.

Hoy, en las prisiones catalanas y españolas se amontonan miles de presos muchos de los cuales podrían estar sujetos a regímenes penitenciarios más flexibles, sin riesgo de reincidencia. Sin embargo, el populismo punitivo que vive España ha vuelto a convertir la cárcel en la medida estrella de la respuesta a los conflictos sociales, y no todo puede fiarse a la prisión.

Estaremos de acuerdo en que existen conductas que, por su entidad cuantitativa y cualitativa, merecen prisión pero fiar a prisión un delito menor perpetrado hace 8 años, como el cometido por S., es distorsionar por completo los principios -desgraciadamente hoy en crisis y reducidos a cenizas- de los sistemas penal y penitenciario.

El Código Penal vigente, aprobado en 1995, es uno de los más maltratados en el mundo, con 27 reformas operadas en poco más de una década, a cada cual más severa y gravosa. Y todo, en aras a una supuesta percepción de inseguridad global que el legislador ha empleado como argumento de respuesta a la criminalidad de baja y media intensidad que no da respuesta precisa a esos comportamientos.

Las leyes penales, aprendí, deben aplicarse en función de la realidad social y de su tiempo. Hoy, ya no es así. En el caso de S. se podrían haber aplicado medidas penales alternativas – trabajos en beneficio de la comunidad-; se podría haber dejado en suspenso la ejecución de la condena; se podría haber… No. Hoy, con su bebé a cuestas, S. paga con la cárcel un delito que no merece prisión.

S. y su familia pensaron en huir. Pero la mujer fue consecuente y valiente. Sí, delinquió. Y compareció voluntariamente en el juzgado para someterse, en este caso, al enorme peso de la ley y la mirada indiferente del juez.

Y con miedo, miedo al mañana, con el bebé a cuestas y pecho al descubierto para darle su necesaria leche, da con su “terrible” pena en prisión.

S. delinquió, sí. S. es pobre. S. es casi analfabeta. S. es gitana. Y hoy, quizás, aprenda alguna nana de cebolla.

Justicia, mírame. ¿ Qué le puedes enseñar ahora a S. en la cárcel?

 

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Cosas de química y mariposas en el estómago

Cuando las cosas van bien en el universo, una pérdida de inocencia suele conllevar, con el tiempo, un aumento de humanidad. Y es que el  tiempo es así de extraño; a cambio de todo lo que nos arrebata nos concede algo:  a veces es un mejor entendimiento de nosotros mismos, a veces sólo es un día perfecto y, por fortuna, a veces es un amigo o una amiga.

Manuel Vallejo Andreu, de Madrid, nos trae una reflexión, rica como la vida misma, sobre aquellas sensaciones, muchas veces perdidas, muchas veces olvidadas, que sentimos – o deberíamos sentir- cuando conocemos a alguien y, a quien luego posiblemente llamaremos amigo o amiga.

Relato, como siempre, con música. A tu lado.

 

Me gusta la sensación que se siente cuando conoces a una persona, y sientes que hay química entre los dos; esa sensación que te hace querer conocer más a esa persona y poder estar a su lado todo el tiempo posible. Me gusta sentir ese cosquilleo en mi estómago y los nervios que se siente cuando vas camino a un simple encuentro.

Y en el encuentro, echar unas risas, observar a la otra persona, imaginar lo que piensa o le pasa por la cabeza en ese momento; escuchar atentamente lo que dice; observar el movimiento de sus manos; la actitud de su cuerpo; su mirada; su expresión; el tono de su voz cuando dice las cosas.

Me gusta mirar a las personas cuando me hablan, para luego, cuando estoy solo, recordar cada momento, como si de una película se tratara.

 

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