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Un beso en la mejilla

Me enamoro de los momentos y los transporto a través del tiempo para darle sentido a la vida. Mis sueños de juventud siguen siendo tan poderosos, que ni siquiera cumplirlos puede superar lo que me hacían sentir. Antes, anotaba todo lo que me pasaba, veía, sentía… y lo sigo haciendo, ¡amor!. Y los recuerdos, como las palabras, son acicate para el alma y pomada para los dolores.

Una bella poesía de la escritora María del Pino, desde Córdoba, porque bastaba un beso en la mejilla. Con música, por supuesto.

La luna nos iluminó aquella noche en la orilla

y, mientras rozaba con mis palmas la arena,

me regalaste un tierno beso en la mejilla,

haciendo que del mundo me sintiese ajena.

 

Y, es que, sin quererlo, ni beberlo,

sin pensarlo, o tan siquiera hablarlo,

tus ojos escrutaron mi cuerpo con delicadeza,

hasta hacer que, por ti, perdiera la cabeza.

 
 

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El país de Serendip (serendipia todo cuanto puedas)

Cuenta el cuento que hubo tres príncipes de un reino llamado Serendip que decidieron emprender un viaje para conocer y adquirir la sabiduría suficiente para solucionar los problemas que, en el futuro, les permitiese gobernar con justicia y equidad. He aquí cuando intentaban solucionar los interrogantes que ellos mismos se habían planteado, los tres príncipes encontraban respuestas a otros problemas de mayor envergadura y que ni siquiera se habían planteado.

El tiempo es así de extraño, a cambio de todo lo que nos arrebata nos concede algo: a veces es un amigo, a veces es un mejor entendimiento de nosotros mismos, a veces sólo es un día perfecto. Quizás no era lo que buscabas, pero lo encuentras. Y te maravillas, de nuevo. ¿Es por casualidad? ¿Es por accidente? ¿Es por coincidencia? ¿Está escrito el destino?

Dicen que todo fin es un punto de partida, un papel en blanco donde podemos escribir lo que queramos, una tela virgen donde pintar nuestros deseos. Acuarela.

Bienvenido a un mundo de complejas emociones,

emociones del pasado,

mañana, ¡ya veremos!.

donde los héroes están sobrevalorados,

donde necesitas y admiras a un héroe.

Donde tu camino

es el peor camino de todos,

tu mejor camino. 

Donde te aferras a una persona,

una persona que ya no es lo que era,

tu persona.

Donde los amigos del desayuno

pueden ser los enemigos de la cena,

amigos para siempre.

Donde una idea a primera hora de la mañana

puede ser una estupidez al caer la tarde,

la mejor idea.

Donde nadie

se cansa de decir adiós,

¡adiós! no existe.  

Donde siempre

se llega un par de años tarde,

es pronto.  

Donde nunca

hay momentos bajo el sol,

cae la noche. 

Donde no se puede molestar al cielo,

cielo siempre abierto,

con llanto sincero.

Donde las verdades

son de plomo,

y una mentira repetida mil veces nunca es verdad.

Donde la tierra gira sobre su propio eje, el eje somos nosotros, y necesitamos dejarnos llevar, caer y a ver adónde vamos. ¡Bendita incertidumbre que nos haces imaginar!.

 

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Porque un día dejé de serlo, vuelvo a ser

En un plácido atardecer de agosto, en el protegido retiro de su playa, agotando el último de los primeros días de su vida antes de arremangarse para los ensayos de su nueva vida, ella conversa animadamente con ella. Resguardada ya del sol, los pensamientos fluyen al compás de la naturaleza. La brisa, caprichosa, envuelve el momento. Hay palabras, ideas que brotan sosegadamente. No hay prisa.

De repente, mira al cielo y descubre el vuelo de la gaviota. Saborea la libertad del animal como si fuera la propia. Todo es consecuencia de la constancia y de la profundidad con que se vive en cada momento. Lo traduce. Lo hace suyo. En un acto de continuidad, ella regresa a su conversación con ella mientras el ave, eterno pasajero circunstancial, desaparece en el alto azul llevando al viento un alma transparente, un carácter fluido.

Porque existen cosas que sólo puede hacer uno mismo, un breve relato que surge de la inspiración y del profundo pensamiento de Maite Arbonés (Lleida), en un estilo muy personal en que los ojos clavan las frases dichas y escritas como alfileres, dulces alfileres. Con música y mucho amor, porque la vida es como una caja de bombones…

– ¿Duermes?

– No sin un sueño.

– ¿Te levantas?

– No sin un motivo.

– ¿Vives?

– No por nadie que no esté dispuesto a vivir por mí.

– ¿Y tu ayer, y tu mañana?

– Ningún día se parece a otro.

– ¿Parece que…?

– Nadie se parece a mí.

– ¿Quién te hará feliz?

– Sólo hay una persona capaz de hacerme feliz para toda la vida.

– ¿Quién es?.

– Yo mismo, yo misma.

Porque un día dejé de serlo, vuelvo a ser.

 

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Páginas que hablan de mí

Eleanor Roosevelt dijo una vez, “ganas fuerza, valor y confianza en cada experiencia en la que realmente te paras para enfrentarte al miedo”. Es así como, entonces,  podrás hacer aquello que nunca creiste que podrias hacer. No existe viaje más fascinante que aquel que realizamos a nuestro propio interior. Y para ver en ese viaje, cierra los ojos y escribe sobre ti, sobre el mundo, pues estamos hechos de palabras.

En pocas palabras, Cylhia CG, desde México, viaja sin moverse -porque muchas veces no hace falta ese trajín-, para decirnos que lo escribirá cuando llegue allí, a ese lugar donde todos debemos llegar. Con música, como no podía ser de otra manera.

 

¿Quién lo sabe?, “sólo un idiota diría”…

… Más puedo decir que, al llegar allí, espero encontrarme a mí misma, con una pequeña libreta de notas en la que haya escrito, por lo menos, dos páginas que me hablen de mí. Querrá decir entonces que me he conocido un poco.

 

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Lo que la luna esconde (fragmento)

El sol declinaba y la tarde se presentaba con un esplendor insultante. Aquellos atardeceres eran una constante que ya no les abandonarían nunca. De belleza primigenia, verdes, ocres, dorados y malvas salpicaban las colinas. Vistas sublimes. Allí, parecía que las gentes vivían en el fondo de un cuadro de Constable. ¿Sabían algo que nosotros desconocíamos?. Quizás, sabían que todos tienen un destino mágico, incluso místico, en algún lugar de la imaginación. Una idea bullía en sus cabezas y lo que les salvó de sucumbir a la muerte fue su negativa a lamentarse de lo que había salido mal y su confianza en sí mismos.

El Café Romantic presenta, en exclusiva, un fragmento de “Lo que la luna esconde”, el primer libro sobre crecimiento personal novelado, obra de Jordi Planes Rovira (Vilassar de Mar, Barcelona) y prólogo de Maite Arbonés (Lleida), que estará en las librerías la próxima navidad. Con música, como no podía ser de otra manera, porque, de alguna manera, somos hijos de la luna.

 

Decidí poner fin a ese constante devaneo emocional, al flirteo con la locura sentimental y bajarme de la montaña rusa en la que vivía instalado desde hacía varios años.

Me levanté de la cama. Ella estaba profundamente dormida, su aspecto era angelical (nadie relacionaría su aspecto con su carácter). El fino camisón de seda dejaba entrever el diseño de su intimidad y alentaba a revivir el reencuentro con la pasión. Lo pensé, incluso estuve tentado a acariciar su cuerpo y buscar sus labios, unos labios carnosos y brillantes que enaltecían el rostro y le conferían una belleza singular.

No podía volver a caer. Ella era consciente de la atracción y del poder que ejercía sobre mí y lo utilizaba como estrategia para lograr sus objetivos, así que decidí evitar cualquier tentación. Tomé una ducha refrescante y salí de casa. La escalera estaba en silencio; aún quedaban horas para ver asomar el sol.

Casi instintivamente tomé las llaves del coche, me ajusté el cinturón y accioné el botón de arranque. Los primeros instantes fueron de conexión entre el coche y yo; la suavidad de su dirección, la respuesta de su motor y la agradable sensación de conducir me permitieron evadirme de la crispación del momento.

Me deje llevar por las sensaciones, busqué el camino más corto, el paisaje más bello, el rincón más solitario. El entorno acompañaba mis pensamientos y las lágrimas asomaban en mi rostro acompañando mi huida hacia ningún lugar.

Jordi Planes es autor de “Escuchar, pensar y hablar” y “Crea tu vida”.

 

 

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El Quiosco del Café / Sobre el miedo y la estupidez

Un muy siempre acertado artículo de Mercè Roura, la periodista de un lugar llamado mundo.

Tenemos miedo. De quedarnos a medias y de pasarnos. De pasar de largo y de esperar demasiado ese tren, lleve dónde lleve. Nos asusta qué dirán de nosotros y nos da pánico también que no digan nada. Nos aterra el silencio… y el ruido. Nos asusta perder y a veces nos asusta más ganar porque no nos han educado para manejar la victoria. Nos asusta querer pero también sentirnos atados por ese sentimiento. Nos provoca terror sucumbir y dejarnos llevar y fluir y sentir, soñar e ilusionarnos.

Nos espanta hablar y ser esclavizados por nuestras palabras. Nos asusta callar para siempre.

Le tenemos a menudo más miedo a la risa que al llanto, porque nos han enseñado a esperar lo peor. Nos asusta ser el que baila y el que se esconde en un rincón cuando suena la música.

Nos asusta el dolor pero nos provoca pánico estar sanos… por si la salud no dura.

Somos máquinas de generar temores, angustias… de levantar muros y derribar puentes. Nos paralizamos, nos encogemos, nos hacemos diminutos hasta que no nos pertenecemos a nosotros mismos… nos asustamos de ver nuestro rostro. Notamos una punzada en la espalda que nos avisa de que pisamos terreno desconocido… nos aterra arriesgar y cambiar lo cotidiano. Y el miedo nos hace estúpidos, aburridos, grises… Nos cansa, nos nubla, llena nuestro equipaje de rocas enormes y pesadas, nos desgasta las ganas, nos vacía y nos deja en un rincón…condenados a vivir sin pasión y con la cabeza gacha.

El miedo nos subsidia. Nos rebaja. El miedo es adictivo, narcótico… lo devora todo, lo invade todo… lo suprime todo hasta jibarizarnos, nos transforma en una versión ridícula de nosotros mismos… en nuestra caricatura, en un lastre para seguir.

Tenemos miedo a envejecer y miedo a no llegar nunca a hacerlo. Tenemos miedo a morir y a vivir. Y sobre todo, tenemos un miedo atroz a ser felices… por si dejamos de serlo.

 
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Publicado por en 08/07/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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“El Patiota”

Bajo la mirada estimulante de un sol más alto, portador de renovada luz, y de días hermosos, en la ciudad, luminosos fragmentos de cielo se cuelan en los edificios a través de patios, balcones, terrazas, huertos sencillos o jardines urbanos. Son pequeños paréntesis en los que el tiempo se detienen, la vida desconecta por un instante de la terca rutina, y un manto de luz dorada y de bullicio lo cubre todo invitando a una saludable desgana en las horas de ocio.

Un relato de Tico Medina, en Diario de Córdoba, dedicado, entre otros a la escritora y amiga María del Pino (rescatado de su blog, soñando la felicidad)

Si al que a su patria ama, la defiende, la exhibe, de ella se honra y la dignifica, es un patriota; al que hace lo mismo con su patio se debe llamar, con permiso de esa excelentísima academia, un patiota . Aunque no esté en el diccionario, todavía. Porque un patio es una patria, porque en él se vive, se respira, se convive, se sobrevive incluso, se nace, se crece y hasta se dice adiós, y porque de él se presume, es una causa común en la casa común, es lo que te hace más grande en lo pequeño, y te hace más pequeño aún en la inmensidad de un grande, por chico que sea el corazón de la casa.
Y yo no me quiero ir de este mundo (aunque a veces estoy de acuerdo con aquel grafiti: “que pare el mundo que me apeo”) sin un patio que vivir, siquiera los últimos días de mi vida, eso sí, soy el primer granadino que cuando busca una casa para volver, no para vivir, pregunta siempre: “¿y tiene patio?” De ahí que en este tiempo de los patios de Córdoba, porque puede haber muchos patios, pero de Córdoba es otra cosa, porque es una forma de ser y de estar, de ahí que insista en que los patios cordobeses son noticia en todos los medios, más que en España, fuera de España.
 

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